La España que nos preparan. Javier Orrico

Lo grave no será que acabemos acantonados. Que eso ya casi lo estamos en las diecisiete republiquillas construidas para la clase gozante. Lo grave es que acaben acantonadas solo ellas, las “naciones” históricas, pero con su dominio colonial intocado sobre las “no naciones” castellanas. Este proceso imparable, paralelo al “prusés” y bajo su impulso, no comenzó hace seis años, sino hace ya cuarenta, cuando la Constitución cayó en el error de diferenciar las tierras de España entre nacionalidades y regiones. Esa fue la primera cesión y el trampolín desde el que la deslealtad nacionalista se lanzaría a consolidar un sometimiento que venía ya del franquismo: el de siempre, el de las regiones pobres frente a las ricas (Cataluña, el País Vasco, la Navarra que será vasca mañana…), semejante al de las comarcas pobres frente a las ricas, como ocurre también en esta desnortada Región de Murcia.

Sin embargo, la propia Constitución del 78 establecía vías, como la del artículo 143 –que yo siempre llamé “143, Licor de Huevo”, en parte como homenaje al licor de mi adolescencia y en parte porque sospechaba que aquello no era más que un engaño- para que todas las regiones alcanzaran la igualdad con esas supuestas nacionalidades históricas, mero eufemismo para no decir privilegiadas. Lo que nos preparamos a ver morir tras las próximas elecciones, ya de manera explícita y legal, es esa igualación que, en la práctica, nunca existió.

Todo lo que viene, todo lo que se nos ha ido inoculando desde el separatismo y la izquierda, sobre todo desde que es Ziquierda, con el estentóreo silencio y la inoperancia de la derecha, es la consagración de esa España dividida en cuatro naciones que constituye el eje ideológico del grupo bautizado como Galeusca (GalizaEuskadiCatalunya, uso sus propias denominaciones) desde 1923. Ellos han sido tenaces y han sabido siempre adónde iban. Mientras, el Estado y el resto de los españoles jugábamos a matarnos, sin advertir el desmantelamiento a que se nos conducía entre el silencio de los corderos.

Con lo que no contaban, acaso, en el Galeusca de 1923 es con que la izquierda española acabara sumándose a su proyecto ya desde la II República. Y que creyera que adherirse a las burguesías nacionalistas era sólo una fase de la revolución a la que aspiraban, sin entender que una vez que los nacionalismos han calado en los pueblos ya son difícilmente recuperables para proyectos de igualdad: los nacionalismos nacieron para lo contrario, para santificar la superioridad de las razas, las etnias, las castas y las lenguas verdaderas frente a charnegos, maquetos y churros.

Hoy sólo asistimos a la renovación de ese pacto reaccionario y tontucio. Hace unos días, el líder del comunismo postmoderno, Pablo ‘Chalet’ Iglesias, actualizaba su programa de 2016 que ya proponía un referéndum “con garantías” para que los catalanes “puedan decidir el tipo de relación territorial que desean establecer con el resto de España”. Fíjense bien: para que ellos, los catalanes, puedan decidir cómo quieren relacionarse con los demás, pero sin que los demás podamos decir ni pío. Sólo les falta que se legalice que nos puedan aplicar el látigo.

En fin, la misma consagración de la desigualdad, del sometimiento y del golpe de Estado contra la Constitución que el separatismo catalán llevó a cabo hace año y medio. El mismo programa de PuigdemontJunqueras y Torra, el que nos llama bestias. Podemos siempre ha estado ahí. Y por eso, su actual campaña gira otra vez sobre la idea de un referéndum, siempre sólo para ellos, con tres opciones: sí, no, y nos quedamos como nos salga de los cojones.

Y es a eso a lo que enseguida se sumó Iceta con unas declaraciones cuyo contenido esencial conocemos más que de sobra todos los que hemos vivido en Cataluña y sabemos a qué sirve el PSC: que dentro de quince años, referéndum legal e independencia: “Avui, paciència; demà, indepèndencia”.

Lo que hace una semana fue corroborado por la propia Carmen Calvo, la ideóloga-gobernanta de Sánchez, al declarar “que el PSOE no renuncia a su idea de perfeccionar el reconocimiento del carácter plurinacional de España”.

Y así, una vez desintegrada en naciones legalmente reconocidas la antigua España, ya nadie podrá impedir que cada cual tenga que apañárselas solo, y las naciones ricas continuarán dominando a las pobres, que es el orden natural de las cosas. Salvo en las pensiones, que tendremos que seguir pagándoselas, porque en el Galeusca van hacia el envejecimiento y la extinción. Pero morirán jodiendo. Lean a Azaña. O a mí: “Zetapaña. Naciones para todos”. Sekotia, Madrid, 2007. Quise poner algo de humor donde don Manuel sólo pudo poner dolor.

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