De la dictadura del proletariado a la dictadura del victimismo Por Urbano Cobo Moran

Los ideólogos marxistas del siglo XX se dieron cuenta que sólo era posible implantar una nueva cultura si previamente se destruía la cultura cuyo lugar se pretende ocupar.

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Antonio Gramsci consideró que el obstáculo que en los años veinte del siglo pasado anestesiaba e impedía el levantamiento revolucionario espontaneo de las masas de trabajadores en Europa, era la impregnación mental de los obreros con los valores y principios de la cultura cristiano-occidental hegemónica: creían en Dios y que su religión era la única verdadera; creían en la superioridad moral, intelectual, científica y técnica de la cultura occidental; estaban orgullosos de la historia europea, especialmente de la conquista y colonización de otros continentes; convencidos del hetero-sexualismo como referencia y patrón de comportamiento para los hombres y las mujeres; situaban a la institución familiar y a la moral cristiana como base de la organización social; etc.

Gramsci llega a la conclusión de que “la infiltración en todas la instituciones existentes, universidades, escuelas, iglesias, medios de comunicación, etc., de una anti-cultura que debilite las convicciones y cimientos de la cultura cristiano-occidental, era el camino para lograr el triunfo de los ideales marxistas, en aquel momento rechazados de forma natural, y exigía la previa destrucción y aniquilación de la cultura cristiano-occidental”. Una estrategia próxima a lo que posteriormente Schumpeter conceptuó como “destrucción creativa”.

La estrategia gramsciana descrita será desarrollada y puesta en práctica por un grupo de profesores reunidos en torno al Instituto de Investigación Social vinculado a la Universidad de Frankfurt, fundado en 1932: E. Fromm, W. Benjamín, M. Horkheimer, T. Adorno, H. Marcuse, etc.

Estos profesores agrupados intelectualmente bajo el paraguas de lo que se conoce como Escuela de Frankfurt, cuyos planteamientos son conocidos como “Teoría crítica de la sociedad” o simplemente “Teoría crítica”, se propuso un doble objetivo:

Uno, enmendar los evidentes errores de la construcción teórica de Marx, supuestamente científica e histórica, que había considerado “la lucha de clases sociales como motor de la historia”; vaticinado “el colapso de las estructuras capitalistas”, y “el empobrecimiento progresivo de la clase trabajadora”.

Y dos, superar la frustración generada por la no expansión espontanea en Europa de la Revolución Bolchevique consolidada en Rusia desde 1917 y, en su lugar, el triunfo del fascismo.

Frustración que se incrementará en 1956 con la salida a la luz de los crímenes del stalinismo, denunciados mediante el conocido como “Informe secreto” del entonces Secretario General del PCUS Nikita Jrushchov, durante el XX congreso de dicho partido; frustración rematada en 1973 con la publicación de la obra de Solzhenitsin “Archipiélago Gulag”.

La teoría crítica de los profesores de Frankfurt que dará lugar a lo que se conoce como marxismo cultural o neo-marxismo, alcanzará gran repercusión con la incorporación de varios de ellos a las principales universidades de los EEUU: Columbia, Berkeley, Harvard, etc. desde las que sembrarán la semilla que les conducirá a la hegemonía político-académica en las propias universidades americanas. Y en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, a tener gran influencia en todos los movimientos contra-cultura de la segunda mitad del siglo XX; tanto en el movimiento hippy, como en El Mayo francés de 1968 y en el movimiento ecologista; este último integrado dentro del marxismo cultural por la obra de Adorno y Horkheimer “Dialéctica de la ilustración-1944”. El Mayo francés con el objetivo declarado de poner fin al principio de autoridad y a la moral represora; el famoso lema “Prohibido prohibir” de Marcuse; se inició el proceso corrosivo de los valores europeos, que continúa hoy bajo ropajes más sutiles. En algunas pancartas se leía durante aquellos días “Marx, Mao y Marcuse”.

Para el marxismo clásico o económico el motor de la historia es la inevitable lucha de clases por los medios de producción de bienes y recursos siempre escasos, y la clase obrera o proletaria explotada la fuerza desestabilizadora y revolucionaria protagonista que cambiará las estructuras económicas; y por derivación las sociales.

Para el neo-marxismo cultural el motor de la historia no es la lucha por los medios de producción, sino la lucha por el poder entre los “grupos mayoritarios” definidos por su raza, sexo, y religión –blancos, hombres, cristianos, heterosexuales, etc.-, y los “grupos de víctimas” cuyo nexo aglutinador es la real o potencial represión y sometimiento de estos últimos -mujeres, gais, negros, hispanos, musulmanes, inmigrantes, discapacitados, etc.-, a la escala de valores morales y sociales de aquellos grupos mayoritarios. La premisa de la explotación de la clase proletaria es sustituida por la premisa de la represión y sometimiento de los grupos de víctimas, identificados en términos de raza, sexo, religión, etc., convertidos ahora en la “nueva fuerza revolucionaria y desestabilizadora” que cambiará las estructuras sociales.

El neo-marxismo cultural prescinde de la clase proletaria como protagonista y motor de la revolución, cada vez más reducida y aburguesada con más baja conciencia de clase por la elevación de sus condiciones materiales de vida y de su nivel cultural -Marx predijo el empobrecimiento progresivo de la clase trabajadora-, y en su lugar sitúa como nueva fuerza desestabilizadora y revolucionaria, a los grupos de victimas que identifica previa apreciación de vulnerabilidad y necesidad de protección, no ya desde los planteamientos economicistas del marxismo clásico sino desde nuevos parámetros culturales y morales.

Georg Luckacs, primer director de la Escuela de Frankfurt, retóricamente preguntaba ¿Quién nos salvará de la cultura occidental? y sostenía que “el volteamiento de los valores no puede ocurrir sin la aniquilación de los antiguos valores y la creación de otros nuevos por los revolucionarios”. Horkheimer, segundo director de la citada escuela y líder de la “Teoría crítica”, defendía como medio para superar la civilización occidental “la destrucción del matrimonio y de la familia con hijos, así como el ataque sistemático a todos los valores asociados a la civilización occidental”; afirmando, por ejemplo, que “el matrimonio puede ser cualquier tipo de unión en la que intervenga la atracción sexual sin ningún fin concreto”.

La familia es el primero de los caballos de batalla de estos pensadores, por considerar a la familia tradicional cristiana la célula madre de la cultura occidental; Adorno en “La personalidad autoritaria-1950” sostiene que la familia es la principal escuela de autoritarismo y represión, pilar crucial para sostener el funcionamiento de la sociedad occidental.

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El sexo, la moral sexual cristiana, la liberación sexual, es otro de los caballos de batalla de esta escuela. E. Fromn en “El miedo a la libertad 1941” sostenía que “la masculinidad y la feminidad no eran reflejo de diferencias biológicas, sino una imposición de los heterosexuales y de la educación heterosexual”; la represión y la de tipo sexual especialmente, es la clave de todo orden. La liberación sexual es una de las llaves para quebrar ese orden.

La obra de H. Marcuse “Eros y la civilización-1955” se convirtió en el catecismo del hippismo y de la liberación sexual, ofreciendo justificación intelectual para tener mucho sexo, con mucha gente y todo el tiempo; Marcuse es el autor del lema “haz el amor y no la guerra”; sostenía que las personas están neurotizadas por la represión sexual que impone el orden moral cristiano heterosexual, del que deben desprenderse mediante la liberación del “eros no reproductivo y placentero”.

La razón como motor de los avances científicos y técnicos de la cultura occidental desde la Ilustración es otra de las críticas corrosivas de la Escuela de Frankfurt. Horkheimer y Adorno en su ensayo conjunto “Dialéctica instrumental-1947”, concluyen que los avances técnicos y científicos no sólo eran los causantes directos de los fascismos y las guerras, sino que abrían la posibilidad a la aniquilación de la humanidad en una guerra nuclear; según estos autores la Ilustración había convertido la racionalidad en irracionalidad, proporcionando medios para conseguir fines sin cuestionar estos últimos; proporcionando medios para dominar y destruir la naturaleza.

La lucha de clases como concepto es sustituido por la lucha entre identidades culturales previamente delimitadas y definidas. Para este marxismo la cultura es la que determina las identidades y las relaciones; por ejemplo, un obrero blanco es un opresor; y un deportista africano de élite un oprimido.

La dialéctica marxista clásica es adoptada por las ideologías pos-marxistas que nacen en el seno del propio marxismo, como desviación o no del mismo: ecologismo, feminismo, sexismo, sexualismo, homosexualismo, de género, animalista, entre otros carteles bajo los que se presenta el marxismo, que sustituyen el concepto de lucha de clases por el concepto de lucha entre sexos, entre generaciones, entre heteros y homos, etc., en definitiva lucha entre identidades; lucha de identidades basada en el victimismo y la victimización; es la nueva “ideología del victimismo”.

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Los planteamientos que más han influido en la construcción de la “ideología del victimismo”, identificada peyorativamente como “ideología progre”, ha sido la crítica de la Escuela de Frankfurt al capitalismo por la despreocupación del mismo por la suerte de los débiles y por el sufrimiento humano. Los ensayos ”El hombre unidimensional-1964” y “La tolerancia represiva-1965”, ambos de Marcuse, fueron la semilla de lo que se conoce como “lo políticamente correcto”, que condena con el rechazo, la exclusión, el ostracismo, la guillotina civil, incluso la cárcel, a todo aquél que se atreva a cuestionar los nuevos dogmas. Sostenía Marcuse que “la realización del objetivo de la tolerancia exige intolerancia con “los herejes que se atrevan a defender planteamientos al margen o contrarios a los sostenidos –pensamiento único neo-marxista-“. Marcuse llama “tolerancia liberadora” a la intolerancia de los planteamientos disidentes; este es el fundamento teórico de la “dictadura del pensamiento único”. Es un planteamiento que tiene profundas raíces en el dualismo y dicotomía amigo-enemigo e identidad homogénea y excluyente de Carl Schmitt.

El relativismo unidireccional de la escuela de Frankfurt, particularmente de Marcuse, lleva a desautorizar cualquier postura o planteamiento del disidente y a justificar o minimizar cualquier actuación censurable de los ideológicamente afines; su obra, sin embargo, es considerada el catecismo de la libertad y de la tolerancia. Además de sectario y confundir constantemente los conceptos de “tolerancia y respeto”, los planteamientos de Marcuse son una receta infalible para justificar la represión social y política.

La ideología del victimismo, identificable políticamente con el “progresismo”, y con la “corrección política” como principal herramienta de intervención social y lucha por el poder, se construye sobre dos pilares:

Uno, “victimización de determinados grupos sociales” a los que se identifica en torno a una identidad (mujer, gay, inmigrante, negro, musulmán, etc.), bandera de la izquierda progre que la derecha acomplejada ha interiorizado y asumido.

Y dos, “demonización” de todo lo unido a la raza blanca y a la cultura cristiano-occidental.

La piedra angular de esta ideología es el victimismo y la victimización. Y su principio activo la defensa y justificación en todo caso del presentado como más débil en términos económicos, culturales, raciales, físicos, etc., al margen de su responsabilidad personal, que lleva a considerar que los débiles sufren siempre porque existen fuertes que los oprimen.

La “nueva estrategia” se articula victimizando a colectivos identificables –homosexuales, mujeres, inmigrantes, animales, etc.-, que pueden ser utilizados como herramientas para conseguir y mantenerse en el poder; y a la vez demonizando a los opresores reales o potenciales de aquellos –hombres, varones blancos, heterosexuales, seres humanos, etc.

La dialéctica dicotómica del marxismo económico de “capitalista malo” y “proletario explotado bueno”, es sustituida por la dicotomía del marxismo cultural de “blanco occidental malo” y “nueva clase oprimida buena”; constituida esta última por los individuos de etnias no occidentales o que rechazan los principios cristianos: razas no blancas, homosexuales, inmigrantes del tercer mundo, feministas, musulmanes, etc.

El vacío dejado por la desaparición de la Unión Soviética y el Muro de Berlín, y la reducción a la irrelevancia de los partidos comunistas, salvo el chino, está siendo llenado y cubierto por el “celo progre de la corrección política” que ha ido ampliado su campo de acción originario desde la discriminación racial y sexista, hasta llegar a todas partes: la energía nuclear; el calentamiento del planeta, la polución y el cambio climático; alimentos transgénicos; cuentos infantiles; eutanasia; relaciones con los animales; el texto de las obras literarias clásicas y la letra de las canciones modernas; víctimas de errores médicos; habitantes de los países pobres explotados por los países capitalistas; aborígenes sometidos por los países occidentales colonialistas; minorías en los países occidentales como los musulmanes o los discapacitados; industrialización de los países pobres; investigación biológica; relaciones padres e hijos; etc.

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Para esta ideología la protección de los débiles comienza por la utilización intencional del lenguaje, con el objetivo de evitar o minimizar la posible ofensa de los grupos o colectivos étnicos, culturales o religiosos, minoritarios: palabras prohibidas, obligatorias, neologismos, circunloquios, eufemismos, palabras con significado diferente o alterado, etc.

Para la escuela de Frankfurt el lenguaje es la herramienta adecuada y más efectiva para construir estructuras y esquemas mentales nuevos, diferentes de los interiorizados hasta un momento dado. Lenguaje transformador y creador de realidades y no sólo como herramienta descriptiva y de comunicación.

El lenguaje de la corrección política es un lenguaje edulcorado que si bien no aspira a influir en las creencias sí a cambiar las conductas y las estructuras sociales, confunde constantemente “respeto y tolerancia”; el respeto tiene lugar en un mismo plano y nivel, y es recíproco; el tolerante y el tolerado sin embargo se sitúan en planos diferentes, la tolerancia es una concesión del tolerante. El lenguaje de la corrección política es la pantalla de todo lo conocido actualmente como “progresía”; tanto de izquierdas como de derechas; esta última bajo fórmulas políticas imposibles hipócritamente presentadas como de centro.

La corrección política, con el pretexto de no ofender y proteger a los identificados previamente como víctimas, ha infestado el lenguaje de los medios de comunicación, de los políticos, de la administración, de los libros de historia, propone incluso censurar textos literarios y diccionarios clásicos; también imágenes de cuadros admirados desde hace siglos.

Durante los últimos sesenta años sufrimos y padecemos los efectos prácticos de la revolución cultural y social impuesta por los medios de comunicación y educación amordazados por la corrección política. La corrección política se ha convertido en la nueva alambrada de la libertad de expresión; es la cuchilla castrante del debate abierto con libre confrontación e intercambio de ideas.

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Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en “Hegemonía y estrategia socialista -1985”, y en “La razón populista-2005”, esta última sólo del primero de los dos autores, proponen como estrategia para transformar la sociedad, la captura y aglutinación previa de las reivindicaciones del mayor número posible de grupos de víctimas, situando a estas últimas como el ariete que permita derribar y ocupar el lugar del régimen o sistema político.

Estos planteamientos instrumentales y oportunistas son una degeneración del concepto de hegemonía cultural de Gramsci; identifican hegemonía cultural con hegemonía política y hegemonía electoral. En términos gramscianos la hegemonía cultural es el paso previo para conseguir legítimamente y por convicción el poder político. Según Laclau y la nueva izquierda la hegemonía electoral y política es un medio para tomar el Estado.

Los modernos pastores marxistas utilizan los grupos de víctimas identitarias como herramienta de lucha por el poder; lucha que definen como lucha por la conquista del Estado, cuya intervención coactiva es la que permitirá implantar una sociedad presidida por el valor superior de la igualdad material.

La metamorfosis constante del marxismo, desde la ideología marxista definida por Marx, hasta los pos-marxismos actuales, pasando por el socialismo, el comunismo, el marxismo cultural, el neo-marxismo, a pesar de esta camaleónica reinvención y mutación, no ha logrado pasar de axiomas y dogmas propios de religión laica que ofrece el paraíso terrenal de la igualdad material. Sus predicadores después de poco más cien años de historia y más de cien millones de muertos por su causa, continúan empeñados erre que erre en transformar y ajustar a sus postulados, no al revés, la realidad de los seres humanos y del funcionamiento social. Provisionalmente han tenido éxito durante algún tiempo, así ha ocurrido con la hoy desaparecida Unión Soviética, tocando a su fin también en China, Cuba o Venezuela.

Los marxistas de hoy han reducido la democracia, particularmente en Europa, a una lucha por el favor de la opinión pública como paso previo imprescindible para conquistar el Estado. Opinión pública que, tras la Revolución Francesa, se identifica con la opinión publicada. Destinada esta última a proporcionar a los ciudadanos acríticos e infantilizados los criterios que son incapaces de formar individualmente por sí mismos; ciudadanos que repiten como propios los criterios previamente cocinados y ofrecidos enlatados a través de los medios de comunicación, ese mismo día o a lo sumo el día anterior.

En las sociedades occidentales actuales los medios de comunicación de masas se han convertido en la herramienta práctica necesaria para alcanzar y ejercer el poder, y la “cultura progre de lo políticamente correcto” en el catecismo neo-marxista y pos-marxista de una democracia degenerada, o como dicen los propios “progres”, de baja calidad.

Por definición y convicción los modernos marxistas son estatalistas y estadócratras. El primer objetivo y más importante para la actual izquierda es el Estado; y la transformación de este último en una gran guardería cuya actuación ordenadora, reguladora y coactiva alcance todos los ámbitos de la vida privada, incluso íntima, de las personas, creando un ciudadano dependiente del Estado, cliente y cautivo del mismo, que ha perdido hasta casi desaparecer, la iniciativa y la capacidad de oponerse y resistir. El ciudadano dependiente y clientelar, en una situación próxima a la servidumbre voluntaria, es por naturaleza agradecido y borreguil, incapaz de desarrollar un criterio propio.

Los neo-marxistas obvian que la democracia como forma de gobierno es o no es; y como forma de gobierno “sólo es” para articular la participación y el control del poder político. No caben medias democracias como forma de gobierno, de la misma manera que no caben medias personas o corruptos a medias.

La democracia como religión laica o como ideología, que es la concepción del neo-marxismo y de la izquierda actual, si puede tener estos u otros contenidos según el momento y el lugar, sí puede tener más o menos contenidos, sí puede ser en sí misma más o menos; pero esto no tiene nada que ver con la democracia como forma de gobierno. Los políticos de esta religión laica parecen más predicadores que gestores; ofrecen el antinatural e imposible paraíso terrenal de la igualdad material, y de la misma manera que tiempo atrás utilizaron a los denominados por ellos mismos proletarios, ahora utilizan a las víctimas que previamente han identificado, como herramientas para acceder y consolidarse en el poder.

Sapere aude.

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