Auge y efímero triunfo de los embusteros

“En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.” George Orwell

Como es bien sabido, el embuste, la mentira o la falsedad son lo contrario de la verdad, de lo cierto, de lo real. Las personas mentirosas son las que tienen por costumbre decir falsedades, o medias verdades a propósito, por necesidad, o con motivo o sin ellos, o por puro placer.

La mentira no discrimina por razón de edad, de sexo, de raza, formación académica, o cualquier otra circunstancia personal, la practican los niños, los adultos, los hombres y las mujeres, los universitarios y los ignorantes, los padres o los hijos, los amantes o los esposos, los ricos, los pobres. La mentira está presente en cualquier lugar, en cualquier contexto: en las relaciones familiares, entre amigos, en las relaciones de pareja, en el trabajo, en la investigación científica, en la política, en la administración de justicia,… en cualquier momento y lugar, allí donde haya gente.

Dicen que las mujeres se enamoran por lo que oyen, y los hombres por lo que ven. Por eso, los hombres mienten y las mujeres se maquillan. O sea, ambos, mujeres y hombres mienten a su manera. Hombres y mujeres mienten por igual, pero en general los hombres mienten para sentirse mejor con ellos mismos, mientras que las mujeres tienen tendencia a mentir para que otros se puedan sentir mejor.

Dos tercios de los usuarios de Facebook, la red social más grande del mundo, suelen mentir o exagerar sobre sus vidas en sus perfiles.

Esa es la conclusión a la que llega una encuesta publicada en Pencourage, una revista de investigación online británica. Los autores del trabajo afirman  que, si bien es normal que las personas pretenden quedar bien ante los demás en un medio virtual, si mienten demasiado corren el riesgo de volverse paranoicos, amnésicos y de llenarse de sentimientos de culpa, tristeza y vergüenza por no ser lo que pretenden en sus perfiles…

Mentir supone una falta de respeto hacia la persona a la que mentimos (que merece saber la verdad aunque nos cueste decirla). Por otro lado, el descubrimiento de una mentira lleva aparejado, de manera inevitable, el riesgo de la pérdida confianza.

Pero… ¿por qué miente la gente, por qué mentimos?

Generalmente, las personas mienten por miedo a ser castigadas, para protegerse, o para salir airosas de una situación embarazosa, o para no ser descorteses, o para evitar ser impertinentes, por vergüenza, también por carecer de ella; hay quienes mienten para obtener algún beneficio de los demás, sea “provecho psicológico” o sea provecho material o de cualquier tipo… En resumen, la experiencia cotidiana nos conduce a la conclusión de que las personas mienten esencialmente, por dos cuestiones por debilidad (porque se sienten vulnerables) y por poder.

El mal político miente por poder, sea para conservarlo, sea para conseguirlo; por la misma causa lo hacen el estafador, el falso mendigo, los falsos amigos, las personas manipuladoras para conseguir alguna ventaja económica, o sentimental, o simplemente “fama”, reconocimiento público.

Los falsarios, quienes mienten poseen en apariencia, una cierta ventaja respecto de los demás, de los que han logrado ganarse su confianza, respecto de sus palabras y acciones. Pero, tarde o temprano acaban siendo descubiertos y desenmascarados para su humillación y vergüenza; claro que esto último poco importa a quien no la posee… Y más, si se trata de psicópatas y/o sociópatas.

Los mitómanos, los que tienen por norma mentir de forma patológica, continuamente, distorsionando la realidad y haciéndola más “soportable”, los perfectos mentirosos empiezan a incubar su enfermedad, a ejercitarse en la mendacidad, en la mala costumbre de faltar a la verdad cuando son pequeños; y por lo general comienzan imitando u obedeciendo a sus padres o familiares mentirosos. La mayoría de los humanos aprende a mentir cuando niños, y seguirán haciéndolo si acaban comprobando que poseen cierto poder ante sus “víctimas”, que puede manipularlas e conseguir influir en su comportamiento.

Todo ello comienza en la más tierna infancia, es más, los niños más inteligentes, los que mejores notas consiguen en el colegio, aprenden a mentir hacia los dos o tres años. Los expertos en psicología infantil consideran que la mentira es un claro síntoma de inteligencia, pese a que la veracidad sea considerada una virtud, la habilidad para la mendacidad es cosa propia de los más inteligentes, mentir exige un desarrollo cognitivo avanzado y habilidades sociales que la veracidad no necesita.

La mayor parte de los niños hacen uso de la mentira para evitar castigos y cuando comprueban que es eficaz, acaban repitiendo, lo cual lleva al riesgo de que se convierta en costumbre.

 La mayoría de los padres oye mentir a su hijo y supone que es demasiado pequeño para entender qué es una mentira, o que mentir está mal. Suponen que dejará de hacerlo cuando sea mayor y aprenda a distinguir. Craso error, pues es al revés: los que entienden temprano la diferencia entre la mentira y la verdad, usan ese conocimiento para su provecho, lo que los hace más proclives a mentir cuando se les da la oportunidad.

A medida que los niños crecen, librarse de ser castigados sigue siendo el motivo primordial por el que siguen recurriendo al embuste, y recurrirán con una mayor frecuencia al comprobar que es un medio eficaz para aumentar el poder y el control sobre otras personas. Los niños manipulan a sus amigos con burlas, se jactan para afirmar su status, y aprenden que pueden engañar a sus padres.

La mayoría de los estudios sobre conducta infantil demuestran que, más de la mitad de los niños y niñas mienten, y si tras experimentar, llegan a la conclusión de que el embuste es útil para salir exitoso de situaciones relacionales más o menos complicadas, seguirán haciéndolo, hasta convertirse en adictos.

Los pequeños aprenden de los mayores.

La causa de que los menores mientan es sencillamente que los adultos los enseñan. No es que les digamos que mientan, de manera explícita, pero nos ven hacerlo. Nos ven mentir en nuestras relaciones sociales.

Por lo general los adultos suelen incurrir como media en una mentira diaria. La enorme mayoría de estas mentiras son de compromiso, para protegerse a sí mismos o a otros, como decirle a alguien que está muy elegante con determinada indumentaria, o que el regalo con el que lo han obsequiado le gusta mucho…

Los menores son alentados a decir tantísimas mentiras política y socialmente correctas, y oyen tan enorme cantidad que, acaban sintiéndose cómodos cuando son insinceros. Aprenden que la franqueza crea conflictos y que mentir es una manera de evitarlos. Y aunque sepan diferenciar las mentiras correspondientes al “saber estar”, de las dichas para ocultar alguna mala acción, acaban integrando la mentira en su esquema de pensamiento y acción, y por tanto desaparece la mala conciencia o el remordimiento. Se vuelve más fácil mentirles a los padres.

Diversos estudios de opinión llegan a la conclusión, desalentadora sin duda, de que alrededor del 40% de los jóvenes considera que mentir es lícito, y además necesario para tener éxito en la vida…

Según esos estudios, ocho de cada diez adolescentes encuestados consideran que están recibiendo una formación en valores éticos adecuada para su futura incorporación al mercado profesional e integración social. Y el 54% de los adolescentes consultados cita a sus padres como los principales modelos a seguir, mientras que el resto de encuestados cita a amigos e incluso afirman no tener ningún modelo de referencia.

Pero… ¿Debemos decir siempre la verdad?

Habrá quienes digan que, eso es casi imposible en la actual sociedad, e incompatible con la forma de vida contemporánea… Habrá quienes digan que vivir en sociedad implica ciertos compromisos y deberes que, no pocas veces, no podemos cumplir y que, en ocasiones no queda otro remedio que recurrir a la mentira, inventar algún cuento que nos valga para salvar nuestro prestigio, o lograr salir con éxito de una situación crítica, desesperada.

Tampoco debemos olvidar que existen individuos excepcionales, inasequibles al desaliento que, por amor –o fanatismo– a la verdad la defienden a ultranza, hasta el extremo de acabar perjudicándose a sí mismos, con tal de no ser nunca falaces (el psicólogo Jorge Bucay llama a esta forma de actuar “sincericidio”)

Nadie puede negar que son muchas las veces que mentimos para salir del paso, para no vernos obligados a dar engorrosas explicaciones (aunque sean ciertas) o tener que perder tiempo, y sin duda para evitar hacerle daño a otras personas.

Indudablemente si a algo debemos supeditar “la verdad” es a la conservación de la vida humana, a lo que todo lo demás debe ser supeditado.

Aunque la presión del entorno, de lo política y socialmente correcto sean muy intensas, si las personas adquieren, desde muy temprana edad, el hábito de no mentir, y logran instalarlo en su esquema de pensamiento y acción como un valor moral sólido, y se ve reforzado y confirmado en la adolescencia, es bastante probable que perdure en la juventud y en la adultez.

Claro que no podemos olvidar lo que Platón denominaba “mentira noble”, y en español se llama “mentira piadosa”: la mentirijilla ocasional e incluso cordial, a la que nos vemos en ocasiones, excepcionalmente obligados para escabullirnos de circunstancias engorrosas, o para evitarnos problemas innecesarios con la gente que frecuentamos, sea del tipo que sea…

¿Pero, entonces es inevitable dejarse arrastrar por el embuste, el engaño, la simulación, la hipocresía, el fraude y otras formas de mendacidad?

Somos muchos los que pensamos que no, que la mentira no es algo imposible de evitar, para lo cual es imprescindible aprender a confiar en nosotros mismos, a ser fuertes psicológica y materialmente, independientes y autosuficientes hasta donde sea posible. Para ello debemos optar por la sinceridad, ejercitarnos en ella, y por supuesto tener la valentía de afrontar la realidad diaria con humildad, sin engaños de clase alguna.

También, por otro lado, es importante tener en cuenta que si no queremos que otros las practiquen con nosotros debemos estar constantemente alertas, no pecar de ingenuidad, ni confiar de buenas a primeras en todo lo que se nos dice ni en las apariencias.

Otra cuestión, no menos importante que lo anterior, es lograr el suficiente conocimiento de nosotros mismos, de nuestras riquezas y de nuestras carencias, de nuestras propias debilidades y fortalezas, así como de los gustos y desagrados, y de ese modo estaremos preparados para no dejarnos arrastrar por anhelos fantásticos, vanas ilusiones, o buscar la satisfacción inmediata de cualquier deseo.

Y, ya para terminar, permitidme un consejo: ¡Procurad decir siempre la verdad… pues, es más fácil de recordar!

Carlos Aurelio Caldito Aunión

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