Enajenación y analfabetismo funcional, principales lastres de la “democracia a la española”.

Érase que se era un caballero andaluz, un señor de mozo muy jaranero, muy galán y algo torero; de viejo, gran rezador… que diría Antonio Machado. Un día, sintiendo que estaba al borde de la muerte, postrado en cama desde hacía varias semana, hizo llamar a todos sus hijos, nietos, biznietos,… familiares más o menos cercanos; para hacerles saber su última voluntad:

  • He decidido darme de baja como socio del Betis, y hacerme socio del Sevilla.

Lo de ser “bético” en su familia era llevado a rajatabla, hasta el extremo de ir a inscribir a los recién nacidos en el equipo de fútbol, antes del registro civil, o bautizarlos… y por supuesto, el mayor gozo que podía sentir cualquier miembro de la familia era que el equipo rival perdiera (aunque fuera por penalti injusto y en la última jugada del partido, en el tiempo añadido); lo de menos de los seguidores “derbetimanquepierda” es que su equipo gane y quede en una buena posición en la liga, lo importante es que “ersevillapierda”…

Como se pueden suponer, sus palabras causaron un gran desasosiego, un impacto brutal.

  • No, no penséis que me he vuelto loco… puesto que me voy a morir, es mejor que muera uno del Sevilla, a que lo haga uno del Betis…

Con los partidos políticos españoles ocurre algo similar, en ellos predomina fundamentalmente el fanatismo, la irracionalidad: “yo soy de tal o cual partido desde siempre, no podía ser de otra manera, mi abuelo ya lo era, mi padre también… es una seña de identidad de mi familia, de mis amigos… sencillamente porque son de los nuestros”.

Como decía Don José Ortega y Gasset, “el enamoramiento es un estado de enajenación mental transitorio”, un estado de locura, de demencia, de pérdida de razón. Y como es lógico, una persona enajenada no puede hacerse responsable de sus actos por carecer de juicio.

Estar “enajenado” significa estar ajeno a sí mismo, extrañado, alienado, fuera de sí; estar enajenado implica incapacidad de comprender la realidad, la propia y la que rodea al individuo, así como incapacidad para comprender el alcance de sus actos, e incapacidad de elegir, decidir libremente y hacerse responsable de las consecuencias de sus actos.

En la España actual, quienes generalmente votan son “hooligans”, tal como los forofos, seguidores de los equipos de fútbol, que, tal como haría cualquier futbolero, acaba afirmando que ser seguidor de tal o cual partido político “es un sentimiento que no se puede explicar…y que va a muerte con su escudo, su himno, sus líderes…” y que hay que salir a la calle a tratar de arrastrar a los que, son de los suyos, aunque aún no lo sepan… la victoria de una u otra sigla dependerá de que los hooligans de esa agrupación consigan arrastrar a los que el día de la votación estén tentados de irse a la playa, a la montaña, a su segunda residencia, a pescar, a cazar, a hacer senderismo, o pasar el día en familia.

Aparte de la carencia de formación e información de los electores, en España, más que democracia liberal, representativa, democracia parlamentaria, existe un sistema de partido único, multimarca; sí tal como las tiendas de venta de automóviles en las que se venden varias marcas. Hemos pasado de un régimen de partido único (“El Movimiento”) a un régimen de partido único multimarca.

En España, desde la muerte del General Franco (la “democracia a la española” es heredera del franquismo, por supuesto) hasta la actualidad, ha venido funcionando una especie de turnismo, tal como el existente desde la restauración monárquica en 1874, con Alfonso XII, hasta la segunda república.

El turnismo de la monarquía española salida de la restauración, se basaba fundamentalmente en la Oligarquía y el Caciquismo como forma de gobierno, había dos partidos políticos que se turnaban, dando la apariencia de bipartidismo. Los oligarcas de los dos partidos que se turnaban en el gobierno, pactaban previamente a las elecciones qué partido iba a gobernar, y luego convocaban elecciones para refrendar lo pactado; evidentemente, para que el resultado de las urnas fuera el que ya habían decidido previamente, contaban con la labor de los caciques de los diversos territorios que, hacían el paripé de celebrar unas elecciones; y se encargaban de disuadir, reprimir, etc. a los recalcitrantes… para lo cual contaban con las diversas “partidas de la porra” existentes por todo el territorio nacional…

 Los partidos políticos de entonces (aunque quizá hubiera alguna excepción marginal, e insignificante) consideraban –como en la actualidad- que el fraude, la malversación de fondos públicos, el robo, la estafa, y tantas tropelías más de las que hoy nos hablan un día sí y el otro también los medios de información, son “daños soportables”.

El actual régimen “de libertades”, el “estado de derecho”, la Constitución que “nos dimos todas y todos”, provienen de eso que llaman “modélica transición de la dictadura a la democracia”, transición (política de consenso, reconciliación nacional, ”libertad sin ira”) gestada y parida en 1977 (aunque ya diseñada con anterioridad, en vida del dictador, el actual régimen “democrático” es sin ninguna duda heredero del franquismo) y adornada de constitucionalidad en 1978 por unas Cortes Generales que no poseían legitimidad para abordar tal labor.

Sabido es que lo que sale torcido, difícil es de enderezar y acaba muriendo deforme.

El actual régimen electoral también comenzó a dar sus primeros pasos de forma viciada. Las cuotas de poder, los diversos territorios parlamentarios se repartieron como si de una apetitosa herencia se tratara, una herencia pacientemente ansiada y que nunca llegaba, y de la que muchos deseaban participar en algún grado. Se procuró que nadie de los que por entonces se jactaban de ser los más demócratas del mundo, quedase fuera del reparto.

Las elecciones de 1977 ya definieron el mapa partitocrático del futuro. Es importante señalar que la mayor parte de las siglas que, concurrieron a las mencionadas elecciones eran un gazpacho de expertos escaladores, a los que caracterizaba las mismas afinidades y pecados, lastre que todos procuraron disimular. El PSOE y el PCE, por ejemplo camuflaron su trayectoria antidemocrática. Y todos, salvo honrosas excepciones se travistieron de un antifranquismo de paripé en el que muchos aún continúan instalados. Pero los pecados de adolescencia y de juventud, los hábitos adquiridos en el pasado siguen condicionando el presente y –posiblemente- el futuro.

Es sabido por quienes están medianamente bien informados que Franco intentó instaurar una “dictablanda”, a la manera del General Primo de Rivera en los años veinte del siglo pasado. Franco dejó todo “atado y bien atado”, consiguió encontrar una salida airosa a su régimen que, con toda una serie de “arreglos” derivaría hacia la legitimación de la monarquía parlamentaria. No se olvide que la decisión de que, tras su muerte su régimen se transformara en una monarquía, ya había sido tomada por Franco nada menos que en 1946 con la Ley de Sucesión, aprobada en referéndum.

El General Franco tenía el pleno convencimiento de que la nueva sociedad que su régimen había creado, soportaría sin traumas una transición controlada. “El Caudillo” contaba como aliado con las clases medias, que ya por entonces, al final del régimen, eran mayoría en la sociedad española, amplia mayoría que gozaba de una situación bastante acomodada, bienestar al que no iban a renunciar de ningún modo.

El régimen franquista consiguió precisamente lo que buscaba Primo de Rivera hace un siglo: ampliar las clases medias y conseguir un país más estable. Pero no lo logró, a pesar de sus indudables avances económico-sociales. No tuvo tiempo suficiente y tampoco una ideología en la que basarse.

Pese a que algunos nos cuenten otra versión, el verdadero protagonista de la llamada transición fue esa clase media y no el rey Juan Carlos ni Adolfo Suárez, los cuales supieron sacar buen provecho del franquismo sociológico.

La Ley de Reforma Política siguió los pasos previstos en las Leyes Fundamentales del Movimiento. Las Cortes del régimen franquista siguieron al pie de la letra el plan diseñado por Franco. La clase media, la del franquismo sociológico, acabó aceptando el aparente cambio de régimen porque a cambio se le garantizaba paz y seguridad.

Quienes no han hecho un acto de desmemoria, o no han sido hábilmente manipulados y desinformados, recordarán que para la generalidad de los españoles la voluntad de Franco era la reinstauración de la monarquía, deseo que repitió varias veces en su claro y conciso testamento político: Una Monarquía Parlamentaria, o “república coronada”, cuya estabilidad respaldaban, además, los Estados Unidos de Norteamérica y del Club de Bilderberg- “los amos del mundo”- (La Conferencia Bilderberg es una conferencia anual a la que solo se puede acudir mediante invitación, cerca de 130 invitados. Entre los asistentes de Bilderberg se encuentran banqueros, expertos de defensa, dueños de la prensa y los medios de comunicación, ministros de gobierno, primeros ministros, realeza, financieros internacionales y líderes políticos de Europa y América).

Lo que hasta ahora he contado, desbarata la reiterada falsedad de que las Cortes franquistas se suicidaron al aprobar la Ley de Reforma Política. No está de más echarle un vistazo al juramento de Juan Carlos I al ser proclamado Rey de España, como sucesor del Jefe del Estado, Francisco Franco; sus posteriores manifestaciones, y las de algunos políticos franquistas aún entonces influyentes, son claramente demostrativas de por dónde iban los tiros; todo en la dirección anticipada y planificada por El Caudillo.

Los partidos que aparentemente surgieron por “generación espontánea”, tras la publicación y puesta en marcha de la Ley de Reforma Política fueron (excepto el Partido Comunista que fue legalizado a prisa y corriendo) una réplica de las sensibilidades ideológicas que convivían-sobrevivían dentro del Movimiento Nacional. Por supuesto, el PSOE también. Durante los cuarenta años del régimen de Franco el socialismo casi no existió; motivo por el cual el propio sistema hubo de inventarlo, ya que su deseo era poder homologarlo posteriormente, en un régimen de democracia partitocrática. El franquismo puso en marcha el “socialismo del interior”, que acabó liderando Felipe González. Es más, si hurgamos un poco, hasta en Izquierda Unida encontraríamos rastros sorprendentes.

No deja de ser “chocante” que siendo la partitocracia y los partidos un producto de la Dictadura, el antifranquismo fuera desde entonces uno de los principales recursos dialécticos, de igual modo que en la Segunda República se recurría con frecuencia al antiprimoriverismo, pese a que el PSOE colaboró estrechamente y de forma entusiasta con la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, así como tantos promotores del republicanismo. Para explicar esto, solo se me ocurren dos interpretaciones: la necesidad de correr un tupido velo respecto del pasado, lo cual es muy frecuente en los conversos (y la urgencia de convencer a todos de que se es “cristiano viejo”); y la falta de proyecto para construir un sistema político que pudiera ser perdurable y acorde con las necesidades reales de la sociedad española, y sin perder de vista la problemática en la que el mundo está inmersa en aquellos momentos.

Los oligarcas y caciques de los partidos políticos viven de las ubres del Estado y son financiados generosamente por los diversos grupos de presión y financieros; y la “ciudadanía” se limita periódicamente a cumplir con el ritual electoral con una cada vez mayor tasa de abstención que, a algunos parece no preocupar demasiado.

Y, hasta aquí hemos llegado, la España actual cada día se parece más a la que nos describía Joaquín Costa hace más de un siglo, en 1899 (OLIGARQUÍA Y CACIQUISMO COMO LA FORMA DE GOBIERNO EN ESPAÑA, URGENCIA Y MODO DE CAMBIARLA) aquella España se parece demasiado a la España actual. Joaquín Costa afirmaba que el régimen político existente en España era un régimen oligárquico y caciquil. España, decía, estaba gobernada por una oligarquía de “notables.” Y por tal motivo afirmaba Costa que, España no era una nación libre y soberana; en España no había propiamente un parlamento, ni partidos; lo que algunos hoy denominan “partitocracia”.

Pero si esto es ya reprobable, hay algo que lo es muchísimo más, y de lo que también Joaquín Costa ya hablaba: el régimen caciquil posee un elitismo perverso que impide “la circulación de las elites”. En un régimen caciquil, como el que sufrimos actualmente España, los españoles más capaces y los mejor preparados son apartados, es la postergación sistemática, la eliminación y exclusión de los elementos superiores de la sociedad, tan completa y absoluta que, el país ni siquiera sabe si existen; es el gobierno y dirección de los mejores por parte de los peores; violación torpe de la ley natural que, mantiene lejos de la cabeza, confundida y diluida en la masa del rebaño servil a la élite intelectual y moral del país, sin la cual los grupos humanos no progresan, sino que se estancan, cuando no retroceden.

Tal como también afirmaba Joaquín Costa,España es una meritocracia a la inversa. El actual régimen político selecciona a los peores y prescinde de los mejores individuos, de las personas componentes de la sociedad española. En el régimen caciquil oligárquico sólo triunfan los peores.

Pues bien, llegados a este punto, ha llegado la hora de exigirles a los partidos del “consenso constitucional”, a los partidos que se hacen llamar “constitucionalistas” que, no sigan defraudando a la mayoría de los españoles, a los españoles decentes que, desean una profundísima regeneración que, debe ir más allá de pequeñas y temerosas reformas.

Supongo que quienes hayan llegado hasta este párrafo, coincidirán conmigo en que, lo deseable sería que los partidos que consigan forman gobierno tras el 28 de abril, no se limiten a apuntalar el sistema sin ir a la raíz de los problemas, sin hacer nada para que cese la corrupción política y moral en la que estamos inmersos.

Sí, sería deseable que alguien diera los pasos necesarios para conducir a España a un periodo realmente constituyente, de ruptura con las formas caciquiles y oligárquicas como forma de gobierno, para que, acabemos finalmente homologándonos con los regímenes políticos más avanzados y las naciones más prósperas de nuestro entorno cultural…

Pero, me temo que nada de eso sucederá, pues los oligarcas y caciques que, forman parte de los partidos que acabarán estando presentes en el Congreso de los Diputados y en el Senado, no tienen ninguna intención de emprender nada parecido. Desgraciadamente, todo seguirá más o menos igual que hasta ahora: personas a las que nadie ha elegido (que son los dueños, propietarios de las siglas) continuarán elaborando listas de gente a la que nadie conoce, y cada cierto tiempo invitarán a los españoles a que refrenden con su voto a quienes luego elijan al presidente del gobierno…

La esperanza de muchos hooligans es que los elegidos sean “de los suyos” y de algún modo les sigan haciendo llegar subvenciones diversas y recibiendo prebendas o trato de favor.

Y, recordad que, como decía un tal Francisco de Quevedo, “en una nación en la que no existe justicia, es muy peligroso tener razón, pues la mayoría es estúpida,… y puede acabar eligiendo a los gobernantes.”

¿Y qué hacer, entonces? Me dirán ustedes… Pues, permítanme que les diga que, no me den a elegir entre malas opciones, entre cosas malas, pues, lo menos malo también forma parte del mal.

Recen todo lo que sepan y prepárense que, vienen malos tiempos. Y a esperar que surja un movimiento político de hombres, y mujeres, buenos que emprendan la cirugía que esta España nuestra, enferma, aunque no moribunda, necesita con extrema urgencia.

Carlos Aurelio Caldito Aunión.

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