Cómo fabricar a un delincuente

Recuerdo que mi padre nos decía muchas veces: «por los hijos hay que sacrificarse». Pero me temo que muchos padres de eso no se han enterado, y luego lamentan las consecuencias.

Cómo fabricar un delincuente

Pedro Trevijano Etcheverria

El pasado 29 de Julio, ABC publicaba en su portada la siguiente noticia: «La muerte de cuatro jóvenes en un accidente en el que el conductor consumió alcohol y drogas pone en cuestión el modelo de ocio nocturno: el 53 % de los fallecimientos tienen lugar entre las seis y las nueve de la mañana».

Cuando uno lee una noticia de este tipo, uno no puede por menos de pensar: algo no funciona en la educación que estamos dando a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Pero ¿el qué?

Desgraciadamente hay muchos de ellos que no logran tener una evolución adecuada y se convierten en personas inmaduras. Suelen ser signos de esto el desfase entre la edad cronológica y la edad mental, la falta de madurez intelectual, la inestabilidad emocional y afectiva, la escasa responsabilidad con falta de fuerza de voluntad y ausencia de claros criterios éticos, la mala percepción de la realidad, el rehuir el enfrentarse consigo mismo y la ausencia de un proyecto de vida que les hace vivir tan solo el momento presente sin visión del medio y largo plazo. Todo esto les lleva a ser volubles, ligeros, inconstantes, superficiales y carentes de espíritu crítico.

Además, a veces encontramos en la adolescencia perturbaciones muy graves, como cuando en la escuela una minoría de sujetos indisciplinados rechazan la educación en sí misma e intentan imponer la violencia con sus actitudes agresivas que impiden la convivencia y la buena marcha de la clase. Un conocido juez, don Emilio Calatayud, nos da esta fórmula para formar delincuentes: «Comience dando a su hijo todo lo que le pida, no le dé educación espiritual, ríase cuando diga palabrotas, no le regañe nunca y póngase de su parte en los conflictos con sus profesores». Esto se da con más frecuencia en hijos de familias desestructuradas, especialmente si son de casi imposible reinserción social o totalmente marginadas, pues los hijos necesitan no sólo que les quieran, sino también que los padres se quieran entre sí. La despreocupación de los padres por la educación de los hijos, el concebir la libertad como ausencia de limitaciones y prohibiciones, una educación errónea que da todo a los hijos con lo que pierden el sentido del esfuerzo y del trabajo, la ruptura de la vida familiar, el mismo cuestionamiento de la institución familiar, pero sobre todo la carencia de afecto y el vacío religioso y moral en que viven no pocos alumnos, son elementos que originan estas conductas y dificultan la acción escolar, sin olvidar las culpas propias de la escuela y de los planes de enseñanza.

Estos chavales desmotivados, sin una conveniente educación, son también los más propicios a buscar sensaciones fuertes como el transgredir normas y consumir drogas.

Pero a mí lo que me aterra no es sólo que nuestros chavales muchas veces sean así, sino el cómo se ha llegado a esto y lo nada que se hace para corregir esta situación, mientras en realidad lo que se intenta es agravarla. Muchos se han olvidado que el fin de la educación es enseñar a amar, mientras que lo que realmente se intenta es simplemente disfrutar de nuestros instintos, destruir la familia y las referencias educativas que ayuden a madurar a las personas.

Para empezar, nuestra Sociedad se siente muy orgullosa de prescindir de Dios. Incluso en las fiestas de Navidad, nuestra Sociedad procura que sean unas grandes fiestas, pero se desea que Jesucristo esté totalmente ausente, y si en la vida pública haces mención de Cristo o de los valores cristianos, te cae rápidamente el apodo de facha, y ante eso hay muchísima gente que, en vez de no arrugarse y confesarse abiertamente como cristianos, se deja intimidar y renuncia a sus valores, porque lo que verdaderamente le importa es no meterse en líos y poder pedir otra de gambas. Y así vemos como nuestros políticos, de los que a veces me pregunto si tienen hijos, votan por unanimidad con gran frecuencia la diabólica ideología de género con sus consecuencias de promiscuidad y hedonismo en grado sumo, lo que indudablemente no ayuda a tener fuerza de voluntad. Pero para qué voy yo, padre de familia, a ir a la Iglesia el domingo o rezar en casa, con lo aburrido que es el sacrificarse por los hijos.

Para reaccionar ante esto es necesario un renacimiento de la disciplina moral y espiritual y un esfuerzo resuelto y diligente por parte de los cristianos por comprender y defender la cultura cristiana. Recuerdo que mi padre nos decía muchas veces: «por los hijos hay que sacrificarse». Pero me temo que muchos padres de eso no se han enterado, y luego lamentan las consecuencias.

Más arriba hacía referencia al juez don Emilio Calatayud, que nos da las siguientes indicaciones sobre cómo fabricar un delincuente. Nos dice: «Comience dando a su hijo todo lo que le pida, no le dé educación espiritual, ríase cuando diga palabrotas, no le regañe nunca y póngase de su parte en los conflictos con sus profesores». Veámoslo:

Darle todo lo que nos pide

Es indudable que un niño necesita ser educado y que no podemos dejarle a su libre albedrío, sin enseñarle lo que está bien y lo que está mal, porque el niño es bueno y malo al mismo tiempo. No podemos dejarle hacer lo que le dé la gana. Todos sabemos que el niño es un ser profundamente egoísta y que reacciona, actúa y se comporta impulsado por las necesidades cercanas que ansía satisfacer; necesitando por ello nuestra ayuda para ser educado, especialmente en lo que se considera bueno y positivo, como los valores religiosos y morales, a los que es muy receptivo. Educar es ayudar a entender la vida. El proceso educativo supone una dependencia del niño respecto del adulto, especialmente de sus padres. La educación no es posible sin un control, sin unas normas, sin una dosis de sacrificio y esfuerzo, pues con frecuencia lo que vale la pena cuesta, pero para aceptar esto el niño necesita encontrar una acogida benévola que le permita confiar en sus padres y le llene de cariño y seguridad. Los padres han de informar a sus hijos acerca de los comportamientos que son deseables y prevenirles acerca de los que no lo son y, en su caso, reprenderles y castigarles, porque algo de disciplina siempre es necesario. Pero si se le acostumbra a que tenga todo, a que para él no haya reglas, estamos creando pequeños monstruos que van a dar de mayores muchos problemas y disgustos.

No le dé educación espiritual

Con mucha frecuencia me encuentro en el confesonario y fuera de él, con muchos abuelos que me dicen que han intentado educar a sus hijos en valores humanos y cristianos, pero que con frecuencia sus descendientes, aunque tienen valores humanos, no pisan la Iglesia. A mí esto me preocupa mucho, porque creo que al no dar importancia a los valores cristianos, es fácil que no sólo no transmitan los valores cristianos, sino que tampoco lo logren con los valores humanos, porque nuestra cultura surge de la confluencia de la espiritualidad judeocristiana, con la filosofía griega y el derecho romano. La ignorancia religiosa lleva consigo la ignorancia cultural, como se puede apreciar en la visita a cualquier Museo importante, como el del Prado, y es que no se puede entender Occidente sin la fe cristiana. Me temo que el vacío espiritual resultante de esa no educación dé origen a unas generaciones que ignoran el sentido de la vida y carezcan de esperanza, por lo que me temo que nuestras descendientes en dos o tres generaciones acaben llevando burka.

Ríase cuando dice palabrotas

Las palabrotas son evidentemente un signo de mala educación, pero la blasfemia, y en mi tierra se blasfema mucho, me parecen literalmente el colmo. A la hora de citar pecados estúpidos, creo que la blasfemia ganaría con ventaja el primer puesto. Me pregunto qué ganamos con insultar a nuestro Creador, con quien tenemos una deuda de gratitud, nos ama infinitamente y quiere que seamos felices eternamente. Pero nosotros le decimos con nuestros hechos que no queremos salvarnos y Dios respeta nuestra libertad. Dios no nos quiere esclavos, sino hijos.

No le regañe nunca 

En este punto recuerdo dos hechos contradictorios. En cierta ocasión vi como un niño involuntariamente a poco derriba a una persona mayor. La madre le hizo pedir excusas. Recuerdo que comentamos que esa madre había estado en su sitio. En cambio en otra ocasión en un bar un niño se puso a gritar estridentemente. Ante la pasividad e la madre le dijimos que hiciese callar al niño, a lo que contestó: «es sólo un niño». Nuestra réplica fue: «razón de más para educarlo».

Póngase de su parte en los conflictos con los profesores 

Cuando era niño y había un castigo por parte de un profesor, procurábamos que nuestros padres no se enterasen porque lo único que podía pasar era un aumento del castigo. Pero cuando he ejercido como profesor y he llamado a las madres de mis alumnos joyas, que era como llamaba para mis adentros a mis peores alumnos, más o menos la mitad de las veces me encontraba con madres normales preocupadas por sus hijos, pero la otra mitad de las veces, me encontraba ante unas madres ante las que no podía sino pensar: «con semejante madre, este chico que es así, es un santo». Y es que el problema muchas veces somos los adultos.

Pedro Trevijano

Pedro Trevijano Etcheverria

Sacerdote diocesano, doctor en Teología por el Alfonsiano de Roma

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