De Procusto a Podemos. Ensayo sobre la desigualdad

Carlos Rodríguez Braun

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Procusto era según la mitología griega un posadero que vivía en las colinas del Ática. Los desgraciados a quienes ofrecía alojamiento eran invitados a tumbarse en su lecho de hierro. Una vez allí, el realmente muy poco hospitalario Procusto los amordazaba y ataba a esa cama y, a continuación, los estiraba a martillazos si medían menos que él, o les aserraba las piernas si medían más. Ignoramos cuántas víctimas padecieron a manos de Procusto hasta que Teseo, con buen criterio, acabó con él.

Sin embargo, ni Teseo ni nadie ha podido acabar con nuestra propensión igualitaria. Como dice Oliver Wiseman: “los seres humanos tenemos una preferencia instintiva por la igualdad antes que por la desigualdad. Incluso hay partidarios del mercado libre que tienden a describir la desigualdad como un mal necesario del capitalismo, y sostienen que, aunque les encantaría hacer algo para suprimirla, las soluciones más evidentes hacen más mal que bien”.

El valor que asignamos a la igualdad no parece haberse atenuado entre Procusto y Podemos. Muchos presumen hoy de “luchar” contra la desigualdad, pero ni está claro qué quieren decir cuando nos hablan de igualdad y desigualdad, ni tampoco que las personas ansiemos vivir en un mundo igualitario. Las cifras con las que pretenden avalar las tesis de un mundo peligrosamente escindido tampoco son tan sólidas e incuestionables como nos dicen que son.

Martin Wolf, el analista económico del Financial Times, está lejos de ser un crítico tajante del célebre Thomas Piketty, pero incluso Wolf admite que el libro del economista francés tiene debilidades, y la más importante es que no explica por qué es importante la desigualdad: “Básicamente, Piketty se limita a suponer que lo es”.

Nosotros procuraremos no suponer sino observar y constatar. Por ejemplo, se puede constatar que importantes pensadores han lamentado las disparidades económicas, y casi treinta años antes de que Marx publicara El Capital, ya señaló John Stuart Mill “el efecto desmoralizador de las grandes desigualdades en la riqueza” en su ensayo sobre Coleridge de 1840.

Revisaremos la crítica anticapitalista por mor de la desigualdad, y nos preguntaremos si las ideas han cambiado realmente de Procusto a Podemos. De entrada, tomemos nota del narcisismo del ático criminal y proto-igualitarista: no sólo quería que todos los humanos fuéramos iguales, sino que debíamos ser iguales a él.

Decía Toynbee que los que mandan son los que descubren soluciones a los problemas de la sociedad. En realidad, son los que descubren problemas que la sociedad no tiene, y se presentan como los únicos que pueden resolverlos, con el dinero de la sociedad.

Desigualdad de qué

No es fácil definir la desigualdad. En política es habitual que se hable de que deben pagar más impuestos “quienes más ganan” y “quienes más tienen”, lo que confunde renta con patrimonio.

Dice Nicholas Eberstadt: “Es patente que hay unas tendencias mundiales muy notables que no sólo certifican la mejoría de la condición humana en el planeta, sino que están haciendo que esa condición sea significativamente menos desigual. Entre esas tendencias se destacan las actuales revoluciones globales en la longevidad y la educación”.

La esperanza de vida, en efecto, se ha más que duplicado en el siglo XX, pasando de 30 a más de 60 años. La mejora ha continuado en el siglo XXI. Pero además “podemos estar seguros de que la explosión mundial en la esperanza de vida ha venido acompañada de un espectacular estrechamiento en las diferencias…las desigualdades en la edad de la mortalidad en el planeta han caído en dos terceras partes durante el siglo XX”.

En cuanto a la educación, los estudios de Robert Barro y Jong-Hwa Lee, y otros, prueban que la desigualdad en educación, el índice Gini de los años de escolarización, cayó a la mitad entre 1950 y 2010.

P. Dutt e I. Tsetlin, del Insead, nos invitan a ir más allá de Gini. Las dimensiones de la desigualdad son muchas: renta, riqueza, bienes primarios, consumo, funcionalidades, oportunidades…y hasta tiempo. Trabajos recientes han recuperado la vieja idea de Friedman de la función del consumo y la renta permanente: “identificar una renta baja con ‘pobreza’ y una alta con ‘riqueza’ está justificado sólo si la renta medida puede ser considerada como una estimación de la renta esperada a lo largo de la vida o de una fracción abultada de la misma”.

Se observa también que en muchos países la dimensión importante de la desigualdad radica en la parte baja de la distribución, no en la alta, lo que invita a concentrar los esfuerzos políticos allí y no en la obsesión políticamente correcta de las burocracias internacionales y ONGs como Oxfam contra el odioso 1 % más rico.

Y, por supuesto, las personas somos desiguales en muchos aspectos, como la belleza o el talento, que a nadie se le ocurriría igualar a la fuerza. Lo ilustró el escritor inglés Jerome K. Jerome en La nueva utopía de 1891, en la que generaliza el ideal socialista y describe un infierno igualitario en donde el Estado mutila a los físicamente mejor dotados para igualarlos con el resto.

El anhelo humano

Si atendemos sólo a los mensajes de políticos, intelectuales, organismos internacionales, medios y ONGs, daría la sensación de que la desigualdad no sólo es el principal problema del mundo, sino que además todos nosotros lo consideramos efectivamente así.

Asombra cómo pudo generalizarse la idea de que estamos preocupados por la desigualdad cuando en la práctica casi nadie lo está. Los seres humanos en nuestra conducta habital no buscamos la igualdad. El que unas disciplinas que otrora se denominaban bellamente “humanidades” y ahora, con fatal arrogancia, “ciencias sociales”, no sean capaces de reconocer cómo son realmente los seres humanos en la sociedad, no habla precisamente bien de nuestros supuestos sabios.

En efecto, no hay ninguna disciplina que trate de la acción humana y que pueda concluir algo solvente ignorando lo que los humanos hacen. Y las personas no queremos ser iguales. Queremos ser mejores.

No queremos simplemente ser mejores que el vecino, aunque también, sino ser mejores que nosotros mismos. Curiosamente, en un mundo donde es difícil encontrar regularidades en la conducta, esa regularidad, que es antigua y sistemática, es también sistemáticamente ignorada. Pero no por todos. Reivindiquemos la memoria de Adam Smith, que en el siglo XVIII habló del “deseo de mejorar nuestra condición, un deseo generalmente calmo y desapasionado que nos acompaña desde la cuna y no nos abandona hasta la tumba”. A ese deseo atribuyó Smith la fuente del crecimiento económico: “El esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido de cada persona en mejorar su condición, el principio del que originalmente se derivan tanto la riqueza pública como la privada, es con frecuencia tan poderoso como para mantener el rumbo natural de las cosas hacia el progreso, a pesar tanto del despilfarro del Gobierno como de los mayores errores de la Administración. Actúa igual que ese principio desconocido de la vida animal que frecuentemente restaura la salud y el vigor del organismo no solo a pesar de la enfermedad sino también de las absurdas recetas del médico”.

Pero, entonces, si las mujeres y los hombres no queremos ser iguales sino desiguales, ¿es que la igualdad no tiene ningún valor para nosotros? Sí que lo tiene, y mucho, pero no es la igualdad de la que nos hablan todo el rato quienes la identifican con la agresión a nuestros derechos.

El que las personas queramos ser mejores no significa que no valoremos la igualdad. Lo que sucede es que valoramos la igualdad compatible con la libertad y la justicia: la igualdad ante la ley, reflejada en la clásica imagen de la justicia con una venda delante de los ojos. No puede inclinarse en favor de unos y en desmedro de otros según nuestras características personales, y un culpable es un culpable, ya sea el rey o el más modesto de sus súbditos. Nótese que esta idea, clave de la comunidad de mujeres y hombres libres, la idea de que la justicia estriba en no diferenciar entre las personas, estuvo pensada desde el principio para proteger al débil.

La Ilustración racionalista arrasó con esta noción liberal. La igualdad que rige ya no es ante la ley sino mediante la ley. Ahora la justicia ha de arrancarse la venda y mirarnos a cada uno para darnos lo que merecemos, y para quitarnos lo que al poder le parezca conveniente. La noción de derecho ha sido análogamente pervertida por intelectuales y políticos, que han alumbrado los modernos “derechos sociales”, una célebre concreción de la moderna igualdad mediante la ley. Antes yo tenía derecho a su casa de usted si se la compraba. Ahora, en cambio, el “derecho a la vivienda” estriba en que, en determinadas condiciones, yo tengo derecho a una vivienda y a que usted me la pague.

Como era de esperar, todo esto animó un espectacular crecimiento del Estado, que ha alcanzado cotas inéditas de intrusión en las vidas, libertades y derechos de los ciudadanos. Como dicen Don Watkins y Yaron Brook, el llamado Estado de bienestar no es la plasmación política de la igualdad sino al revés, porque no hay relación entre retribución y logro: “el Estado de bienestar declara que si usted logra algo, no tiene derecho a su retribución; pero si no lo logra, sí tiene derecho a la retribución de los demás”.

A pesar de todo, las personas seguimos apreciando la vieja igualdad ante la ley. Ironicé sobre estas fábulas políticas hace años, en un artículo titulado “Fútbol y justicia social” (incluido en la primera entrega de Panfletos Liberales, LID Editorial, 2005). Proponía que las porterías del Barça y del Real Madrid fueran más grandes que las de sus adversarios con menos presupuesto, y otras medidas de “derechos” y “justicia social” que, por supuesto, nunca aceptaríamos en el deporte, pero muchos aplauden que el poder le quite el dinero a nuestra vecina, porque es más rica que nosotros, y hay que “igualarnos”.

El atractivo de la igualdad estriba en su asimilación con la justicia, pero la desigualdad sólo es injusta cuando es fruto de la violencia, el robo o el fraude. A menudo, el discurso igualitario se apoya en la falacia de la suma cero: se afirma o sugiere que los ricos sólo pueden hacerse ricos robando, con lo que su desigual riqueza es injusta, con lo que lo justo es quitársela.

Pensar que el éxito del 1 % conspira contra las posibilidades de los demás, bajando salarios y empobreciendo a la clase media es demagogia: de no haber sido por ese 1 %, el empleo y la prosperidad habrían crecido menos.

Amancio Ortega, un modesto trabajador sin formación académica que llegó a ser uno de los grandes empresarios del planeta, es sin duda excepcional, pero hay muchos empresarios que también empezaron de cero y han creado riqueza y empleo. Esto irrita a quienes sólo ven la riqueza como algo que se hereda, pero no se crea. Los datos, empero, cuentan otra historia. Nicolas Lecaussin repasó la lista de los Bloomberg Billionaires, las 200 personas más ricas del mundo, y observó que 140 eran empresarios hechos a sí mismos. De los 50 más ricos, 40 son empresarios. De los 10 más ricos, 9 son empresarios. Y, al revés de lo que sostiene el pensamiento único políticamente correcto, que insiste en la “hiperfinanciarización” de la economía, resulta que de los 80 individuos más ricos del mundo, solo 5 se han dedicado al sector financiero.

En vez de odiar al 1 % habría que preguntarse cómo mejoró el 99 %. Recuerda Jean-Philippe Delsol que en 1990 el 47 % de la población vivía con menos de un dólar por día. En 2010, el 22 % vivía con menos de 1,25 $/día (equivalente a un dólar en 1990). En esos veinte años 700 millones de personas salieron de la pobreza extrema. “En América Latina los pobres son hoy iguales en número a la clase media, mientras que hace apenas una década eran 2,5 veces más que la clase media”. El economista Ron Askin demostró que dos tercios de los estadounidenses tienen hoy un mejor nivel de vida que el de sus padres. Un estudio del Banco de la Reserva Federal de Dallas revela que el 98 % de las familias que eran pobres en 1975 no lo eran en 1991.

Además, las diferencias salariales no son arbitrarias. Las mediciones del economista de Harvard, Robert Lawrence, ponderan la renta de todos los trabajadores, incluyen las retribuciones no monetarias y realizan otros ajustes estadísticos que concluyen que los salarios reales siguen orientándose por la productividad, como sugiere la teoría económica tradicional, y no por injustos privilegios.

Quién merece qué

Thomas Piketty afirma que su inspiración y su ideología no provienen de Marx sino del artículo primero de la Declaración de Derechos del Hombre, de 1789, que dice: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad pública”. Esta idea tiene que ver con John Rawls, que escribió: “las desigualdades sociales y económicas son justas sólo si de ellas se derivan compensaciones para todos, y en especial para los miembros de la sociedad menos favorecidos”.

Dice Pedro Schwartz: “Lo que los revolucionarios franceses querían decir es que los privilegios legales, como los que tenían entonces los aristócratas y el clero, debían ser abolidos, de modo que la gente fuera igual ante la ley. Pero la forma de expresarlo indujo a igualitaristas posteriores como Piketty a reclamar que la riqueza debía pertenecer sólo a quienes se hubiesen esforzado en conseguirla”. Por tanto, se podían y se debían suprimir las herencias, y de ahí se fue quebrando el principio de igualdad ante la ley: era bueno quitarle al rico para darle al pobre.

De ahí la larga historia de la hostilidad a la herencia. James Galbraith, entre muchos otros, la identificaron con dinastías, oligarquías y plutocracias. Y siempre con la desigualdad como sinónimo de injusticia.

Todo esto ignora la naturaleza humana, el hecho de que nos esforcemos para lograr una propiedad no sólo para nosotros sino también para nuestros hijos. Y también ignora que la idea misma de la utilidad pública o la justificación social viola el derecho humano a conservar lo propio. Watkins y Brook citan la trampa retórica de Obama: “El 10 % más rico ya no obtiene la tercera parte de nuestro ingreso, sino la mitad”. La trampa está en eso de nuestro ingreso, como si fuera de todos; como cuando hablamos de “riqueza colectiva”. Estos autores denuncian a los que “parten de un marco colectivista que supone que la riqueza pertenece a la sociedad, y que las personas deben demostrar, no que han obtenido su riqueza honradamente, sino que el poseerla genera ‘beneficios sociales’. Una de las peores facetas del llamado debate sobre la pobreza es que hemos terminado equiparando luchar contra la pobreza con redistribuir la riqueza. Pero la pobreza no es un problema de distribución: es un problema de producción. En última instancia, la gente pobre lo es porque no ha creado la riqueza suficiente para prosperar. Lo único que ha conseguido reducir sustancialmente la pobreza es la libertad y el progreso económico que desencadena”. En el momento que aceptamos que lo nuestro no es nuestro, abrimos la puerta a que sea el poder el que determine quién merece qué.

Desigualdad en España

La desigualdad ocupa el centro de la agenda política, no solo de la izquierda sino de todas las variantes del antiliberalismo, incluyendo las burocracias internacionales, tontamente acusadas de “neoliberalismo”. Es normal leer cosas como: “España es uno de los países ricos donde mayor es la desigualdad”, o “es difícil negar que España es uno de los países más desiguales de Europa”. Algunos incluso incurren en el tic totalitario de sostener que quienes plantean visiones contrarias no son “independientes” o tienen “sesgos ideológicos”.

Los datos no avalan estos diagnósticos. L. Lorente, D. Muñoz Lagarejos y C. Navarro observan que España es relativamente desigual en renta, pero muy igualitario en riqueza y consumo. En su estudio sobre sobre la desigualdad en España, Ignacio Moncada y Juan Ramón Rallo sostienen que medida por la riqueza, con un índice Gini de 0,67, la desigualdad en España es de las más bajas del planeta, por el peso de una dispersa y generalizada propiedad inmobiliaria. En cuanto a las rentas, el Gini es de 0,346, lo que es una desigualdad elevada, pero estos autores aclaran dos cosas: 1) no aumenta, se mantiene estable en los últimos 40 años; 2) está sesgado al alza porque “no incluye los servicios en especie que reciben aquellas familias que poseen una vivienda en propiedad y por tampoco incluir los servicios que se reciben del sector público”. Si los incluimos, España sería tan igualitaria como Alemania o Francia. En cuanto a la desigualdad de consumo, con un Gini de 0,22, es de las más reducidas del mundo.

Julio Carabaña documenta que la desigualdad en nuestro país se mantuvo estable durante el último ciclo de expansión y recesión; en 2013 “la desigualdad era la misma que a comienzos de los noventa”. Y la desigualdad en las últimas recesiones “es menor que la estimada para antes de 1985”.

Como era de esperar, la desigualdad tiene que ver con el ciclo, a todos los niveles de renta: los más ricos, el odiado 1 % de la población, vieron cómo su renta media caía un 9 % entre 2004 y 2011: “Las cifras no ofrecen base alguna para afirmar que hayan contribuido a aumentar la desigualdad durante la crisis”. La desigualdad se ha mantenido más o menos en niveles parecidos en Europa en las últimas décadas. Y en España se ha movido entre la de los países grandes europeos: Francia, Italia, Alemania y Reino Unido.

Otro dato que da el profesor Carabaña llama la atención porque rara vez es destacado: los capitalistas no siempre ganan, y en la crisis “los pobres que aumentaban y se hacían cada vez más pobres no eran solo salariados, sino también empresarios”.

Desigualdad en el mundo

Josep Mèstres Domenech, economista de CaixaBank, dice: “cuando se analiza la desigualdad entre todos los habitantes del mundo se constata que esta ha disminuido en las últimas tres décadas: el índice de Gini bajó entre 1988 y 2013 más de siete puntos, un descenso que se acentuó a partir de 2008”. La explicación la sugirió hace tiempo Xavier Sala-i-Martín: no podía aumentar la desigualdad en el planeta cuando estaban prosperando sus países más poblados, China, India e Indonesia.

Branko Milanovic coincide: “Quizá por primera vez desde la Revolución Industrial la desigualdad global puede estar cayendo”. Añade que hay otros factores que presionan al alza la desigualdad en el mundo, como las mayores desigualdades dentro de algunos países.

Históricamente, el capitalismo llevó a la mejoría de los trabajadores. Kevin H. O’Rourke y Jeffrey G. Williamson afirman que hubo un cambio estructural en los niveles de vida en Europa entre 1750 y 1850: los salarios reales y el producto per cápita estaban estancados antes de ese cambio, y crecieron apreciablemente después. El propio Williamson junto con Peter H. Lindert analizan el impacto de la globalización desde la liberalización que se impuso con la apertura del mercado del Reino Unido en 1846, que favoreció a los trabajadores, tanto británicos como del resto del mundo, mientras que los perdedores fueron los terratenientes británicos, “el grupo más rico del mundo”. Los trabajadores ganaron por la importación de alimentos baratos.

La globalización en tiempos más recientes ha sido una fuerza positiva en todo el mundo, y no lo ha hecho más pobre y desigual, a pesar de lo que se dice sobre las sweatshops, y el trabajo infantil: “El empleo de niños y de otra mano de obra no cualificada por las multinacionales probablemente reduce la brecha de ingresos entre países”. De todas maneras, con la globalización, desde 1950 la tasa de empleo infantil por debajo de los 15 años ha disminuido en todos los países de la OIT y la tasa de escolarización ha aumentado sin cesar.

Muchos analistas argumentan que la desigualdad crece de forma alarmante en la mayoría de los países, especialmente en los desarrollados, donde aparentemente se estaría beneficiando a un rico 1 % a expensas del 99 % restante. James Galbraith asegura que los datos no avalan esta tesis: “Las únicas cifras que respaldan la tesis del estancamiento de la clase media son los salarios antes de impuestos y antes de transferencias, que no incluyen compensaciones de mercado de todo tipo, y no toman en cuenta la composición cambiante de las familias y de la población activa, y que no se ajustan correctamente a la inflación. Empleando cualquier otra medición, se ha registrado un progreso sustancial, aunque se debate sobre su magnitud exacta”.

Desigualdad y crecimiento

Otra de las supuestas evidencias que jalea el pensamiento único es que la desigualdad repercute de manera negativa sobre el crecimiento económico; se nos asegura que existe al respecto un “amplio consenso” y una “evidencia contundente”. Sin embargo, eso no está claro.

El FMI ha sugerido que si aumenta en un punto porcentual la desigualdad, medida por el porcentaje de la renta total que recibe la quinta parte más rica de la población, el crecimiento baja en 0,08 puntos porcentuales. La OCDE también ha hecho estudios parecidos. Anna Campos, de CaixaBank, advierte que sus resultados no son concluyentes “debido a que es difícil aislar el impacto de la desigualdad sobre el crecimiento económico del impacto de otros factores”. Y añade: “no existe un mecanismo único y transversal que pueda explicar la relación entre desigualdad y crecimiento”. Sobre las investigaciones de las burocracias internacionales subraya: “estas estimaciones son ilustrativas y no deben interpretarse como el efecto causal de un cambio de la desigualdad en el crecimiento de cada país”.

Otra cosa distintinta es la desigualdad fruto del intervencionismo o de las alianzas entre políticos y grupos económicos no competitivos. Sutirtha Bagchi y Jan Svejnar concluyen que existe una relación negativa entre desigualdad y crecimiento cuando las fortunas son producto de conexiones políticas, mientras que la desigualdad de riqueza independiente de la política no guarda ninguna relación significativa con el crecimiento.

William Easterly distinguió entre desigualdades estructurales y de mercado. Sólo las primeras son nocivas, las dependientes de la política, los favores y privilegios del poder. Las del mercado no.

Acemoglu, Johnson y Robinson subrayan el papel de las instituciones y cómo los países cuya formación institucional estuvo protagonizada por colonos europeos han tenido un mayor crecimiento que los países con instituciones extractivas diseñadas para capturar la renta de los colonos.

La visión institucional explica no sólo el crecimiento sino la perdurabilidad de la desigualdad. Calculan Lindert y Williamson que el Gini en Inglaterra en el siglo XVII era como en 1995, y el de Estados Unidos en 1776 era como el de 1983. De esta forma, dice Easterly que el peso de las granjas familiares en 1858 es un buen predictor de la desigualdad actual.

Los valores que defiende la población son importantes, dice Dani Rodrik, como el libre comercio. Mientras que las políticas públicas, como el crédito barato a las familias pobres, pueden convertirse en un caramelo envenenado tanto para el crecimiento como para la desigualdad, según argumenta Raghuram Rajan.

No hay una relación evidente entre crecimiento y desigualdad. Algunos estudios sugieren que es negativa, otros que es positiva, otros que cambia con el propio crecimiento, y otros concluyen que lo que cuenta es la tendencia más que el nivel de la desigualdad.

Los que viven por sus manos

A la hora de morir, dicen los versos de Manrique, “allegados, son iguales/los que viven por sus manos/y los ricos”. Esta separación tajante es propia de tiempos pasados, mientras que los modernos están marcados por la movilidad, mientras que el mercado permite el enriquecimiento de muchos gracias a la innovación y los incentivos. Como dice Edmund Phelps: “No es inherentemente injusto que en el capitalismo moderno aparezcan grandes desigualdades de riqueza; es en las sociedades tradicionales donde las grandes desigualdades de riqueza tienden a no ser justas”.

Edward Conard señala que en el mercado es precisamente cuando la mayor parte de la desigualdad es merecida y no arbitraria ni heredada. El 70 % de los ricos de la lista Forbes hizo su propia riqueza, sin heredar nada. En nuestro tiempo, con el auge de las nuevas empresas tecnológicas, la rotación en las listas de los opulentos es mayor que nunca. En la década de 1920 las empresas permanecían en el S&P 500 durante 65 años, y ahora sólo diez años. Ver la lista de nombres es ver nombres que cambian. Como dice Juan Ramón Rallo: es difícil mantener el capital en las mismas manos y preservando su valor. Mientras que aumenta el porcentaje de millonarios que lo son porque crearon su propia empresa, resulta que más del 90 % de los apellidos de los ricos de 1982, cuando empezó la clasificación de Forbes, se han caído de la lista. En 1982 los Rockefeller ocupaban 13 lugares. En 2014 sólo había uno: David. El 20 de marzo de 2017 murió, y ya no hay más de la familia en la lista. Los Du Pont ocupaban 25 lugares en 1982. Desde 1999 no ocupan ninguno.

Tampoco es verdad que las altas retribuciones de los directivos deriven de la falta de competencia, porque en el sector tecnológico es feroz. Según la consultora McKinsey, los beneficios de las empresas tecnológicas controladas por sus fundadores han crecido pero sus márgenes han disminuido con respecto a los de las empresas cotizadas, es decir, lo contrario de la conducta anticompetitiva y oligárquica.

Alberto F. Alesina y George-Marios Angeletos señalaron en el American Economic Review la importancia de los valores: el 71 % de los americanos piensan que los pobres pueden salir de la pobreza por sus medios, pero solo el 40 % de los europeos lo creen. EE UU es más móvil que Europa: “puede ser que la movilidad social sea menor en Europa porque se aplican más políticas redistributivas, y no al revés”. Hay una fuerte correlación entre el peso del gasto social y el porcentaje de la población que cree que “los que viven por sus manos” no pueden enriquecerse, y que la riqueza es producto del azar o el latrocinio, y no del esfuerzo y la inventiva.

Sección de oportunidades

El intervencionismo predominante nunca reconocerá que su objetivo es imponer la igualdad de resultados. Hay algo en esa idea que nos repugna a todos. Por eso nadie aplaude abiertamente a Procusto, y todos comprendemos que es efectivamente una locura la carrera loca de Alicia en el país de las maravillas, cuyo lema es: “Todo el mundo ha ganado, y todos deben recibir premio”.

De ahí que la única igualdad de la que se habla es la igualdad de oportunidades, y los igualitaristas siguen a John Rawls y la atractiva idea de que en la carrera de la vida todos debemos partir del mismo sitio; eso garantiza la movilidad, y para eso se necesita la redistribución del Estado de bienestar.

Pero los datos no avalan esta teoría. Estados Unidos era una sociedad móvil en la segunda mitad del siglo XIX, y no había Welfare State, los impuestos eran bajísimos, y la desigualdad elevada. Desde los años 1970 la movilidad en ese país no ha disminuido, mientras que la desigualdad parece haber aumentado.

La vida no es una carrera, como dicen Watkins y Brook, e igualar las posibilidades iniciales significa forzar a la gente a jugar con reglas diferentes. Y es imposible de lograr. Habría que impedir que luchemos cada uno por darles a nuestros hijos la mejor educación. Un filósofo llegó a sugerir que no había que permitir que los padres educados leyeran cuentos a sus hijos por la noche, porque que esto les otorgaría una “ventaja injusta” en la vida.

Las llamadas tierras de oportunidad no lo son porque todos tengan las mismas oportunidades sino porque allí reina una cierta libertad que permite que todos puedan participar en la creación de riqueza, que puedan mejorar.

Los intervencionistas hablan de igualdad de oportunidades, pero en el fondo quieren decir de resultados: no habrá igualdad para ellos si no la hay de resultados. Algunos lo reconocen abiertamente, como Krugman: “una sociedad con resultados desiguales es, más o menos inevitablemente, una sociedad también con oportunidades desiguales”. De ahí que para ellos la clave sea la acción del Estado, un Estado que pone cada vez más obstáculos a la prosperidad de los pobres, obstáculos que siempre son aplaudidos por los críticos de la desigualdad.

Ha escrito el economista Thomas Sowell: “La movilidad social, la oportunidad de mejorar, no puede ser medida solamente por el movimiento concreto de ese tipo que tiene lugar. La oportunidad es solo un factor del progreso económico. El grado en que un individuo o un grupo determinado aprovecha las oportunidades existentes es otro. Solo suponiendo implícitamente (y arbitrariamente) que el no progresar tiene que deberse a las barreras sociales podemos afirmar que la sociedad americana ya no ofrece oportunidades para la movilidad social ascendente”.

De Di Stéfano a Ronaldo

Don Alfredo Di Stéfano solía bromear al final de su vida diciendo que había nacido en una época económicamente inconveniente, porque de haber retrasado su nacimiento unas décadas, sería tan rico como Cristiano Ronaldo.

Tenía razón mi ilustre compatriota, y, en cambio, muchos que se rasgan las vestiduras a propósito de la desigualdad han probado tener menos talento económico que “la saeta rubia”.

En efecto, Di Stéfano es el equivalente a Ronaldo sesenta años antes. Fue un gran jugador extranjero fichado por el Real Madrid, donde se convirtió en un goleador y una estrella; no por nada se habla de “el Madrid de Di Stéfano”.

Y sin embargo, el dinero que cobró el delantero argentino fue muy inferior al que cobró más tarde el astro portugués. ¿Cómo es posible esto si los jugadores son similares y el club es el mismo?

La explicación, por supuesto, estriba en la tecnología y la globalización. Ambas fuerzas se combinaron para mejorar la suerte de cientos de millones de modestos trabajadores de todo el mundo, que pudieron dejar atrás la pobreza en el último medio siglo. Pero para algunas personas muy destacadas, en particular profesionales y empresarios, esas fuerzas multiplicaron su éxito económico en dimensiones desconocidas hasta ahora. Yo recuerdo cómo veía los goles de Di Stéfano desde Buenos Aires a finales de los años 1950: no muchas familias tenían entonces televisión, desde luego la mía no, y sólo podíamos verlo en el cine, en los “noticiarios” que entonces se proyectaban antes de las películas.

Hoy en día medio planeta puede ver, quiere ver, y ve las proezas de Cristiano Ronaldo en directo por televisión, con unas imágenes de una calidad impresionante. Como es evidente, todo ello repercute en los ingresos del talentoso jugador nacido en Madeira.

Y esto, que a la vez impulsa la prosperidad y el bienestar de todos, pero la desigual retribución de unos pocos genios, no vale solo para el deporte sino para cualquier actividad que tenga un alcance global.

Amancio Ortega creó su primera empresa de fabricación de albornoces en 1963, y abrió la primera tienda de Zara en La Coruña en 1975. Abandonó la presidencia de Inditex en 2011. Es decir, pudo potenciar su talento empresarial, multiplicándolo en un mundo global y abierto. Benefició así a millones de clientes, y miles de trabajadores, y desde luego a él mismo y su familia y accionistas, todo ello en un grado mucho mayor que si hubiese empezado como empresario textil unas décadas antes.

La izquierda y los sindicatos lo odian, como odian a cualquier empresario exitoso. Sería mucho pedir que pensaran en que su “desigualdad” mejoró la vida de multitudes de trabajadores en todo el mundo.

Ganadores y perdedores

Una nueva versión de la teoría desigualitaria fue expresada en la llamada “curva del elefante”, de Branko Milanovic y Christoph Lakner, que ha sido calificada como “el gráfico más importante para entender la política actual” y “el gráfico más poderoso de la última década”.

En el eje horizontal está la población del mundo dividida en diez percentiles, de los más pobres a los más ricos; y en el eje vertical está el crecimiento medio de los ingresos familiares entre 1988 y 2008 para cada tramo de rentas.

Lo primero que se observa es que todos los grupos económicos han mejorado: la renta media subió un 24 % en el planeta durante ese periodo. Pero en torno al percentil 80 la curva se inclina hacia abajo, y solo vuelve a subir en el último tramo, el de los más ricos, trazando una figura que se parece efectivamente a un elefante. ¿Quiénes son esas personas cuya renta no ha disminuido, pero sí parece haberse estancado?

Se la ha llamado “la clase media baja del mundo rico”: se dice que son las víctimas de la globalización, los trabajadores más expuestos a la competencia de los países emergentes. Se ha apuntado que eso es lo que explica el auge del populismo en Estados Unidos y Europa.

Adam Corlett cuestionó la elaboración de estos datos, que incluyen un conjunto diferente de países, y no recogen cambios demográficos. Pero sobre todo subrayó que las cifras de los “perdedores” se ven fundamentalmente afectadas por los malos resultados de Japón y los países ex comunistas. El desastre japonés es importante: la renta media real bajó un 24 % entre 2002 y 2008, y un 54 % en la decila inferior; algo parecido sucedió con los países de la antigua URSS.

No es cierto que la globalización sea negativa para las clases medias trabajadoras. En algunos países como EE UU hubo una distribución desigual con los pobres ganando menos que los más ricos, “lo que indica que EE UU está cerca de ajustarse a la narrativa del estancamiento y la desigualdad”, pero no a la de la condena a la globalización, porque el comercio internacional es menos importante para esa nación que para las demás: “La opinión de que los ingresos medios de las clases medias y bajas del mundo rico se han estancado en este período no está avalada por los datos, aunque el crecimiento en EE UU ha sido particularmente desigual. Amplias variaciones entre las economías maduras sugieren que deberíamos ser prudentes al suponer que hay algo inevitable en el estancamiento de los ingresos para la clase media baja del mundo rico, o que las políticas nacionales no cumplen un papel relevante”.

Riqueza y poder

La cínicamente llamada regla de oro es: quien tiene el oro hace las reglas. Durante mucho tiempo se ha mantenido esa teoría, plasmada bajo el socialismo por la famosa expresión de Karl Marx, según el cual el Estado es apenas “un títere de la burguesía”.

En nuestros días, la corrección política insiste en que los males de la desigualdad derivan o se potencian porque “el poder económico” se ha hecho con las riendas del poder político. Fieles a su inveterada propensión al ridículo, los jefes de Podemos cultivan ahora la idea de que en España estamos dominados por el Ibex 35.

De entrada, despejemos este bulo, y abordemos después las relaciones entre riqueza y poder. Se trata de un puro cuento, que sólo pueden creer los que creen seriamente que los capitalistas han “desmantelado el Estado de bienestar”, cuando nunca en la historia ha sido más grande.

No hay tal cosa como “poder económico” asimilable al poder político. No hay forma de probar que a usted le arrebata el dinero Amancio Ortega, o le limita su libertad El Corte Inglés. Al contrario, Ortega se ha hecho rico porque usted compra sus camisas en el mercado, y se llama mercado a aquel sitio donde sólo pagamos si deseamos comprar, y sólo compramos aquello que deseamos. Por eso Amancio Ortega no puede quitarle a usted el dinero a la fuerza. De hecho, si lo hace, va preso.

El Corte Inglés también gana en el mercado, y no puede obligarle a usted a comprar lo que usted no quiere.

Veamos el poder político. Ahí sí que nos obligan a pagar. De hecho, si no lo hacemos, los que vamos presos somos nosotros. Y ahí no podemos elegir qué cosas comprar con nuestro dinero; nos lo quita el poder y es él mismo el que decide qué bienes y servicios nos va a dar “a cambio”. He puesto a cambio entre comillas porque es evidente que no se trata de una transacción como en el mercado: en Zara sí que nos dan una camisa a cambio de nuestro dinero. 

Lo anterior no quiere decir que no haya relación entre empresarios y Estado. Al contrario, la hay desde hace siglos, y desde hace siglos los liberales han protestado por ello. Repasaremos estas relaciones espurias que siempre acaba pagando el pueblo, pero de momento retengamos la lección de que quien tiene y usa el poder para quitarnos el dinero a la fuerza no es Amancio Ortega sino la Agencia Tributaria.

Contra los pobres

Se habla de luchar contra “las desigualdades”, como si hubiese que  acabar con todas. Pero nadie va a acabar con la desigualdad. Los seres humanos somos afortunada e inerradicablemente desiguales. 

Además, quienes “luchan contra las desigualdades” no lo hacen contra todas, porque hay una que les gusta: la desigualdad de un creciente poder político. Escribió Peter Bauer: “El nada santo grial de la igualdad económica reemplazará la prometida reducción o eliminación de las diferencias en rentas y riqueza por una mucha mayor desigualdad de poder entre gobernantes y súbditos”. Cabe subrayar la hipertrofia de la noción de desigualdad, que prácticamente reclama al Estado una expansión indefinida para proteger desde las mujeres hasta los océanos, desde los homosexuales hasta la atmósfera, desde los ciclistas hasta los osos polares. Todos debemos ajustarnos a los cánones de un igualitarismo sistémico e ilimitado.

En todas las dimensiones, y también en la económica, el proceso parece benévolo pero no lo es, porque siempre exige la violación de los derechos y libertades individuales. El Estado no es una empresa, que crece gracias a los contratos voluntarios con sus clientes. El Estado crece a expensas de sus “clientes” (las comillas son necesarias, porque nadie es realmente cliente de quien le quita el dinero a la fuerza).

Watkins y Brook subrayan que las campañas contra la desigualdad no son realmente contra los ricos sino contra cualquiera que quiera ser rico, y contra el sistema económico y político que libera a la gente y le permite enriquecerse. Con lo cual, resulta que los valientes que luchan contra la desigualdad están luchando en verdad contra los pobres.

El mayor estatismo en aras de la igualdad, como dice James Dorn, socava la sociedad civil, condiciona el crecimiento, fomenta la desmoralización, el fraude y el “saqueo legal” del que hablaba Bastiat. Avisa Dorn contra los igualitaristas como Piketty que nos tranquilizan diciendo que no son comunistas: “la contradicción es patente: uno no puede defender la propiedad privada y al mismo tiempo proponer una vulneración masiva de la propiedad. El Estado redistributivo no solo es injusto, sino dañino para el crecimiento económico. La historia económica demuestra que es más probable que la situación de los pobres mejore con más libertad económica y más crecimiento que con recortes al rendimiento del capital”.

El estatismo no sólo ataca a los pobres dificultando su prosperidad sino también reintroduciendo una dependencia de tipo servil y feudal. Desde Adam Smith a Milanovic los economistas han subrayado esta mayor dependencia antes y fuera del mercado. Esa desigualdad no mercantil es la hostil a los pobres, y es la que nos recomiendan hoy desde púlpitos, cátedras y tribunas sin fin.

La fuerza de la envidia

La envidia es el más ruin de los pecados, porque no podemos concebir ni una circunstancia en la que podamos exhibir con orgullo el haberlo cometido. Ocultamos nuestra envidia, y de ahí que hablemos de “sana envidia” para expresar un sentimiento que no es ruin: el de admiración. Una muestra de la inmoralidad del intervencionismo es precisamente que promueve la envidia, bajo el disfraz de virtudes varias, como la solidaridad o la justicia. Y, por supuesto, para “luchar contra las desigualdades”.

Thomas Piketty recomienda un impuesto confiscatorio del 80 % sobre las rentas superiores a un millón de dólares, pero no para recaudar ni para redistribuir: simplemente, para que desaparezcan. Los igualitaristas presumen de representar al pueblo, a “la gente”, pero la gente no está preocupada porque haya millonarios; lo que quiere es mejorar ella, no dañar a otros. Y tampoco es verdad que el pueblo demande Estados cada vez más grandes: en los países nórdicos ha demandado, y conseguido, que se achiquen. Dice Randall Holcombe: “Piketty promueve la política de la envidia, en la cual la mayor igualdad es un objetivo en sí mismo, en contraposición al objetivo de ayudar a quienes están en la parte inferior de la distribución de la renta. Piketty admite paladinamente que las políticas que él recomienda para reducir la desigualdad lo harán perjudicando a los que están arriba y no ayudando a los que están abajo”.

Robert Whaples señala que nadie admite abiertamente: “queremos que todos sean igual de pobres”. Sin embargo, muchos recomiendan o aplican políticas que tienen ese resultado. “El igualitarismo a menudo está impulsado por la envidia, y anima a las personas a considerar que la propiedad de los demás no es suya”.

Esto es clave: el intervencionismo socava las bases de la sociedad libre por esa razón, porque anima a considerar que nuestra propiedad no es nuestra, sino de la sociedad, que es “riqueza colectiva”, que puede y debe ser reasignada por el poder político y legislativo.

Concluyen Watkins y Brook que los igualitaristas nos invitan a considerar la desigualdad como un atentado contra la dignidad: “Al definir la dignidad en términos de igualdad material, los igualitaristas nos llaman a contemplar los logros de los demás, no como una fuente de inspiración, sino como una afrenta a nuestra autoestima, que hemos de reafirmar castigando a los exitosos por ser exitosos. No es exagerado, por tanto, afirmar que la concepción igualitaria de la dignidad es degradante”.

La promoción de un vicio tan destructivo como es la envidia demuestra que el igualitarismo, como el socialismo, puede sea más suave o más riguroso, más vegetariano o más carnívoro, pero nunca es beneficioso para el pueblo, ni para la economía, ni para la moral.

Salvar el capitalismo

Robert Skidelski, el biógrafo de Keynes, proclamó: “la desigualdad asesina al capitalismo”. Su biografiado no dejó una frase tan disparatada, pero desde luego compartió el dogma de la corrección política, que a izquierdas y a derechas ha insistido siempre en que el capitalismo alberga tendencias autodestructivas que lo ponen en serio peligro si las personas retienen el control de su propiedad privada y la libertad de sus contratos voluntarios. Así, una antigua y generalizada conclusión es que el Estado debe crecer a expensas del capitalismo para asegurar benéficamente la supervivencia de éste.

Se ha llegado incluso a decir, y es un lema favorito de muchos socialdemócratas y de demasiados conservadores, que el mercado se salva gracias a la intervención, y que el capitalismo se salva…socializándolo.

Es un prejuicio: se supone que el mercado se autodestruye, y cómodamente se infiere que para hacerles realmente un favor a los capitalistas hay que quitarles el dinero y redistribuirlo políticamente. Una variante de esta fábula, que hemos vuelto a ver en la última crisis, es que el Estado debe arrebatar recursos a los contribuyentes para rescatar bancos, puesto que en otro caso el sistema se derrumbaría con consecuencias catastróficas para todos. Tampoco hay para esta fantasía más aval que el prejuicio.

Dicen Nicholas Capaldi y Gordon Lloyd: “la desigualdad sería un problema de política económica si y solo si las desigualdades actuales impidieron a los individuos mejorar”.  Esto no está sucediendo, como tampoco sucede que la desigualdad de por sí anula la convivencia social, una vieja consigna hobbesiana, que recoge, también sin fundamento, el economista de moda: “La pesadilla para Piketty es que la mejora de los que están abajo en términos absolutos solo pudiese ser posible a través de una economía de mercado cuyo crecimiento incremente la desigualdad relativa”.

En el mercado no hay suma cero, y todos los que participan en él pueden ganar. No se trata, por tanto, de hostigar al rico por serlo, o por creer que de su riqueza se deriva la pobreza ajena. Y si se quiere salvar el capitalismo, no es lógico ni conveniente ahogar a los capitalistas.

Es interesante que los supuestos defensores de la salvación del capitalismo gracias a su socialización o estatización, o cualquier esquema intervencionista, recurran al argumento de que esa estatización impide las revoluciones socialistas. Lo creen muchos también en la extrema izquierda, que por eso no simpatizó con Keynes ni simpatiza con Piketty, porque no cree sólo en los impuestos sino en la revolución popular. Pero ninguna revolución socialista fue hecha por los pueblos, sino siempre por una minoría de señoritos fanáticos que, una vez en el poder, aplastó a los pueblos a sangre, fuego y hambre.

Salvar la democracia

Los políticamente correctos, que siempre advierten contra los diagnósticos desmesurados, pierden toda mesura en el tema que nos ocupa en este ensayo, y han llegado a anunciar que “la desigualdad asesina la democracia”. Abundan las declaraciones de este tenor, tan solemnes como absurdas, del estilo “debemos volver a reconciliar capitalismo con democracia” o el clásico “necesitamos un nuevo contrato social”.

Muchos académicos incurren así en defectos académicos, como dar cosas por supuestas o ignorar la realidad, ajustándola a sus prejuicios. No se puede, en efecto, alegar que padecemos mucha desigualdad y que eso pone en peligro la democracia, cuando hay más democracia que nunca. Menos se puede pedir “reconciliar” capitalismo y democracia, cuando lo que debe reconciliarse con la democracia es el anticapitalismo. En cuanto al contrato social, es una fantasía desde Rousseau, porque no puede haber ningún contrato social cuando la gente carece de la opción de no firmarlo.

Sospecho que se trata de racionalizaciones políticas, más que de razón. Se dice que la desigualdad da lugar al populismo, cuando en España hay populismo siendo un país igualitario en términos de riqueza, mientras que el populismo se bate en retirada en la desigual América Latina. O que se necesita más Estado para frenar la desigualdad, cuando el Estado ha crecido como nunca en la historia, para frenar la desigualdad.

Este desconcierto lo refleja el “principio de la diferencia” de John Rawls. En sus palabras: “la injusticia es simplemente las desigualdades que no benefician a todos…el principio de la diferencia representa, en efecto, un acuerdo para considerar la distribución natural de los talentos como un activo común y para repartir los beneficios de esta distribución”.

Nótese que no estamos hablando de comunistas sino de socialdemócratas, no de las ideas de Marx sino de las de Stuart Mill, de gente que no quiere la revolución sino “corregir las desigualdades” sin liquidar el mercado. Pero el resultado es un Estado creciente para cuya dinámica se buscan explicaciones fantasiosas fuera del propio Estado. Piketty repite el mantra: es necesario subir impuestos para que “la democracia recupere el control sobre el capitalismo y garantice que el interés general prevalezca sobre los intereses privados, preservando al mismo tiempo la apertura económica”. Los impuestos son más altos que nunca: ¿cuánto más “control del capitalismo” necesita Piketty?

Se está hablando de la desigualdad como enemiga de la democracia cuando en realidad se quiere decir que el propio Estado democrático arriba a puntos de colisión con su legitimidad, entre otras razones por los impuestos. Entonces busca recuperar la legitimidad de su coacción alarmándonos con enemigos de la democracia, como la desigualdad, en abierta contradicción con el hecho de que ha sido la propia democracia la que ha consolidado los Estados más grandes, onerosos e intrusivos de la historia. Pero contra esa desigualdad nadie quiere luchar.

Desigualdad y Estado

Se considera que el moderno Estado oneroso y redistribuidor es la solución al problema de la desigualdad. Pocos reconocen que el asunto es más complicado de lo que parece, y que el Estado puede también promover la desigualdad. Lo hace, por ejemplo, mediante la imposición, porque la progresividad descarga su peso sobre las rentas medias, dificultando la movilidad social ascendente.

Asimismo, el Estado da lugar al mal llamado “capitalismo de amiguetes” que es más bien el “estatismo de amiguetes”. En efecto, la clave de la asociación espuria entre empresarios y políticos, siempre denunciada por los liberales, es el poder del Estado para impedir la competencia y privilegiar a unos grupos sobre el conjunto.

Como dicen Watkins y Brook, el Estado fomenta la desigualdad porque la fiscalidad está diseñada para castigar el ahorro, lo que favorece a los que ya son ricos. Esto explica por qué es tan frecuente que los empresarios sean antiliberales: la tentación de recurrir al poder es demasiado intensa.

El gasto social, político, los subsidios, las regulaciones de todo tipo crean desigualdades, a veces con objetivos supuestamente abnegados: la paralización de los desahucios acaba premiando a los que no pagan y castigando a millones que sí lo hacen; otro tanto sucede con la llamada pobreza energética.

El economista francés Henri Lepage subraya que buena parte de la explicación de las cifras de la desigualdad pasa por valores inmobiliarios, que representan más de la mitad del capital en comparación con la renta. La burbuja inmobiliaria hipertrofió esos valores merced a dos intervenciones públicas: la política monetaria y las restricciones urbanísticas. Si en vez de ver los precios de mercado vemos el valor capitalizado de los alquileres observamos que la relación capital/renta no se ha disparado, sino que se ha mantenido estable.

La pobreza ya estaba bajando antes de que empezara la redistribución (como los accidentes de tráfico, y tantas otras consignas intervencionistas). En el caso de EE UU, cuando el Estado, con Lyndon Johnson y su War on Poverty, empezó a gastar miles de millones de dólares en luchar contra la pobreza, la pobreza dejó de descender al ritmo anterior. Los impuestos desaniman la producción y los subsidios desaniman el trabajo.

Cabría argumentar que sin redistribución la desigualdad habría aumentado más, pero eso, como analiza Vincent Geloso, no está claro, porque hay fuerzas desigualadoras independientes del Estado, y acciones del Estado que aumentan la desigualdad, como el intervencionismo en el mercado laboral, o los impuestos sobre los pobres y la clase media.

No olvidemos que el intervencionismo laboral produce paro, y es el paro lo que genera la pobreza y la desigualdad: la aplastante mayoría de los pobres son personas que no trabajan.

Es interesante que los muchos que celebran las políticas monetarias expansivas de los bancos centrales como salida de la crisis económica, e incluso reclaman expansiones aún más vigorosas, no perciban su impacto sobre la desigualdad. Esas políticas la promueven, favoreciendo tanto a los Estados como a las personas de mayor fortuna, mientras que la mayoría de la población se ve perjudicada porque tienen un porcentaje significativo de su riqueza en dinero y depósitos bancarios.

Alarmistas igualitarios

La colección de consignas alarmistas a propósito de la desigualdad no tiene límites, ni tampoco tienen rubor quienes las esgrimen, como un catedrático de la Universidad de Cambridge, Göran Therborn, que concluyó: “la desigualdad mata”. También provoca temor Joseph Stiglitz: “Las sociedades sumamente desiguales no funcionan de forma eficiente y sus economías no son estables ni sostenibles a largo plazo”. Las explicaciones de tales diagnósticos dejan mucho que desear.

Piketty es alarmista, porque pronostica que el capitalismo tenderá a crecer poco y a ser muy desigualitario: los rendimientos del capital aumentarán más que el crecimiento económico, y esto generará una especie de casta o trama patrimonialista, cada vez más rica y poderosa, frente a las masas empobrecidas y desheredadas (literalmente, porque los ricos se perpetuarán mediante herencias). Con lo cual tendremos una riqueza “desbocada en favor de los poderosos”.

Las consignas de este tipo podrían multiplicarse indefinidamente, pero siempre son alarmistas y no siempre tienen respaldo. Varios autores, como Phillip W. Magness y Robert P. Murphy, revisaron las estadísticas de Piketty y comprobaron que, al revés de lo que se cree, son deficientes. Carlos Góes dice que las cifras apuntan en sentido contrario a las alarmistas tesis de Piketty.

Martin Feldstein señaló que otro de los fallos del francés es ignorar los cambios en la fiscalidad registrados en las últimas décadas. Asimismo, el joven economista Matthew Rognlie demostró que en las cifras de Piketty la clave del aumento en la desigualdad es el patrimonio inmobiliario, y los demás capítulos de la inversión no tienen una tendencia clara.

La desigualdad no debería suscitar alarma en términos generales, porque puede ser buena o mala, en el sentido de beneficiar o perjudicar a la sociedad. La buena desigualdad es la generada en libertad y competencia, mientras que la mala es la derivada de los privilegios, las regulaciones y los monopolios; el rescate a la banca, por ejemplo, o el proteccionismo comercial.

Como dice Angus Deaton, no toda la desigualdad es mala, en particular no lo es la desigualdad que brota de la innovación y la inventiva: “Estar en contra de esa clase de desigualdad es estar en contra del progreso mismo”.

Por desgracia, esta distinción crucial entre desigualdades no es subrayada, del mismo modo que no generan ninguna alarma unos Estados cada vez más grandes y desiguales con respecto a sus súbditos.

Quizá la alarma mayor debería provenir de la propia noción de que la igualdad económica es algo que debe alcanzarse mediante la imposición política y legal. Esto es una incoherencia moral, porque las personas somos inviolables en todo, no sólo en nuestros cuerpos o nuestra dignidad.

Una de las contradicciones del pensamiento único antiliberal estriba precisamente en esto: en creer que debemos ser respetados en nuestra propiedad personal y física, en nuestro honor y nuestra libertad de expresión, pero no en la propiedad de nuestros recursos y nuestra libertad para contratar voluntariamente con nuestro prójimo.

Empresarios y trabajadores

El ex presidente norteamericano Barack Obama llegó a referirse a los empresarios exitosos como “ganadores de la lotería de la sociedad”.

Son dos errores. Primero, el empresario que triunfa es cualquier cosa menos un jugador de lotería, porque la característica fundamental de la lotería es que la probabilidad de ganar o perder es conocida de antemano y puede especificarse con precisión. El empresario no es así, y por eso podemos contratar un seguro contra muchas cosas, pero ninguna compañía nos asegurará el beneficio de nuestra empresa. El segundo error es pensar que esa “lotería” del empresario es de la sociedad, porque el empresario crea riqueza y empleo a través de contratos que las personas libremente establecen con él: la propiedad de todos es privada, no es de la sociedad. Este truco es utilizado ampliamente (como cuando se habla de “riqueza social”) para usurpar los beneficios empresariales, como si no tuvieran legítimos dueños.

La labor creativa del empresario es sistemáticamente devaluada o ignorada por los igualitaristas antiliberales al estilo de Piketty, que tiene una “hostilidad medieval” al beneficio del capital, como dice Daniel Shuchman, y que sólo considera al empresario como un mero rentista, sin riesgo, como denunciaron, entre otros, Tyler Cowen y Anthony de Jasay.  

El antiliberalismo, al desconocer las fuentes de creación de riqueza, sistemáticamente invita a la violación de los contratos que permiten crearla. De ahí que siempre los matice o los niegue, atribuyéndoles una letal desigualdad que sólo la coacción estatal puede reparar. Y esto, que durante mucho tiempo se dio por supuesto entre empresarios y trabajadores, ahora se ha multiplicado para todos los conflictos que los antiliberales creen que hacen imposible la sociedad libre, desde hombres vs. mujeres hasta compradores vs. vendedores de cualquier bien o servicio.

Eso explica también el desprecio general a los trabajadores, que comparte Piketty al negarse a incluir en el capital al capital más importante de la economía, y a menudo el único que poseen los trabajadores: el capital humano, que es el germen de la movilidad social y lo que explica la creación de la clase media en el último siglo.

Deirdre McCloskey afirma que Europa prosperó no por el capital acumulado antes, ni por la tecnología ni por la estabilidad institucional: todo eso regía en China. Pero en Europa surgieron ideas. Una fue la libertad: “La gente libre es ingeniosa. No lo son los esclavos, los siervos, las mujeres sometidas, las personas petrificadas en una jerarquía de señores y burócratas”. Ese ingenio creativo del pueblo es la clave: “el 95 % del enriquecimiento de los pobres desde 1800 no se ha debido a ninguna ayuda sino a la economía más productiva”.

Y cómo es él

Hemos visto que el igualitarismo no se encuentra avalado ni por las teorías ni por los datos. Consideremos otra hipótesis, que recurre a la psicología. ¿Tienen los igualitaristas algunos rasgos comunes? O, en palabras de José Luis Perales: ¿Y cómo es él?

Mi conjetura es que los que más están preocupados por la desigualdad son los más desiguales, pero no los más desiguales porque tienen poco, sino porque tienen mucho.

Los economistas que más alarman con la desigualdad son personas célebres, como Thomas Piketty, que vendió más de un millón de ejemplares de su libro, o Stiglitz, Solow y Krugman, tres premios Nobel de Economía. Son personas francamente desiguales.

Warren Buffett pidió pagar más impuestos, alegando que su secretaria pagaba más que él, lo que era muy desigual (por cierto, un matiz: muchos millonarios cobran beneficios por dividendos del capital, cuya fiscalidad suele ser más baja porque el dinero pagó ya impuestos antes, como Sociedades).

Bill Gates alabó a Piketty, que quiere subirles aún más los impuestos a las personas como él. Mark Zuckerberg, el multimillonario fundador de Facebook, acudió a Harvard, universidad que abandonó para ser empresario, y recibió un doctorado honoris causa. Allí pidió luchar contra las desigualdades imponiendo una renta básica, “para que todo el mundo tenga un colchón para probar cosas nuevas”. Elon Musk, el CEO de Tesla, desbarró sobre las amenazas de los robots, y reclamó también una renta básica.

Lo mismo sucede con las grandes burocracias internacionales, supuestamente “neoliberales”. Jonathan D. Ostry, Director Adjunto del Departamento de Investigación del IMF declaró: “Para salvar la globalización, sus beneficios deben ser compartidos con más amplitud”, y esto lo dijo en el Foro Económico Mundial, otro sitio de privilegiados que están muy inquietos por la desigualdad.

Y así, todo. Los medios de comunicación destacados en subrayar la desigualdad suelen ser importantes y desiguales. Los periodistas, también. Leí a un catedrático escribiendo en un importante periódico que la desigualdad es nuestra principal “enfermedad social”. Otro diario editorializó sobre la desigualdad llamándola “perversa”.

Mi conjetura es que, aparte de que puedan tener vergüenza de su propia riqueza e importancia, puede que quizá sean narcisistas, que se vean como quienes empujan con su sabiduría a la sociedad, mientras que a las pobres masas hay que darles algo para que se queden tranquilas, vagueando. Ellos, los desiguales, son los líderes, los ingenieros de la nueva sociedad, los médicos que nos curarán la enfermedad social. Y los demás somos realmente muy poca cosa. Vamos, que no se nos puede dejar en paz y libertad.

En mi experiencia personal me ha pasado algo parecido. Entre mis amigos, los que más insisten en la gravedad de la desigualdad son los más ricos, los profesionales más destacados, los más desiguales.

De Podemos a Procusto

Pablo Iglesias, preocupado por la desigualdad, declaró que es “algo que no nos podemos permitir” por la “fractura social” que comporta. Cuando despotrica contra el PP, tiene claro cuál es un punto principal de su queja: “en España hay más desigualdad”. Es falso, pero las personas llegamos a creer cosas absurdas durante mucho tiempo más allá de su refutación.

Johan Norberg ironiza sobre el escaso porcentaje de personas que son capaces de reconocer que el mundo mejora: son apenas el 6 % en Estados Unidos: “Más norteamericanos creen en la astrología y la reencarnación que en el progreso”. Pero esto también sucedió antes, como lo enunció Herbert Spencer en 1891 en lo que después fue conocido como Ley de Spencer: “Cuanto más mejoran las cosas, más arrecian las protestas contra su empeoramiento”. Recuerda Norberg que Marx afirmó que el capitalismo hacía más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Pero cuando Marx murió, el inglés medio era tres veces más rico que cuando había nacido, hacía 65 años: nunca la población había experimentado nada parecido. El futuro iba a ser mucho mejor: la renta per capita en el mundo aumentó en los pocos años que han transcurrido desde el final de la Guerra Fría casi tanto como lo había hecho en los 25.000 años anteriores. Y la pobreza extrema bajó del 37 % al 9,6 %; concluye Norberg: “cayó a cifras de un dígito por primera vez en la historia”.

No obstante, seguro que estos datos no hacen mella en Podemos y los demás partidos que abrevan en el pensamiento único antiliberal. Proclamarán que los países capitalistas son crecientemente desiguales, cuando lo cierto es que, a pesar de la reciente crisis económica, la renta mediana de las familias de ingresos medios y bajos en Estados Unidos, país siempre señalado como paradigma de la desigualdad, ha aumentado en más de un 30 % en el último medio siglo.

Sea como fuere, la consigna de acabar con la desigualdad recorre toda la historia de las agresiones a la libertad humana, que cabe rastrear hasta el cruel y proto-igualitarista Procusto en la mitología griega.

Continuó hasta nuestro tiempo: los anticapitalistas afirmaron que el mercado empobrecía a los pueblos o el comunismo los enriquecía, dos patentes falsedades. Precisamente, dada la creciente imposibilidad de sostener que el capitalismo empobrece, los anticapitalistas esgrimen, o más bien rescatan, en nuestros días la consigna de que el capitalismo es una fuerza peligrosa, por desigualadora.

Las ideas que subyacen giran en torno a antiguas falacias, como la de la suma cero, que nos invita a pensar que, si alguien se enriquece, entonces algunos otros se empobrecen. Esta falacia, que recogió el marxismo con su fábula siniestra de la lucha de clases, llega hasta hoy de la mano de la desigualdad con consignas pueriles como la de Oxfam: “una economía al servicio del 1 %”, lo que jamás es posible en el mercado, o con mensajes delirantes como que ocho personas son tan ricas como la mitad de la humanidad, lo que simplemente es un truco estadístico para provocar alarma e indignación.

Aparte de los errores, no hay que olvidar los intereses: hay mucha gente que vive del cuento de la desigualdad, no sólo políticos y burócratas nacionales e internacionales, que también, sino multitud de intelectuales, analistas y grupos de presión de todo tipo, todos interesados en endilgarle al capitalismo algo que justifique la intervención pública.

Se alegará que los liberales exageramos, porque ya no se recomienda el comunismo, sólo faltaba, sino la socialdemocracia, el intervencionismo moderno, para que “la desigualdad se mueva dentro de unos límites razonables”. Por supuesto, “razonables” no es definido nunca, porque es indefinible.

Dice Sancho Panza: “Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se atenía”. Según Daniel Johnson, fue el primer uso literario de la frase haves and have-nots. Como se ve, las falacias antiliberales son antiguas y gozan de buena salud. Terminemos recordando la sabiduría liberal de Tocqueville, que a propósito del tema que nos ha ocupado en este ensayo escribió: “Por un depravado apetito de igualdad preferimos la igualdad en la servidumbre antes que la desigualdad en la libertad”.

Lecturas seleccionadas

Alberto F. Alesina y George-Marios Angeletos 2005. Fairness and Redistribution: US versus Europe, American Economic Review, Vol. 95, Nº 4, septiembre, 960-980.

Robert Arnott, William Bernstein y Lillian Wu 2015. The Myth of Dynastic Wealth: The Rich Get Poorer, Cato Journal, Vol. 35, Nº 3, otoño, 447-485.

Nicholas Capaldi y Gordon Lloyd 2016. Liberty and Equality in Political Economy.  From Locke versus Rousseau to the Present, Cheltenham, UK y Northampton, Ma: Edward Elgar Publishing.

Julio Carabaña 2016. Ricos y pobres. La desigualdad económica en España, Madrid: Los Libros de La Catarata.

Edward Conard 2016. The Upside of Inequality. How Good Intentions Undermine the Middle Class, Nueva York: Portfolio/Penguin.

Adam Corlett 2016. Examining an elephant. Globalisation and the lower middle class of the rich world, Resolution Foundation, septiembre.

Jean-Philippe Delsol, Nicolas Lecaussin, y Emmanuel Martin 2017. Anti-Piketty. Capital for the 21st Century, Washington: Cato Institute.

Galbraith, James 2016. Desigualdad, Barcelona: Deusto.

Carlos Góeas 2016. Testing Piketty’s Hypothesis on the Drivers of Income Inequality: Evidence from Panel VARs with Heterogeneous Dynamics, IMF Working Paper 16/160.

Peter Lindert y Jeffrey G. Williamson 2016. Unequal gains: American growth and Inequality since 1700, Princeton: Princeton University Press.

Branko Milanovic 2012. Los que tienen y los que no tienen: una breve y singular historia de la desigualdad global, Madrid: Alianza Editorial.

Branko Milanovic 2012. Global Income Inequality by the Numbers: in History and Now. An Overview, The World Bank, noviembre.

Ignacio Moncada y Juan Ramón Rallo 2016. La desigualdad en España. Mitos y realidades, Madrid: Instituto Juan de Mariana.

Johan Norberg 2017. Progress, Londres: Oneworld Publications.

Thomas Piketty 2014. El Capital en el Siglo XXI, San Diego: Fondo de Cultura Economica.

Joseph E. Stiglitz 2015. La gran brecha. Qué hacer con las sociedades desiguales, Madrid: Taurus.

Don Watkins y Yaron Brook 2016. Equal is Unfair. America’s Misguided Fight Against Income Inequality, Nueva York: St. Martin’s Press.

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