El mito del cambio climático y el Pensamiento Alicia

Daniel Miguel López Rodríguez

Un artículo ecológicamente incorrecto

«Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad». Paul Joseph Goebbels.

El mito del cambio climático y el mito de la naturaleza

Brueghel el Viejo, El triunfo de la muerte, 1562 (detalle)

El cambio climático no es más que la ideología aureolada de la Antiglobalización, la cual es muy útil para «contaminar» las conciencias. El Protocolo de Kioto{1} se presenta como progre y anticapitalista, pero yo diría que en el fondo (no sé si a posta) beneficia a las potencias capitalistas, y al capitalismo más depredador (y son algo así como los tontos útiles de «los malos»). A modo de hipótesis yo diría que el cambio climático, el mito del cambio climático y el Protocolo de Kioto, es una estrategia geopolítica para hacer que los países en vías de desarrollo no lleven ese desarrollo acabo. Países como China (que se presume como nuevo Imperio Universal o que lo será próximamente), Brasil, India, &c. Más o menos los que forman el BRIC (Brasil, Rusia, India y China){2}. Dicho de otro modo: bajo pretexto de un supuesto cambio climático, habría una especie de prevención de las potencias «democráticas» frente a los países del Tercer Mundo que quieren incorporarse al Primer Mundo, al confort industrial y tecnológico del «occidente democrático». Conrad Phillip Kottak me dio la pista: «los ecologistas del núcleo [se refiere a los de los países del Primer Mundo] predican cada vez más la moralidad medioambiental al resto del mundo. Esto no encaja muy bien en Brasil, cuya Amazonia es un foco de atención ecologista. Los brasileños se quejan de que las gentes del hemisferio norte hablan de necesidades globales y de salvar el Amazonas después de haber destruido sus propios bosques para el desarrollo económico del Primer Mundo. Akbar Ahmed (1992) encuentra que el mundo no occidental responde cínicamente a la moralidad ecológica occidental, a la que miran como otro mensaje imperialista. “Los chinos sonríen con disimulo ante la sugerencia occidental de que prescindan de la comodidad del frigorífico para salvar la capa de ozono” (Ahmed, 1992, p. 120) (…) Los grupos nativos podrían verse amenazados por planes medioambientales que buscan salvar sus territorios de origen. A veces, los foráneos esperan que la gente local abandone muchas de sus actividades económicas y culturales tradicionales sin sustitutos, alternativas, o incentivos claros con el fin de conservar especies en peligro. El tradicional enfoque para la conservación ha sido el de restringir el acceso a las áreas protegidas, contratar guardas de parques, y castigar a los transgresores»{3}.

Así como no caben dos soles en el cielo, no caben en la tierra oriente y occidente; oriente y occidente uno de los dos se tiene que someter. Pero, claro está, medio mundo no se resigna a morir. Pero no es medio mundo, ¡es muchísimo más de medio mundo! Más o menos el llamado «Primer Mundo» está compuesto por mil millones de habitantes, y el llamado «Tercer Mundo» lo habitan unos cinco mil millones{4}, y al parecer el 20% de la población mundial consume el 85% de los recursos naturales, lo cual quiere decir que el 80% de la población mundial sólo consume un 15% de los recursos naturales. A mi juicio el gran problema de la humanidad no es el cambio climático, sino el cambio demográfico, pues ya somos seis mil quinientos millones de humanos, y se espera que para 2050 seamos unos nueve mil millones. ¡Eso sí que es para echarse a temblar! ¡Eso es más peligroso incluso que las centrales nucleares! Si la humanidad de los seis mil es complicada y conflictiva, ¿qué será de la de los nueve mil? ¿Cómo se desarrollará entonces la dialéctica de Estados? En ese escenario cabe una Guerra Mundial… o dos. Eso es en lo que nos deberíamos de preocupar.

Esto del cambio climático es un timo: en invierno hace frío y en verano hace calor, como es natural. En los años ochenta nos bombardeaban constantemente con el agujero de la capa de ozono, que si no debíamos de usar fly para matar a las moscas y bla, bla, bla. Pues bien, resulta que una simple erupción de un volcán hace más daño a la capa de ozono que todos los mata moscas juntos y que todo los gases que desde la Revolución industrial los hombres han echado a la atmósfera. Luego los gases emitidos no producen efecto invernadero{5}, pues si así fuese eso hubiese sido así desde antes de la aparición del hombre en el planeta, luego el calentamiento global «no es de este mundo». Luego aquí podríamos hablar de el mito del efecto invernadero y del calentamiento global. ¡Y encima resulta que el agujero antártico de la capa de ozono está ya recuperado!

Yo creo que aquí hay un componente de mala fe, por parte de los ecologistas, porque ellos quieren que haya cambio climático, es decir, que el cambio climático no sea un mito, sino una realidad. En fin, desde que hace veinte años cayó la Unión Soviética la «izquierda» se ha quedado sin rumbo, sin una referencia, se ha quedado en el «Pensamiento Alicia», en la «Tolerancia», la «Solidaridad», los «Derechos humanos», el «pacifismo», es decir, en la ramplonería, en el infantilismo, en la majadería, en la estupidez, en babia; y además, por lo visto, quien no piense como ellos es difamado, despreciado, odiado, insultado, ultrajado y condenado, y además será tachado de «fascista» (y por ello, para no ser difamado, despreciado, odiado, insultado, ultrajado, condenado y no ser tachado de «fascista» hay que estar de acuerdo con sus majaderías e imposturas y tener un talante «democrático» y respetuoso con las opiniones de los demás). Ya lo dijo muy bien Platón, y tenía toda la razón cuando se refería a aquellos que habían salido de la caverna: «Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas… ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aún de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían, si encontraran manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?» (Platón, República, libro VII, 2; 517 a).

Ya no hay tras esa ideología de «izquierda» una filosofía fuerte como el materialismo histórico y dialéctico. Ahora lo que hay es krausismo y masonería, Pensamiento Alicia, ecologismo, «izquierda», «democracia», «libertad» y tonterías de esas. En el marxismo jamás hubo ecologismo{6}, pues el hombre era dueño y señor de la naturaleza, y, de acuerdo con Hegel, el hombre trasformaba la naturaleza con el trabajo porque con el trabajo se construye la civilización, se construye la cultura (eso sí, en la dialéctica del señor y el siervo en «la lucha por el reconocimiento»). La producción es la Idea-fuerza del marxismo. Nada de ecologismo y sandeces por el estilo. Luego esta caterva de estafadores climáticos no son marxistas, son tontos (aunque no sabemos si útiles o inútiles, ya se verá).

La expresión «cambio climático» es redundante, pues el clima siempre cambia, lo preocupante sería en todo caso una «parálisis climática», que no cambiase. Como señala José Manuel Rodríguez Pardo, «El clima ha cambiado desde la Prehistoria (glaciaciones) hasta la actualidad, pasando por la Edad Media, donde era tremendamente caluroso; tanto es así que los vikingos bautizaron a la gran isla cercana al Polo Norte como Groenlandia, “la tierra verde”, a pesar de encontrarse hoy día totalmente cubierta de hielo y nieve»{7}. Así pues, si se derriten los polos eso no incrementaría a un nivel descomunal el nivel del mar, como piensa el gran profeta de nuestro tiempo: Al Gore.

Los señores que hablan del cambio climático, los ecologistas fundamentalistas (cuya filosofía es, en su mayor parte, de tintes aliciescos, como vamos a comprobar), se basan en algo que no está en absoluto demostrado: «Por “cambio climático” se entiende un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos de tiempo comparables». Artículo 1, párrafo 2. A esto lo llaman «cambio climático antropogénico», que repercute en la «variabilidad natural del clima». Es decir, el hombre estaría acelerando el proceso natural de cambio climático. Luego aquí se está haciendo una distinción implícita, diríamos, entre cambio climático circular y cambio climático radial. El cambio climático circular sería lo que ellos llaman «cambio climático antropogénico», la repercusión del trabajo humano en la «naturaleza» a través de la contaminación. Dicho de otra forma: habría un cambio climático anantrópico (radial, natural) y un cambio climático de aceleración a causa de las relaciones tecnológicas que se dan en el eje circular, propiamente antrópico.

Hay que decir, en honor a la verdad, que gran parte de culpa (por no decir toda) la tienen los periodistas, los grandes ideólogos de nuestro tiempo. De todos los gremios los peores son los periodistas, y ellos son los grandes difusores (y también fundadores) de los mitos oscurantistas y confusionarios de nuestro presente político, social y cultural. Esos están incorporados absolutamente a todos los mitos: al mito de la cultura, al mito de la izquierda, al mito de la derecha, al mito de la felicidad, al mito de la Leyenda Negra, y por supuesto al mito de la naturaleza, al mito del cambio climático. Estos mitos se los han comido con patatas (y me refiero, por supuesto, a los periodistas progres, es decir, los malos).

Gran parte de culpa, como digo, del imponente protagonismo que está teniendo el mito del cambio climático (no presentado precisamente como mito, sino como «una realidad») la tienen los periodistas, pero tampoco se salvan los políticos y una gran cantidad de científicos (con los cuales se le da seriedad y prestigio al asunto). Tanta es la importancia que a esto se le atribuye que el primer ministro danés, Lars Loekke Rasmussen, dijo que la cumbre de Copenhague, celebrada el pasado 18 de diciembre del 2009 (una especie de «concilio climático»), es una «oportunidad que el mundo no puede darse el lujo de desperdiciar». Como si la vida del planeta se decidiese en dicha cumbre, es decir, como si la naturaleza entera fuese cómplice de las conclusiones científicas de los cientificistas fundamentalistas; pues el ecologismo es una especie de fundamentalismo anclado en el mito de la naturaleza, pues se pone a la naturaleza como madre que envuelve a todos los seres, como sustancia que arropa en su seno a todas las especies. Suele verse a la naturaleza, desde una óptica totalmente metafísica y mitológica, como una especie de entidad unitaria dotada de un designio. La Naturaleza, vista así, es perfecta, maravillosa e incluso en el panteísmo será vista como divina (no es ese el caso del cristianismo, porque Dios la creó desde la nada). La Naturaleza será vista como la misma sabiduría («la Naturaleza es sabia», dice el refrán). La Idea de Naturaleza es una Idea occidental, del «área de difusión griega». La Naturaleza era la Physis de los presocráticos, cuya máxima expresión cristalizó en Aristóteles (ya que en el sistema del Estagirita se presenta como eterna, es decir, no sometida a generación y corrupción). La Idea de Naturaleza está anclada, pues, en una especie de monismo (tanto del orden como de la sustancia). Y ya sabemos los peligros del monismo aplicado en el terreno político (o geopolígico, en este caso). Una de las causas de la caída de la Unión Soviética fue precisamente por el monismo.

Pero nadie sabe lo que es la naturaleza. La naturaleza es el eje radial, el eje impersonal, el eje que no se comunica con los hombres. La naturaleza no es una «madre», eso es un mito, un mito oscurantista, confusionario e infantil.

El Pensamiento Zapatero y la razón mitológica ecologista: lo que el viento se llevó (lo que el viento no se llevó fue a ZP)

El presidente de España (o del «Gobierno de España»), José Luis Rodríguez Zapatero, afirmó el pasado 18 de diciembre del 2009, en la citada Cumbre de Copenhague por el cambio climático, que «Si estamos aquí, es porque hemos asumido una conclusión científica: estamos elevando la temperatura del planeta de forma peligrosa para la pervivencia de la humanidad». Lo primero que habría que decirle al presidente es que la mayoría de los ecólogos no son ecologistas, es decir, no caen en el fundamentalismo de los ecolog-ismos. Así pues, la creencia de José Luis Rodríguez Zapatero (alias ZP) es dogmática y acrítica, y por tanto fundamentalistas. Es más, ¿cuál es su Idea de ciencia? ¿Y cuál es su Idea de Humanidad? ¡Ah, ya lo sabemos: la Alianza de las Civilizaciones! Según ZP, el cambio climático es evidente, y sus consecuencias son catastróficas (es decir, escatológicas{8}). «Una nueva era energética ha de nacer en nuestro tiempo, tras la del carbón y la del petróleo». ZP advierte a la humanidad que: «Debemos alcanzar un acuerdo en Copenhague. Los países desarrollados debemos reducir emisiones y financiar los esfuerzos de los países en desarrollo y los más pobres. Ni Estado Unidos ni China pueden fallar en esta cita histórica. No pueden eludir su responsabilidad ante el mundo, la que ha contraído la Unión Europea». Y añade catastróficamente: «Si fracasamos en Copenhague todos perdemos». Como si en Copenhague estuviese en juego el destino de la humanidad. «Seamos leales con nuestros pueblos, con nuestros compatriotas, tenemos que lograr unir el mundo para salvar la Tierra, ¡nuestra tierra! En la que viven pobres, demasiados pobres, y ricos, demasiados ricos. Pero la Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento. Muchas gracias». La que tú me haces, porque esto da vergüenza ajena. El pensamiento de Zapatero («Pensamiento Zapatero») vuelve a ser simplista y masónico hasta la médula (o hasta las cejas): ricos y pobres, buenos y malos, tontos y listos, derecha e izquierda. ZP no sale del maniqueísmo metafísico aliciesco que le caracteriza (para mal de los españoles). Que «la Tierra pertenece al viento» es un buen ejemplar de pensamiento Alicia, marca de la casa; así como ese zapateril (Pensamiento aliciesco Zapatero) «tenemos que lograr unir al mundo», quizá aludiendo a su propuesta majadera de la Alianza de las Civilizaciones{9}, la cual tiene todos los componentes de cuento de hadas: «Erase una vez la Alianza de las Civilizaciones…». ZP descarga delante de 100 jefes de Estados su ingenua filosofía: sus estupideces aliciescas y recalcitrantes. «La Tierra pertenece al viento» ¡Valiente mamarrachada! ¡Valiente cursilería! ¡Váyase a tomar viento, señor Zapatero! Y encima esta mamarrachada no es siquiera ni original. Resulta que es la misma frase que dijo un jipi de los años 70 haciéndolas pasar a su vez por las de un indio, el Jefe de Seattle, de la tribu de los Suwamish, el cual, según la impostura del jipi, envió al presidente de los EE UU Franklin Pierce una carta en 1854 diciendo: «La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento». Así pues, tenemos una impostura basada en una impostura; y es que ZP es doblemente impostor.

Al parecer, las dos grandes potencias que se disputan la actual guerra fría (aunque ahora no lo llamen así, y se hable del contexto de la «globalización», de la que hablaremos luego), EEUU y China, no pueden soslayar el tema del cambio climático, y tiene que hacer caso a las propuestas de los ecologistas pseudocientíficos. Por eso dijo Zapatero: «Ni Estado Unidos ni China pueden fallar y eludir su responsabilidad ante el mundo». Y es que ZP tiene una fe ciega en los ecologistas ilustrados: «Mi mayor respeto a los que se han movilizado por el clima. Tenían razón». ¿Cuál es la Idea de razón de ZP? ¿Y la de los ecologistas? Además el respeto, al que alude ZP, consiste, como bien sabemos, en demostrarle al prójimo de que está profundamente equivocado. Pero continúa nuestro ZP: «Si estamos aquí es porque lo queremos». Sí claro, porque queréis… porque queréis engañar a la gente y acaso «contaminar» las conciencias. Y luego salta con el fundamentalismo democrático primario, como si la democracia fuese el fin de la historia y la panacea y redentora de la humanidad: «Hay que democratizar la capacidad de producir tecnología. Los ciudadanos y comunidades de vecinos podrán producir energía. Esto cambiará el mundo». Oh, las ocurrencias de ZP cambiarán el mundo… ¡es para echarse a temblar! «España pone 375 millones de euros hasta 2012 para los fondos de adaptación y mitigación» y, para más inri, «somos el país que más ha incrementado la ayuda para el desarrollo». Bien, estas son las cosas de Zapatero: el Caudillo del Pensamiento Alicia en España, para vergüenza de la nación.

Un pensamiento, dicho sea de paso, que no es ni siquiera utópico, pues el pensamiento utópico tiene en cuenta las dificultades que el mundo real conlleva para llegar a la utopía que se propone (o incluso se es plenamente consciente de que hallar dicha utopía en el mundo material es absolutamente imposible). El pensamiento Alicia es un pensamiento irreal (como el utópico), pero, al contrario que el utópico, no ofrece ningún indicio sobre la lejanía de sus aspiraciones y las da por supuestas. «Simplemente se nos introduce en ese mundo irreal sin medir las distancias que guarda con el mundo real nuestro; se nos presenta un mundo visitable y visitado de hecho por los hombres, a la manera como Alicia visitaba, según Carroll, el País de las Maravillas. Es a este tipo de pensamiento al que llamamos “Pensamiento Alicia”. (…) Lo característico del “Pensamiento Alicia” es precisamente la borrosidad de las referencias internas del mundo que describe y la ausencia de distancia entre ese mundo irreal y el nuestro. (…) Simplemente se nos pone delante de este mundo maravilloso como algo que ya puede considerarse como dado, porque acaso sólo es la codicia, la estupidez o la ignorancia de algunos hombres lo que nos separa de él» (Ibid). Un pensamiento que, por lo demás, llama «personas» a los grandes simios, «matrimonio» a las parejas homosexuales, «fascistas» a los que ganaron la Guerra Civil y «Alianza de las Civilizaciones» a la diplomacia internacional.

Desafortunadamente el Pensamiento Alicia y los ortogramas aliciescos no se agotan en Zapatero y su equipo de gobierno, y es un pensamiento muy difundido, sobre todo en los grupos ecologistas. También, al parecer, el presidente Obama se está incorporando al Pensamiento Alicia, muy en concreto en el Pensamiento Zapatero{10}. Y digo desafortunadamente porque el Pensamiento Alicia se vuelve un pensamiento de «mala fe» cuando va dirigido a ortogramas políticos con planes y programas que repercuten en la sociedad y a nivel mundial. Por eso nos advierte Bueno: «Lo que en el terreno literario puede dar lugar a resultados agradables e inofensivos, el Pensamiento Alicia aplicado a asuntos de política y economía reales puede ser sumamente peligroso y ofensivo (…) Lo que el Pensamiento Alicia puede tener de interesante en el terreno literario lo tiene de vergonzoso cuando se aplica a la política y a la cultura como lo hace el Pensamiento Zapatero» (ibid.). Pero como digo, el Pensamiento Alicia trasciende los cráneos de los actuales inquilinos de la Moncloa. Veamos algunos ejemplos, ejemplos que están inmersos en el contexto del mito del cambio climático que aquí nos convoca.

350: el número que, al parecer, salvará al planeta

En marzo del 2008 James Hansen, investigador de la NASA, junto a ocho compañeros dejaron boquiabierta a la comunidad científica cuando dieron a conocer un estudio en el que afirmaban que la concentración de CO2 que había en la atmósfera hace 20 años ya sobrepasaba el límite de seguridad{11}. Las emisiones de CO2 se deben a los combustibles fósiles; pero el petróleo es la condición necesario (de momento) para que una sociedad como la nuestra funcione (pese a quien le pese y pese a la sangre que se derrame por él). Y eso está más allá del bien y del mal (lo digo para superar cualquier pretensión maniquea de dualismo metafísico, pues nuestro contexto es dialéctico, polémico, esto es, filosófico y materialista).

El informe de James Hansen y demás fundamentalistas ecologistas cientificistas reza: «La tarea es hercúlea, pero posiblemente cuando se compara con los esfuerzos hechos en la Segunda Guerra Mundial. Si la humanidad [desconozco a esa señora] quiere preservar un planeta similar a aquél en el que la civilización se ha desarrollado, las evidencias paleoclimáticas y el cambio climático en curso sugieren que el CO2 debe pasar de los actuales 385 ppm (partes por millón) a un máximo de 350 ppm”. 350 es el número, como dice el título del artículo, que salvará al planeta, es un número soteorológico, «el número mágico», como se dice más adelante en el mismo artículo. Estos señores hablan del planeta como si lo tuviesen en la palma de la mano y de la humanidad como si la estuviesen tocando con los dedos; hablan con una facilidad de las cosas más complicadas que es asombroso. ¡Lo que es de bochorno!

El pasado 24 de octubre se llevó a cabo una «poderosa campaña civil, con el 350 como eslogan»{12}; fue por lo visto en todo el mundo. Ese día quedó bautizado como «Día de Acción Climática» (recuerda un poco al «Día de Acción de Gracia»). El Día consistía en realizar un número considerable a actos para advertir a la humanidad (esa enigmática señora) de que no debe de superar la emisión de 350 ppm, el «límite de seguridad».

En la revista (dentro del artículo) se le hace una entrevista al ambientalista Bill McKibben, organizador del movimiento «350.org»; aquí el ambientalista «augura -reza el enunciado de la entrevista- una vida más local sin combustible fósil barato». Esto es la nostalgia de la barbarie o poco menos, la nostalgia de la barbarie de la antiglobalización aureolear, los cuales, a mi juicio, son peores que los de la «globalización turbocapitalista» de la que habla Luttwak. «Uno de los mejores científicos de la NASA –dice McKibben–, Jim Hansen, y su equipo publicaron un documento que muestra que 350 partes por millón es la cantidad de dióxido de carbono que podría haber en la atmósfera si se desea mantener un planeta como aquél en el que se desarrolló la civilización y se adaptó la vida en la Tierra. Esto significa que debemos reducir las emisiones de carbono rápido y en este momento, no en el futuro, como preferirían los políticos. Así se creó 350.org; para difundir este número en todo el mundo». Esta reducción de la emisión de carbono va en contra de nuestro bienestar, y sencillamente no creo que la mayor parte de la población esté por la labor (y sólo por unos grados menos de calor). McKibben pronostica (o profetiza, no sé yo) que la globalización no tiene futuro: «Creo que la vida en el futuro será más local y menos global. Los combustibles fósiles baratos son los que han permitido la globalización creciente. En adelante, no obtendremos nuestros tomates a una distancia de 5.000 kilómetros, aunque sí tendremos internet para intercambiar ideas». ¿Está pidiendo el señor McKibben que suba el precio de la gasolina? Creo que lo de los tomates lo dice el señor McKibben porque tiene el estómago lleno, y así, claro está, es muy fácil hablar. Muy romántico eso de internet para «intercambiar ideas». Esa supuesta localización supondría la liquidación de los imperios universales (o de las «plataforma continentales»), en concreto del Imperio Universal realmente existente: los Estados Unidos de América, y eso no sucederá sin que se rompa un solo crista. En la siguiente respuesta el señor McKibben corrobora que hay que subir por las nubes el precio de la gasolina: «Si se consigue un acuerdo global contra el cambio climático [la solidaridad de la mística humanidad contra el cambio climático que ella misma ha creado], uno de los efectos será elevar el precio de los combustibles fósiles y, entonces, será mucho más fácil volver a localizarnuestra economía [¿vuelta a la barbarie?], porque, a partir de ese momento, la gente comprará productos locales, que son mejores y más baratos. Estas dos batallas van unidas, la clave están en poner un precio al carbono que refleje el daño real que los científicos saben que está haciendo a nuestro medio ambiente». Nuestro ambientalista parece que propone el fin del Estado del Bienestar. Después el periodista tiene la osadía de preguntar: «¿Qué es lo más importante que cada uno de nosotros puede hacer para detener el calentamiento global?». Dando por supuesto ese «calentamiento global”{13}. A lo que McKibben responde: «La participación política es lo más importante en estos momentos. Estamos más allá del punto en que podemos detener el calentamiento global a tiempo y tenemos que organizarnos para obtener un acuerdo global de gran alcance en Copenhague [se refiere a la famosa cumbre que tuvo lugar el pasado 18 de diciembre del 2009, donde un político español dijo que la Tierra no pertenece a nadie, salvo del viento]. Ésa es la razón por la que estamos trabajando tan duro en 350.org. Ningún país puede hacer mucho por sí sólo, pero sí tendremos una oportunidad si trabajamos juntos». ¿Se refiere a un trabajo llevado a cabo por el consenso de la humanidad entera y no por la labor de algunos Estados asociados? ¿No recuerda todo esto a la aliciesca Alianza de las Civilizaciones que propone el político del viento? En la página web de 350.org, por lo visto «una de las más visitadas del mundo en la actualidad», podemos leer ese pensamiento Alicia de Alianza de Civilizaciones o algo por el estilo, refiriéndose a las fotografías del emblema del 350 ppm del pasado 24 de octubre del 2009: «Esta cascada de fotografías hará que el cambio climático se establezca en el debate público y que nuestros líderes sean responsables ante los ciudadanos unidos de todo el mundo». ¿Ciudadanos unidos de todo el mundo? ¡Pero qué barbaridad! Es como si parafraseasen a Marx y dijesen: «Ciudadanos de todo el mundo, uníos». ¿Contra quién? Contra el cambio climático (por lo menos ya no son los extraterrestres). Es una cosa…

El holandés Yvo de Boer, responsable de la ONU para el tratado post-Kioto –informa Integral–, afirma que si no se llega a un acuerdo (a otra Alianza de las Civilizaciones o cosa así, dado también el espíritu aliciesco que se respira en la ONU) con el asunto del cambio climático en la cumbre de Copenhague (el concilio climático o la cumbre del viento, donde más que quizá las palabras de los grandes líderes se las lleve el viento) las futuras generaciones tendrán un mundo «extremadamente turbulento e inestable»; como si el mundo no fuese ya y no hubiese sido antes «turbulento e inestable».

Juan Verde, asesor de la Administración Obama (administración neoaliciesca) en temas energéticos (y supongo que otras imposturas involucradas) afirma que «La inmensa mayoría de la comunidad científica [¿en realidad existe algo así como una «comunidad científica»?] coincide en que Copenhague es la última oportunidad de enfrentar la crisis del cambio climático, pero en esta ocasión, Estados Unidos va a liderar a los países que quieren ponerse manos a la obra». Y es que Obama es algo así como el nuevo Mesías{14} o ¡qué sé yo! Su nombre: Barack Hussein Obama, significa algo así como «Bendito Bueno el torcido», según nos informa el «sabio» don Enrique de Vicente; Barack en árabe es «bendito», Hussein, el nombre de uno de los nietos de Mahoma, significa «bueno», y Obama, del dialecto africano de su abuelo se traduce como «el torcido» (un nombre por tanto ambiguo). «Su mandato durará hasta un mes después de la fecha profética que marca el calendario sagrado maya [¿tendrá algo que ver la profecía maya con el cambio climático?]. Resulta esencial lo que haga Obama durante estos cuatro años. Pero eso no significa que nuestro futuro esté en sus manos. “Nosotros, el pueblo” –palabras que destacó en su discurso y con las que empieza la Declaración de Independencia- somos los responsables de nuestro destino y del planeta en que vivimos»{15}. De momento no sabemos si el mandato de Obama será bendito, bueno o torcido, lo que sí sabemos, y es preocupante, es que su filosofía es muy similar a la del Pensamiento Alicia, luego Obama debe de enderezar y reformar su entendimiento, pues da la sensación de que lo tiene torcido, aliciescamente torcido.

Dice Rafael Carrasco, escritor del artículo de Integral: «Las evidencias científicas son ya apabullantes y cada vez son más los líderes e instituciones que reconocen la gravedad de la situación y la necesidad de medidas drásticas sin más pérdida de tiempo». Aquí lo del cambio climático se da por evidente, por científico y además apabullantemente; ¿cabe mayor dogmatismo? ¡Cómo se puede tomar medidas drásticas sin pruebas! Poco más adelante cita Carrasco a Stavros Dimas, comisario de Medio Ambiente: «Esta es [refiriéndose a la cumbre de Copenhague] casi seguramente [dice casi, no seguro] la última oportunidad de mantener el clima bajo control [¿cómo se puede tener el clima bajo control?] antes de que traspase el punto de no retorno».

La Comisión Europea propone a las naciones industrializadas que recorten antes del año 2020 sus emisiones de gases a un 30%, cosa que atentaría contra el bienestar y el confort de las personas que viven en esas naciones industrializadas. Como dice el mismo Stavros Dimas: «Es imprescindible asegurar un resultado ambicioso en Copenhague que deje la puerta abierta para un nivel de estabilización más bajo». ¡Vamos, que esto es nuestra ruina!

Según Juan Verde, «estamos ante una revolución verde sin marcha atrás; la tercera revolución económica después de la revolución industrial del XIX (…) Estados Unidos ha sido el principal problema de Kioto [quizá por culpa del «demonio»], pero el año 2009 ha cambiado totalmente esto [gracias a Dios]. El nuevo presidente lidera ahora a su sociedad y a los demás gobiernos en la lucha contra el cambio climático. Obama habla de “crisis perfecta” cuando se refiere a esta situación de crisis económica y crisis climática que supone grandes oportunidades». Otra vez se perfila a Obama como salvador… salvador de quién, de qué y para qué. La administración Obama (la administración salvadora) ha hecho el mayor gasto público (por no llamarlo despilfarro) de la historia de EEUU al colocar un nuevo e innovador modelo energético que hará que EEUU pase de gastar un 7% de energía renovable en 2009 a un 51% en 2050. En el futuro se verá la «salvación» obaminiana.

Vandana Shiva: entre el ecofeminismo y el fundamentalismo democrático

Otra que tal baila es la «ecofeminista»{16} (¡eso sí que es para echarse a temblar!) india (al parecer científica y filósofa) Vandana Shiva{17} y su último libro Manifiesto para un democracia de la Tierra. Justicia, sostenibilidad y paz (Paidós Estado y Sociedad 144, 2006). Pero, ¿tiene algún sentido la expresión «democracia de la Tierra»? ¿Y cómo puede convertirse esta democracia de la Tierra en la alternativa al capitalismo? ¿No suena eso poco serio? En dicha obra la filósofa (y científica, no lo olvidemos) propone una evolución que parte de la actual agonizante democracia («democracia agonizante») hacia una escatológica (dado su carácter soteorológico) «democracia viva», ya que la autora suspira por una aureoleada «justicia global»; como si la actual democracia realmente existente fuese una «democracia muerta». Dice nuestra filósofa (por lo visto una de las ecologistas con mayor renombre mundial): «La democracia que tenemos está muerta en cuanto que no responde ya a los deseo de la gente». Pero, ¿a qué democracia se refiere Vandana Shiva? ¿A una democracia popular de régimen comunista en el que existe un solo partido, estando los demás en la cárcel? ¿A una democracia liberal de mercado pletórico de bienes y servicios en la que compiten diversos partidos por perseverar en el ser del parlamento y «representar» a los ciudadanos libres e iguales para comprar y vender en el mercado pletórico de bienes y servicios? ¿A una democracia orgánica? ¿A una democracia corporativista? ¿A una democracia coronada? ¿O quizá a una democracia republicana? ¿Es esa democracia representativa o participativa? ¿Se refiere a la democracia formal o material? ¿Está hablando de la democracia española o tal vez de la francesa, la norteamericana o la inglesa? ¿Acaso Vandana Shiva se considera una «demócrata a secas» y da por supuesta la existencia de tal democracia, la cual existe flotando entre los pueblos como una pura sustancia? ¿Y desde qué punto de vista habla de democracia, desde el momento tecnológico o desde el momento nematológico? Cierto y verdad que en muchos aspectos, sobre todo en lo filosófico, la democracia española, por poner un ejemplo, democracia liberal de libre mercado de bienes y servicio representativa y coronada, está podrida hasta la médula, pero no está muerta ni corrompida, simplemente hiede. ¿Y a qué «gente» se refiere nuestra científica? Eso de la «gente» suena a la metafísica pseudo-idea del «pueblo». ¿Sabe alguien qué es eso del pueblo? Una democracia viva –dice Shiva– «es aquella en la que las personas pueden tomar decisiones sobre sus vidas, pero además, es aquella que tiene en cuenta a las demás especies, no sólo a los humanos. Todos somos ciudadanos de la Tierra, esa es nuestra principal identidad, y como tales, debemos protegerla». Para Shiva ser demócrata, básicamente, es ser ecologista (o ecofeminista, que es peor). ¿Tiene sentido la expresión «ciudadanos de la Tierra»? ¿No habría que hablar, para ser rigurosos, de ciudadanos españoles, ciudadanos franceses, ciudadanos indios, &c.? Shiva habla desde un humanismo ininteligible, absurdo y acrítico. Esto de la «democracia viva», para más inri, no es asunto de los políticos: «no podemos dejarlo en manos de los líderes mundiales sino de nosotros: la gente común». ¿Pero qué diablos es eso de «la gente común»? ¿Quién es esa gente? ¿Quién y qué representa esa gente? La gente común es una expresión, en este caso, oscura, confusa y metafísica en el peor sentido de la palabra (absurda a más no poder), es como el «Pueblo de Dios» o como el volkgeist que trajo el mito de la cultura en las tierras alemanas una vez que se puso en crisis la existencia del Espíritu Santo, y que, a su modo, puso en marcha la propaganda nazi con el mito de la raza aria, cuyas terribles y repugnantes consecuencias todos conocemos.

Y, ¡cómo no!, nuestra gran sabia no puede dejar de citar al gran hombre: Barack Hussein Obama, el glorioso salvador del mundo que destronó al «demonio» del Imperio realmente existente. Cuando la periodista Laura Hurtado le pregunta si es posible que la gente (ese confuso y metafísico galimatías) pueda replantear su vida, Shiva responde: «Basta con ver a los jóvenes que votaron a favor de Obama. Todos iban a las mismas escuelas, recibían los mismos mensajes, y aun así hicieron un salto de conciencia». Ahora resulta que votar a Obama es hacer «un salto de conciencia», ¡qué delirio! Votar a Obama es votar al Pensamiento Alicia norteamericano, esto es, hacer un salto de conciencia aliciesco. Y además, ¿qué es eso de la conciencia?

Según Shiva, «El problema es la convergencia del poder patriarcal y el capitalismo». Yo cada día estoy más convencido de que lo peor del capitalismo es el anticapitalismo, pues con esta oposición aliciesca, izquierdista fundamentalista, pánfila, «solidaria», «tolerante» y «dialogante», y por supuesto fanática hasta las trancas, el capitalismo no tiene una alternativa seria (a no ser, y es mucho pedir, que se forje un Imperio Hispánico con la filosofía del materialismo filosófico, cosa que no creo…). Shiva continúa con sus reivindicaciones feministas: «la liberación de las mujeres es necesaria para el futuro de la vida en el planeta. El feminismo ha sido definido como un mero asunto de igualdad de género pero es más serio que eso, es un asunto de supervivencia humana». Mire usted, señora Shiva, que somos ya 6500 millones de sujetos operatorios humanos en este planeta que, por supuesto, se hará trizas (pero para entonces no quedará ni el polvo de nuestro huesos). Shiva se empeña con su feminismo (o ecofeminismo, para más inri) en salvar a la humanidad… soberbia empresa. Vemos que el Pensamiento Alicia, o algo similar, existe hasta en la India. No hay que olvidar que el presidente Zapatero se considera «feminista» (y supongo que también verá con buenos ojos el ecofeminismo, el cual será para arrodillarse). Yo lo que no entiendo es por qué está mal visto el machismo y no el feminismo, ¿no es eso una discriminación? ¿No debería de tomar medidas el Ministerio de Igualdad? (Esto es, el Ministerio de Simetría, Transitividad y Reflexividad que dirige Bibiana Aído, o Bibiano Aída, para que haya igualdad){18}.

Lo malo de estos movimientos (por llamarlos así) es que están presos de lo que Gustavo Bueno ha llamado «fundamentalismo democrático primario», una especie de democratismo ingenuo, pánfilo, optimista, y postulador de que la democracia el mejor de los gobiernos posibles: «Acaso la más señalada característica distintiva del “fundamentalismo democrático primario”, en cuanto ismo radical, es la consideración de la democracia como la única forma genuina entre otras alternativas o disyuntivas posibles de sociedad política (monarquía absoluta, aristocracia, oligarquía, autocracia…). Cualquier otro régimen político será considerado como una forma prehistórica (o bien, degenerada) de la auténtica sociedad política, a la manera como el fundamentalismo religioso considera a la religión de referencia como la única religión verdadera. El fundamentalismo, con su arrogancia, descalificará a cualquier otra forma de Estado no democrático, considerándolo como fascista, o dictatorial, o despótico o tiránico; y esto sin perjuicio del reconocimiento de las imperfecciones de las democracias realmente existentes, reconocimiento que no altera su juicio sobre el privilegio de la democracia, porque interpreta tales imperfecciones como déficits coyunturales que tienen, en todo caso, un remedio único: más democracia»{19}.

El decrecimiento y posdesarrollo de Serge Latouche: la filosofía espontánea de los científicos al servicio del mito del cambio climático y de la antiglobalización aureolear

Otro individuo, cuyas tesis hay que triturar, es el economista francés, profesor emérito de la Universidad París-Sud y fundador de la revista MAUSS, Serge Latouche, el cual fue Premio europeo Amalfi de sociología y ciencias sociales en 1998{20}. Las tesis de Latouche están inspiradas y son compartidas por el economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen. Latouche tiene un libro cuyo título es Decrecimiento y posdesarrollo. El pensamiento creativo contra la economía del absurdo (El viejo topo, 2009). En él se manifiesta «la red por el posdesarrollo», en un claro ejemplo de filosofía espontánea de científicos. El movimiento por el posdesarrollo, dice Latouche, nació en los años 60{21} (década que precisamente coincide con la edad de oro del capitalismo). Este movimiento pone en cuestión el llamado «desarrollo». Este movimiento se sitúa como crítica al capitalismo (luego el movimiento por el posdesarrollo se coloca como anticapitalista{22}) y quiere emanciparse del desarrollismo y del economicismo. Latouche distingue entre los que militan en el capitalismo desarrollista y la mundialización y los que piensan como él, que niegan la mundialización (lo cual hace que podemos agruparlo dentro de los movimientos antiglobalización).

«Después de la quiebra del socialismo real y del vergonzoso desplazamiento de la socialdemocracia hacia el social-liberalismo –dice Latouche–, pensamos que estos análisis son los únicos capaces de contribuir a una renovación del pensamiento y a la construcción de una verdadera sociedad alternativa a la sociedad de mercado». ¡Pues apañados vamos! ¿Cree de verdad Latouche que con esto puede implantarse un pensamiento (no especifica qué tipo de pensamiento, aunque supongo que se trata de un Pensamiento Alicia) alternativo al capitalismo realmente existente liderado por el Imperio USA? Es cierto que la socialdemocracia se ha desplazado vergonzosamente hacia el social-liberalismo (hacia una izquierda o derecha liberal), pero también se ha incorporado plenamente al Pensamiento Alicia, lo cual, a mi juicio, la hace más vergonzosa todavía.

El movimiento por el que suspira Latouche es, al parecer, simiclandestino; pero precisamente este es un bueno momento para sacarlo a la plena luz, sobre todo gracias al gran éxito que tuvo el coloquio de La ligne d’horizon{23} cuyo emblema es «Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo». ¡Y es que esto señores están por la soberbia labor del salvar al mundo! O más soberbio aún: ¡de rehacerlo!

«Frente a la mundialización, que no es más que el triunfo planetario del todo-mercado, debemos concebir y promover una sociedad en la que los valores económicos dejarán de ser centrales (o únicos)». Ya estamos otra vez en el plano metafísico del deber ser, en lo que debería ser y no debería ser, diciéndole al mundo lo que tiene que hacer (para, al parecer, rehacerlo). «Debemos renunciar a la loca carrera hacia el consumo cada vez mayor». Eso es muy fácil de decir con el estómago lleno. Y encima dice: «Esto es requerido no solamente por la necesidad de evitar la destrucción definitiva de las condiciones de vida sobre la tierra, sino también y sobre todo para sacar a la humanidad de la miseria psíquica y moral». Ya estamos otra vez con el catastrofismo propio de los ecologistas anticapitalistas fundamentalistas, que creen tener la solución para todos los problemas de la humanidad. ¿Acaso éstos que hablan de sacar a la humanidad de la miseria no están incluidos dentro de esa humanidad miserable? Valiente propósito… sacar a la humanidad de la miseria psíquica y moral… como si la sacásemos de un manicomio{24}. «Se trata de poner en el centro de la vida humana otras significaciones y otras razones de ser que la expansión de la producción y del consumo». ¿Y cómo? ¿A través del Síndrome de Pacifismo Fundamentalista y del ecologismo no menos fundamentalista? ¿Y qué diablos es eso del «centro de la vida humana»? Supongo que los padres y doctores de la Santa Madre Iglesia sabrán responder; o, ¡qué digo!, los padres y doctores de la Santa Madre Naturaleza (o quizá los padres y doctores de la Santa Madre Anticapitalista).

El desarrollo realmente existente, dice con énfasis Latouche, es lo que nunca quisimos ver. Pero, ¿quién es el sujeto? ¿La humanidad? Ya dije que no conozco a esa señora, ¡ni Latouche tampoco! ¡Nadie sabe qué diablos pasa con ella! Latouche define «al desarrollo realmente existente como una empresa dirigida a transformar en mercancía la relaciones de los hombres entre sí y con la naturaleza». Lo que Latouche estaría aquí criticando es un mercantilismo fundamentalista, el cual se inició con la colonización y continúa en nuestro presente con la «mundialización». Dicha «mundialización» es una operación militar y económica de conquista, luego esto, querámoslo o no, supone la guerra (y ya sabemos lo sensibles que son los pacifistas fundamentalistas y los ecologistas al fenómeno de la guerra: «¡No a la guerra!»). Y prosigue Latouche: «Es el desarrollo realmente existente, el que domina el planeta desde hace tres siglos, el que engendra la mayor parte de los problemas sociales y ambientales actuales: exclusión, superpoblación, contaminaciones diversas, &c.». Sí es verdad, ya lo dije al empezar el artículo, que la superpoblación es un problema, ¡y gordo!

El posdesarrollo, nos pinta Latouche, es lo mismo que el «poscapitalismo» y la «posmodernidad». Ya tuvo que saltar esa ininteligible idea: la idea (o pseudo-idea) de posmodernidad. También es ininteligible eso del poscapitalismo; ¿no era el comunismo, según Marx, Engels y Lenin, aquello que venía tras el capitalismo, una vez superadas las fases del esclavismo y el feudalismo? ¿No se está pintando aquí al «poscapitalismo», lo que viene después de la depredación desarrollista capitalista (suponemos que Latouche la clasificará despectivamente como fundamentalista) como el «fin del historia» (o de la prehistoria) en «el mejor de los mundos posibles»? Pero estas cosas, dice, Latouche, no son cosas de la imaginación ni de la política ficción, porque la inmensa mayoría de la población planetaria ven al desarrollo (al capitalismo, en una palabra) como una injuria y una injusticia. Así pues, según Latouche, el posdesarrollo ya es algo que se está esbozando, aunque sea incipientemente, y ello se comprueba por la inmensa diversidad que existe actualmente en nuestro entorno. «El posdesarrollo, en efecto, es necesariamente plural». Aquí se respira la filosofía del «pluralismo cultural» o «multiculturalismo», una filosofía pánfila y armonista, que afirma una existencia entre las culturas (lo que quiera que signifique esto) como si en éstas «hablando se entiende la gente». Pero Latouche no sólo se conforma con rehacer el mundo (que harto tiene con ello), sino en «reconstruir una nueva cultura». ¿Y en qué consiste esa nueva cultura? Es más, ¿qué entiende Latouche por cultura?

Latouche propone el decrecimiento «como uno de los objetivos globales urgentes e identificables hoy mismo y poner en marcha alternativas concretas localmente son perspectivas complementarias». El decrecimiento, afirma Latouche, nos salvará del cambio climático y de la humanidad miserable (como si dijese junto a Gandhi: «Necesitamos vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir»). El decrecimiento será el brazo ejecutor de la Justicia, el Señor de los ejércitos que dará a cada uno lo suyo; o, mejor, dicho el Señor sin los ejércitos (dada las altas dosis de pacifismo que aquí se respira) que, sin romper un solo cristal, acabará con la explotación biológica y social del planeta. Aun así, «El decrecimiento no es un inmovilismo conservador», reaccionario, dirían los progres, porque el bienestar, afirma Latouche, es concebido por los sabios (los pocos sabios que en el mundo han sido, Latouche uno de ellos) como «la satisfacción de una cantidad juiciosamente limitada de necesidades». Con menos gastos, piensa un optimista Latouche, puede igualmente alcanzarse el bienestar e incluso una vida festiva, como si se pudiese vivir mejor con menos. El decrecimiento es visto como una alternativa al desenfrenado ritmo de los intereses del capital (de los egoístas capitalistas que hasta matarían a su madre por dinero, los cuales son malvados y perniciosos no sólo para la humanidad sino también para la naturaleza, otra señora que desconozco), porque si un río se desbordase todos desearíamos que decrezca para que las aguas vuelva a su cauce y todo torne a la normalidad. Por todo esto el señor Latouche propone salir de la «economía de crecimiento» y entrar en una, escatológica diría yo, «sociedad del decrecimiento», donde todos los males serán extirpados y nuestra calidad de vida estará en estupendas condiciones (más económica y más ecológica: el Reino del Ecologismo en la Tierra, cuando los ecologistas fundamentalista lleguen al poder y hayan arrojado a los capitalistas al museo de la antigüedades, como decía Lenin, en una especie de secularización de la batalla final del juicio final, donde los satánicos, los capitalistas contaminadores, serán vencidos por los santos ecologistas que «heredarán la Tierra»). Como testimonio pongo las siguientes palabras del propio Latouche: «Reclamamos la belleza de las ciudades y de los paisajes, la pureza de las capas freáticas y el acceso al agua potable, la trasparencia de los ríos y la salud de los océanos. Exigimos un mejoramiento del aire que respiramos, del sabor de los alimentos que comemos». Mucho está pidiendo éste…Esto es el paraíso del Edén o poco menos. Pero la cosa es que la retahíla de disparates continúa: «Hay todavía muchísimos “progresos” concebibles en la lucha contra la invasión del ruido, para incrementar los espacios verdes, para preservar la fauna y la flora salvajes, para salvar el patrimonio natural y cultural de la humanidad, sin hablar de los “progresos” a lograr en la democracia». Siempre me ha chocado la expresión «patrimonio de la humanidad», ¿alguien sabría explicarme eso? Pero Latouche va más allá (como está yendo «más allá del desarrollo”) y encima habla de «patrimonio natural».

Latouche dice que los imperios al colonizar a los nativos y conquistar sus tierras (ya sea de manera generadora ya sea de manera depredadora, aunque supongo que Latouche mirará a todo imperio como depredador) perdieron su historia y ésta hay que restablecerla (¿pide acaso una «ley de memoria histórica»? ¿Va a juzgar el señor Latouche a la nación española por ser, en su tiempo, un Imperio generador?). Pero hay que decirle al señor Latouche que estos pueblos no tuvieron nunca historia, a lo mucho tuvieron antropología, precisamente estos pueblos empezaron a tener historia cuando fueron invadidos por los imperios y se incorporaron a la Historia Universal (para bien o para mal, eso es otra cuestión). Estos imperios, dice nuestro posdesarrollista, rompieron la «historia» de estos pueblos con su malévola y contaminadora maquinaria militar, política, económica y cultural. Aquí olemos a nostalgia de la barbarie en las palabras del señor Latouche. Por eso el posdesarrollo y el decrecimiento no deben de ser colonialista y paternalistas, deben de ser ecologista y humanista sin romper un solo cristal, cosa que me parece imposible porque no creo que los países ricos estén por la labor de decrecer. El posdesarrollo sólo es posible en la mentalidad «alumbrada» de los pensadores Alicia, es decir, sólo existe en la cabeza de dichos pensadores (aunque Latouche verá al posdesarrollo como un terminus ad quem: el posdesarrollo no existe, existirá).

Latouche piensa que es la economía la caja de pandora de las miserias de la humanidad miserable y es ella la que engendra todos nuestros problemas, por lo que el desarrollo y la economía (el desarrollismo y el economicismo) se presentan como problema y el posdesarrollo y el decrecimiento como soluciones. Así, Latouche propone «sobrevivir localmente» y aislarnos así del mercado mundial, de la miserable omni-mercantilización del mundo, la cual está destruyendo tanto a la humanidad como al planeta (¡y es que son malos estos capitalistas!): «El mercado mundializado con su competencia encarnizada y generalmente desleal no es el universo donde pueda o deba moverse la organización alternativa. Esta debe buscar una verdadera democracia asociativa para desembocar en una sociedad autónoma». Y es que no se puede hablar más en metafísica. ¿En qué consiste esa «organización alternativa» que es ni más ni menos que la alternativa al capitalismo realmente existente? ¿Qué es una «verdadera democracia»? ¿No se corresponde con la «democracia verdadera»? ¿Es la actual democracia una «falsa democracia» o una «democracia falsa»? ¿Qué diablos es la democracia? Algunos dirán: «Oh, muy fácil, es la voluntad del pueblo». Pero ¿no es esto definir lo oscuro por la más oscuro? ¿No es más oscuro, aún si cabe, el término «pueblo» que el término «democracia»? Como bien observa Gustavo Bueno, la «Tesis fundamental del fundamentalismo democrático primario es la que establece que la voluntad soberana del pueblo se manifiesta o se revela precisamente en la voluntad del Parlamento. Pero esta evidencia tiene mucho de ficción; una ficción, ante todo, porque la idea misma de la “voluntad del pueblo” o de la “voluntad general” es contradictoria con un sistema de partidos, sistema en el cual precisamente la unidad del pueblo se reconoce explícitamente partida o fracturada en relación con las leyes que se votan, según la regla de las mayorías»{25}. La democracia no es la voluntad del pueblo, sino más bien una partitocracia, una aristocracia de partidos. Es más, «la democracia supone dado un pueblo referencial o Nación histórica cuyos orígenes no son, en modo alguno, democráticos (salvo para las doctrinas metafísicas rusonianas del contrato social originario)» (ibid.).

He aquí los objetivos principales de la Red por el posdesarrollo que pone de relieve Latouche:

«1) concebir y promover resistencia y disidencia a la sociedad de crecimiento y desarrollo económico [habría que preguntarles: “¿de cuántas divisiones disponéis?];
2) trabajar para reforzar la coherencia teórica y práctica de iniciativas alternativas [con estas teorías es mejor no ser coherente];
3) poner en marcha verdaderas sociedades autónomas y de convivencia [¿cómo si quiera puede concebirse la idea (pseudo-idea) de «sociedad autónoma», la sociedad que se da a sí misma las leyes? Esto recuerda un poco a la utópica y ucrónica pseudo-idea anarquista de la autogestión];
4) luchar por la descolonización del imaginario economista dominante [otra vez: ¿de cuantas divisiones disponéis?].»

Un inciso tenemos que hacer sobre la utilización por parte de Latouche de la palabra «mundialización». Nos da la sensación de que el señor Latouche confunde globalización y mundialización, considerándolos como sinónimos, pero ni mucho menos es lo mismo. También nos da la sensación de que el señor Latouche ofrece una interpretación maniquea del fenómeno de la globalización (aunque en su vocabulario es «mundialización»). Es como si opusiese una única globalización frente a una única antiglobalización (o globalización alternativa al capitalismo): una de las dos globalizaciones ha de helarte el corazón. Es como si se colocase en una oposición que enfrentase a la globalización aliciesca contra la globalización no aliciescauna de las dos Alicias ha de helarte el corazón. Pero esta distinción entre Globalización y Antiglobalización{26} se mantiene en el terreno meramente ideológico (como si se opusiese maniqueamente una globalización de derechas frente a una globalización de izquierdas). Este esquema infantil, dualista, maniqueo y metafísico que postula que unos son los capitalistas, la burgueses y terratenientes, es decir, los ricos o «los malos» y otros son los socialistas (o comunistas) que van en pos de los obreros, de la gente humilde, es decir, de los pobres o «los buenos» debe de ser borrado si se quiere tener una interpretación del panorama mundial actual con un mínimo de rigor; pues el esquema infantil dualista es precisamente la caída en el Pensamiento Alicia: la interpretación más simplista e infantil de una historia.

Según lo que he leído de Latouche me da la sensación que es de esos típicos que consideran que el capitalismo es un cáncer que hay que liquidar (posdesarrollar, diría nuestro francés). El «cuadrilátero del mal» sería Estados Unidos, Canadá, Unión Europea, Japón. Estas potencias no están por la labor de perder sus respectivos Estados de Bienestar. Esta «plataforma» se ha conocido como «occidente democrático», pero ese frente no es ni mucho menos una «solidaridad» ingenua, sino que es una solidaridad frente a terceros (frente al «Tercer Mundo»). Pero no solamente el Tercer Mundo resiste y compite contra el Primer Mundo, también dentro de este último hay muchas tendencias que compiten dialécticamente por la hegemonía mundial, en un contexto geopolítico como es el de la globalización (e incluso países que conforman dicho frente en disputa civil y guerra civil). Pero esos movimientos, dentro del mismo occidente (o infiltrados en él) que se oponen al «turbocapitalismo» son de una tendencia, yo diría, de «izquierda indefinida», y de los tres tipos: divagante, extravagante y fundamentalista. Son grupos de ecologistas, sindicalistas, ONG, e incluso anarquistas indefinidos. Y todos ellos hablan de paz, de cultura, de solidaridad y tonterías de esas. Estos grupos no realizan sus asambleas en edificios, en sedes cerradas, como los grandes empresarios de la globalización capitalista, sino al aire libre, en sintonía con la «nostalgia de la barbarie» y la «solidaridad sin fronteras». Como hito queda el movimiento antiglobalización concentrado en 1999 en Seattle. No sé si estos grupos son peores que los del «fundamentalismo de mercado», pero sus posiciones filosóficas son tan triturables como las ideologías nebulosas del liberalismo o neoliberalismo del Imperio realmente existente: USA y aliados. En una palabra, y aunque se políticamente incorrecto decirlo, los movimientos antiglobalización estarían representados por lo que vulgarmente conocemos como progres. ¿Qué es progre y qué es ser progre? Los progres son esos típicos antifranquistas después de Franco, «antifranquista respectivos», que declaran a los cuatro vientos que son de «izquierda de toda la vida» (viven plena y llanamente en el mito de la izquierda, como la forma más plena de entender no sólo la política, sino la vida en general) pero no para definirse políticamente, sino para justificarse moralmente. Ser progre es ser bueno e ir de guay por la vida, ser un fundamentalista democrático primario y tener como filosofía el Pensamiento Alicia, aunque también hay progres (por cierto, muy cercanos a la masonería) que también están incorporados al Pensamiento Alicia, sólo que esta vez desde una plataforma de izquierda definida. Y me refiero, claro está, a la maldita socialdemocracia, la fiel aliada de la masonería. No obstante Felipe González Márquez tiene una fundación que lleva por nombre «Fundación del progreso global», y es que nos ha salido un progre global este Felipe. Felipe González junto a José Luis Cebrián están posicionados, a diferencia de ZP (fundamentalista democrático ingenuo, primario), en un fundamentalismo democrático miserable, cuando hablaban de Aznar como un fundamentalista democrático. E incluso han tenido la poca vergüenza de querer atribuirse la acuñación del término «fundamentalismo democrático», lo que es un gesto miserable.

Pues bien, los movimientos antiglobalización concentrados en Seattle son los progres de todas las naciones (parafraseando a Marx: «progres de todas las naciones, uníos»). Seattle fue una especie de «concilio progre», muy cercano a las pociones del Pensamiento Alicia. Podríamos decirlo perfectamente: José Luis Rodríguez Zapatero es un progre… pero no todos los progres coinciden con el Pensamiento Zapatero. Podríamos verlo, a modo de hipótesis, como si progre (o progresismo) fuese un género y el Pensamiento Alicia una especie. Todos los aliciescos son progres, pero no todos los progres son aliciescos. También cabría preguntase si el presidente de Estados Unidos, Barack Obama es un progre.

Pues bien, volviendo con el inciso que le prometimos al señor Latouche, decíamos que globalización y mundialización no es lo mismo. Latouche debe de ser de aquellos que piensan que «los términos mundialización y globalización son equiparables porque dicen lo mismo en esencia y porque sus diferencias no serían tanto reales (o conceptuales) cuanto verbales (“semánticas”, decían ya, en casos como éste, algunos procuradores en Cortes de hace treinta años y siguen diciendo hoy algunos diputados del Parlamento democrático)»{27}. «Globalización», en nuestro caso, no sería otra cosa sino un anglicismo que hacemos los españoles para referirnos a dicho fenómeno, el cual competiría con el término «mundialización». Es cierto que no hay dos términos que sean por completo sinónimos, pero cambiar globalización por mundialización es como cambiar oftalmólogo por oculista; pero en lo que a la esencia del significado se refiere la acuñación de uno u otro término es insignificante.

Tampoco se podría decir que si la globalización se refiere a la expansión de la economía capitalista sobre el globo terráqueo, la mundialización se refiere a la expansión política, religiosa y tecnológica, equivaliendo esto a «cosmopolitismo»; pero no podemos hipostasiar a las categorías económicas como si fuesen por un lado, y por otro lado hipostasiar las categorías políticas o tecnológicas, porque entre estas categorías existen múltiples intersecciones, y por tanto no cabe hablar de la economía como si ésta fuese independiente de la política, como si fuese posible una economía pura («libre mercado», «laissez faire», «más mercado, menos Estado» como rezan los eslóganes de la ideología del neoliberalismo).

¿Qué entendemos aquí por globalización? La Idea de Globalización es una Idea funcional, una idea muy vaga e incompleta (sincategoremática), «Constituirá el sentido generalísimo de la Idea, pero cuyos valores dependerán de los volares de la variable independiente y de los parámetros (…) La globalización la interpretamos ante todo como el proceso diamérico de unas partes que codeterminan a otras, y no como el proceso metamérico de un todo que determina a las partes»{28}. «La globalización es una operación o conjunto de operaciones, realizadas por un sujeto operatorio o por un grupo cooperativo de sujetos (teniendo en cuenta que cooperación no implica siempre armonía, sino conflicto entre los sujetos cooperantes). Y es una operación de totalización cuyo resultado es la construcción de un “globo”. Presuponemos, en esta caracterización, que las operaciones de las que hablamos son manuales (“quirúrgicas”) y, por tanto, se aplican a cuerpos, sin olvidar que los símbolos algebraicos o los mapas geográficos son también cuerpos que referimos a otros cuerpos; por consiguiente, que una totalización, en cuanto es resultado de operaciones “quirúrgicas” (manuales), ha de entenderse como construcción o configuración de un cuerpo a partir de partes suyas o de términos que una vez constituido el todo, puedan figurar retrospectivamente como partes» (ver nota 27). Un globo supone, por tanto, una esfera, un cuerpo esférico cuyo radio es finito y por tanto tiene contorno y dintorno, y un entorno con cuerpos esféricos o no esféricos, a los cuales dicho cuerpo esférico puede englobar o ser a su vez englobado por ellos. Es imposible un cuerpo esférico con un radio infinito (eso es un concepto geométrico límite, imposible de materializarse en el espacio-tiempo), porque su centro estaría en todas las partes y su circunferencia en ninguna. El globo (o cuerpo esférico) es compatible con multiplicidad de globos. Por eso no sólo hay que hablar de globalización, sino de globalizaciones, del múltiples tipos de globalizaciones que compiten entre sí: podríamos hablar de una globalización católica, de una globalización protestante, de una globalización musulmana, de una globalización capitalista, de una globalización comunista (en los tiempos de la Unión Soviética), &c. Estas tendencias luchan por implantar su modelo de globalización, luego vemos aquí una biocenosis entre los distintos modelos de globalización (y lo demás es música celestial o Alianza de Civilizaciones, es decir, Pensamiento Alicia). «La globalización dice, en resolución, multiplicidad de globalizaciones, y posibilidades muy variadas de relaciones (de asimilación, de conflicto, de intersección, &c.) entre ellas» (ibid.).

En la actualidad hay distintos tipos de globalizaciones que luchan por la hegemonía mundial, es decir, distintas «plataformas continentales» que compiten por ocupar un puesto que les permita abrir la boca para «asuntos que conciernen a la humanidad» (por decirlo con palabras de Thomas Mann). Y ahí tenemos al continente anglosajón, liderado por Estados Unidos (actual Imperio Universal realmente existente) y Gran Bretaña; al continente eslavo, en cuyo suelo existieron el imperio ruso y el imperio soviético junto a sus Estados satélites; al continente islámico, cuya esencia es la yihad, la guerra santa contra todo aquél que no sea musulmán y no crea en las imposturas de Mahoma; al continente asiático, cuyo primer motor es China, nación que está a punto de transformarse en primera potencia mundial económica en una especie de imperio centrípeto (no centrífugo, como el caso yanqui); y, por último, al continente hispánico, al que la Nación Española debería de mirar y olvidarse de la supuesta Unión Europea cuyo plan globalizador, esto es, como plataforma continental, se nos presenta imposible{29}.

Sin embargo, la Idea de Mundo (mundialización, que es aquí el caso) se presenta de un modo totalmente diferente. El mundo, salvo metafísicamente, no es una totalidad, no es una complexio omnium sustantiarum. El mundo sería un todo «gracias a Dios», pero como Dios es inexistente (ya que es lógicamente imposible{30}) el mundo no es un todo, y no es una totalidad por que el mundo es una multiplicidad que carece de contorno y entorno y no está, por tanto, clausurado ya que carece de límites (ya Einstein dijo que el mundo ere finito e ilimitado). Sería absurda la pregunta «¿dónde está el mundo?». Así pues, el mundo es una Idea (la cual estaría dentro de la triada metafísica: alma, mundo y Dios) dotada de unicidad y diremos como Mauthner que «sería una insolencia hablar de mundos, como si existiera más de uno». Luego «si un Mundo mayor envolviese al Mundo efectivo, lo refundiría en él formando un único Mundo. No cabe hablar pues de mundo de mundos como tampoco cabe hablar de nación de naciones [a pesar de que muchos políticos con cargos importantes se llenen la boca con semejante galimatías]» (ver nota 27).

Visto esto, «el globo es cerrado en sí mismo, mientras que el mundo desborda toda globalización. Por ello, si la globalización se aplica a las categorías económicas, la mundialización desbordará estas categorías y acogerá a otras diferentes, de carácter social, político, religioso, cultura, &c» (ibid.). Así las cosas, si para hablar de mundialización no hace falta dar parámetros (pues sólo hay un único mundo), para hablar de globalización hay que dar parámetros (globalización cristiana, musulmana, &c., o de las plataformas continentales que hemos hablado). Absurda por metafísica sería la idea de dar como parámetro de la globalización a la humanidad (y ya hemos dicho lo que pensamos de esa señora). «La globalización del género humano terrestre sobre la Tierra es una totalización operativa cuyo sujeto operatorio no puede ser el propio Género humano como totalidad, puesto que este Género humano es antes un resultado, a lo sumo, que un principio de la operación. Por consiguiente la globalización, y aun las globalizaciones máximas, han de correr a cargo de sujetos operatorios parciales. Pero el nombre que mejor conviene a estas partes orientadas a globalizar a la Humanidad de un modo real es el nombre de Imperio» (ibid.). Y ya sabemos la indignación que siente los pensadores Alicia, los ecologistas y los progres en general ante la palabra «Imperio». De modo que «una globalización, que tiene como radio un círculo máximo, por mucha capacidad englobante de otras que posea, siempre podrá ser englobada o intersectada por otras globalizaciones. Es decir, jamás podemos considerar que, tras una globalización máxima, habremos conseguido agotar la realidad y dar “fin a la historia”. Cualquier globalización podrá quedar siempre desbordada por otras globalizaciones o por otros procesos que ni siquiera lo son: cualquier globalización quedará siempre desbordada precisamente por la realidad misma del Mundo»(ibid.).

La Carta de la Tierra: una declaración que da grima y en la que se dan la mano todos los mitos oscuros y confusos a más no poder

Pero los que se llevan la palma son los de la Carta de la Tierra{31}, estos ya se pasan de castaño oscuro. Al parecer, se trata de una carta internacional donde se habla de la sostenibilidad de la sociedad mundial, de la «solidaridad», de la justicia, del diálogo (yo diría de corte habermasiano) y de la paz (como no especifica, supongo que evangélica) para el siglo XXI. Dicha carta fue lanzada al mundo en el año 2000 (con el objetivo de inaugurar el nuevo milenio{32}) por las organizaciones de la Asamblea General las Naciones Unidas{33}, y ha sido traducida a más de 30 idiomas, con una gran aceptación y difusión (como aceptado y difundido es el Pensamiento Alicia). En la Carta se plantean los retos a los que la humanidad tiene que enfrentarse en el nuevo siglo. La Carta puede resumirse en el siguiente postulado monista: «todos somos uno», y se suspira por una humanidad cuyo terminus ad quem sea la unidad, la verdadera universalidad. La dichosa carta, por lo visto, es una carta magna que intenta ser una ¡constitución del planeta! Para los señores que redactaron la carta todo está relacionado con todo: «Todos los problemas están relacionados: los ambientales, los sociales, los económicos, los políticos y los culturales, lo cual invita a promover soluciones que los tengan en cuenta conjuntamente»; y es así que se presenta como una «declaración solidaria» en la que no sólo prima la ecología, sino la «responsabilidad global». Pero claro, para que ello sea posible «El proceso requerirá un cambio de mentalidad y de corazón». Allí en el preámbulo leemos lindezas como éstas: «Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro. Para seguir adelante, debemos reconocer que en medio de la magnífica diversidad de culturas y formas de vida, somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común». ¿Tiene la humanidad que elegir su futuro? ¿Acaso la humanidad, lo que sea que signifique esto, posee las claves de su autodirección? Y además: «Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz». No se puede condensar en tan pocas palabras tanta cantidad de mitos y sarta de majaderías. Para empezar habría que decirle a los señores de la Carta de la Tierra que los derechos humanos no son universales (ni China ni la URSS y satélites ni algunos Estados islámicos, más de una cuarta de la población mundial, firmaron semejante panfleto, que son ni más ni menos que los derechos burgueses, los derechos de las potencias democráticas capitalistas vencedoras de la Segunda Guerra Mundial). Es más, dicha declaración está anclada en la ética, haciéndose políticamente impracticable. Como dice con rotundidad Gustavo Bueno, «La unidad del hombre que nos ofrece la Declaración de los Derechos Humanos –unidad que se logra suponiendo a hombres que no tienen religión, ni lengua, ni raza, ni sexo– es puramente metafísica, porque ese hombre abstracto no existe ni ha existido nunca. Es únicamente una abstracción llevada a efecto desde una civilización histórica determinada; es una idea posterior a la civilización, y no previa a ella. Pero sólo desde la idea de una civilización universal, “cosmopolita”, el hombre puede ser universal y no un mero primate más o menos evolucionado, o, como decían los antropólogos clásicos (Morgan, Tylor, Lubbock), un salvaje o un bárbaro»{34}.

También estos señores hablan de «paz», pero ¿de qué paz hablan los señores de la Carta? ¿De una paz ética? ¿Acaso de una paz evangélica? ¿Hablan de la paz americana? ¿O tal vez de la paz hispana? ¿Hablarán, acaso, de una paz musulmana fatal para nosotros? Supongo que los señores de la carta hablarán de una paz mundial, una paz terrestre, pero no existe tal paz, puesto que dicha paz es metafísica y da por supuesto una concepción infantil de la paz, una paz Alicia en el mundo de la Alianza de las Civilizaciones, que es el mejor de los mundos posibles, o el mundo más Alicia posible, donde el Género humano estará libre de «la maldición de la guerra», y eso es una idea aureolar que postula la Paz Perpetua y el Fin de la Historia (una de las metamorfosis de la Ciudad de Dios de San Agustín y otras imposturas análogas). Eso es una paz negativa (por inexistente), que simplemente pide el cese del fuego, del armisticio. Pero lo que existe es una paz positiva (realmente existente), la paz política y militarmente implantada, la paz que supone vencedores y vencidos, la paz que viene tras un conflicto bélico, la paz armada: la paz americana y capitalista en nuestro tiempo, o, en los tiempos del Imperio Católico realmente existente, la paz hispana, que se enfrentaba a la paz musulmana, portuguesa, francesa y anglosajona. Pero es que no sólo hablan los señores de la Carta de la Tierra de paz, sino de «cultura de paz»; aquí el mito de la cultura y el Síndrome del Pacifismo Fundamentalista están funcionando juntos y a toda máquina. ¿Existe alguna cultura que se halla forjado sin el concurso de la guerra? No estaría de más recitarles a los señores de la Carta estas sabias palabras de Orson Welles: «En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Angel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz. ¿Y que tenemos? El reloj de cuco».

Y no faltan sensibilidades ecológicas y democráticas en la cartita: «Poseemos el conocimiento y la tecnología necesarios para proveer a todos y para reducir nuestros impactos sobre el medio ambiente. El surgimiento de una sociedad civil global, está creando nuevas oportunidades para construir un mundo democrático y humanitario». ¿Cómo puede construirse tal mundo? He aquí la respuesta: «Para llevar a cabo estas aspiraciones, debemos tomar la decisión de vivir de acuerdo con un sentido de responsabilidad universal, identificándonos con toda la comunidad terrestre, al igual que con nuestras comunidades locales». No se puede ser más pánfilo (en sentido etimológico, del griego pan-filo, el que ama todo). Y encima: «Necesitamos urgentemente un visión compartida sobre los valores básicos que brinden un fundamento ético para la comunidad mundial emergente». No he leído cosa más estúpida en mi vida. Los valores están enfrentados siempre a otros valores, ¿cuáles son los contra valores de esos «valores básicos»? Es más, ¿en qué consisten esos «valores básicos»? ¿Y qué metafísica es esa de la «comunidad mundial emergente»? Contrarrestemos estas estúpidas palabras con sabias palabras de Gustavo Bueno para purificar un poco el ambiente: «la norma ética prescribe dar acogida a cualquier emigrante que haya atravesado nuestras fronteras, tanto si es legal como ilegal (“el hambre no tiene fronteras”), pero las normas políticas y la morales obligan a limitar el número de inmigrantes que pudieran beneficiarse de los recursos de un Estado, pues a partir de un cierto límite determinarían el desplome económico de la propia sociedad política. Aquí está la razón por la cual el ideal del Estado de bienestar, propio de las democracias homologadas de nuestros días, es incompatible con la solidaridad sin fronteras, prescrita por las normas éticas o por los derechos humanos. Las contradicciones entre las normas éticas y la normas morales o políticas tienden a ser “resueltas” por medio del ordenamiento jurídico»{35}.

También nos dicen que hay que «Respetar la Tierra y la vida en toda su diversidad». Si así fuese nos moriríamos de hambre, pues la vida se alimenta de vida, y si morimos de hambre entonces dejamos de respetar la vida en toda su diversidad, empezando por no respetar nuestra propia vida. He aquí una prenda más del más pánfilo de los fundamentalismos democráticos: «Construir sociedades democráticas que sean justas, participativas, sostenibles y pacíficas». Esto es Pensamiento Alicia elevado al cubo. ¿No es el Estado, aunque sea un Estado democrático de bienestar y de derecho, el «monopolio legítimo de la violencia»? Muy bien vendrían aquí las palabras de Gustavo Bueno para darle zurra a este panfilismo fundamentalista: «el fundamentalismo democrático pondrá entre paréntesis el patriotismo, que se nutre de la capa basal, “de la tierra”, y pretenderá sustituirlo por un “patriotismo constitucional” [expresión pedantesca de Habermas], en armonía preestablecida con las demás constituciones democráticas de las otras sociedades, en la común alianza de civilizaciones, inspirada en los derechos humanos. Lo sustancial será ser demócrata, y será accidental ser demócrata español, demócrata francés o demócrata alemán. El fundamentalismo democrático primario se nos manifiesta, según esto, como un puro idealismo político, que pretende fundar la paz perpetua en armonía entre las diferentes democracias formales, olvidando que los conflictos entre ellas brotan de las dimensiones materiales, basales y corticales que se alimentan del suelo basal respectivo»{36}.

Y continúa la Carta con su retahíla aliciesca: «Defender el derecho de todos, sin discriminación, a un entorno natural y social que apoye la dignidad humana, la salud física y el bienestar espiritual, con especial atención a los derechos de los pueblos indígenas y las minorías». No digo que sea de derechas, pero el indigenismo es lo más parecido a la derecha absoluta; ¿también hay que respetar a las tribus indígenas que practican la clitoridectomía? Y para más inri hay que «Tratar a todos los seres vivientes con respeto y consideración». ¿A un asesino que ha cometido un crimen horrendo, como violar y matar a una niña de cinco años, hay que tratarlo, ya que es un ser vivo, con respeto y consideración? ¿No habría que pegarle cuatro tiros en la cabeza y dejarse de mandangas? Oh no, eso no, porque hay que «Promover una cultura de tolerancia, no violencia y paz». ¡Pero estamos tontos aquí o qué!

Ahora es el turno del mito de la cultura: «Nuestra diversidad cultural es una herencia preciosa y las diferentes culturas encontrarán sus propias formas para concretar lo establecido. Debemos profundizar y ampliar el diálogo global que generó la Carta de la Tierra, puesto que tenemos mucho que aprender en la búsqueda colaboradora de la verdad y la sabiduría». Esa diversidad cultural es una biocenosis, donde las culturas se enfrentan unas a otras a muerte, para perseverar en el ser, ¡qué dialogo se puede entablar ahí! ¿Y qué entienden estos señores por verdad y sabiduría? También nos dicen: «Las naciones del mundo deben renovar su compromiso con las Naciones Unidas, cumplir con sus obligaciones bajo los acuerdos internacionales existentes y apoyar la implementación de los principios de la Carta de la Tierra». La segunda guerra de Irak demostró que la ONU es una ONU de papel, pues dicha asamblea no tiene soberanía alguna, la soberanía mundial están en manos de EEUU, el cual se opuso a la decisión de la ONU de no intervenir militarmente en Irak, cosa que EEUU «se saltó a la torera». La ONU no tiene ninguna autoridad para resolver los conflictos internacionales. Y para terminar otra prenda: «Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida». Por los siglos de los siglos. Amén.

Moraleja: La Carta de la Tierra es tan infantil como la carta que pueda enviar un niño a los reyes magos.

Notas

{1} El cual fue firmado pero no ratificado por los EEUU, tanto por el gobierno de Bill Clinton como el de George Bush II, luego su adhesión fue meramente simbólica, es decir, «de papel», siendo dicho protocolo firmado y ratificado por casi todos los países del mundo.

{2} Véase Ante la República Popular China, «China propugna un estratégico pluralismo monetario coyuntural frente al totalitarismo del dólar», El Catoblepas,núm. 88, junio 2009, pág. 20.

{3} Conrad Phillip Kottak, Antropología cultural, McGraw-Hill/Interamericana de España, Madrid, 2006, págs. 314-316.

{4} El llamado «Segundo Mundo» lo constituía el comunismo realmente existente o el llamado «socialismo real», es decir, la U.R.S.S y los países satélites. Este «Mundo» se descompuso a partir de 1989.

{5} Que es la premisa del cambio climático.

{6} Aunque los resquicios que quedan de comunismo están completamente imbuidos en el mito del cambio climático. Un buen ejemplo está en un partido de Sevilla de orientación trostkista (es decir, marxismo vulgar), el cual en un cartel (ya sabemos lo hábiles que son esta gente con la propaganda) anunciaban lo siguiente: «No cambiemos el clima, cambiemos el mundo». Lo primero que habría que cambiar es al trostkismo o, mejor dicho, triturarlo, pero en fin…

{7} José Manuel Rodríguez Pardo, «Al Gore, el nuevo Joaquín de Fiore»El Catoblepas, núm. 71, enero 2008, pág. 12.

{8} ¡Y es que estamos siempre con lo mismo!

{9} En la revista Marie Claire llegó a confesar: «Esta es la casa de todos, sin diferencias, de los ricos y de los pobres, de los países con historia y de los que apenas tienen, de los que creen en Dios, o en varios dioses, y de los que no creen. Fue en esta sala –refiriéndose a la sede de la ONU en Nueva York – donde tuve la certeza de lo necesario que resulta la Alianza de las Civilizaciones». Es como si Zapatero parafrasease a los separatistas de la nación española y dijese: «De España nos separamos, en la Alianza de las Civilizaciones nos encontramos». Pero, para que se vea lo ridículo de dicho proyecto, compárese las palabras de ZP con éstas del profeta Isaías en el Antiguo Testamento: Isaías 11:6: «El lobo habitará con el cordero, la pantera se acostará junto al cabrito; ternero y leoncillo pacerán juntos, un chiquillo los podrá cuidar». Como dice Gustavo Bueno, «La alianza entre civilizaciones, en sentido estricto, es imposible, salvo que se esté dispuesto a destruir alguno de los aliados o todos. ¿Cómo hacer compatible la poligamia con la monogamia sin destruir uno u otro sistema, o ambos? (…) ¿Y el derecho de propiedad? ¿Cabe una alianza entre civilizaciones que contienen entre sus instituciones la propiedad privada de los medios de producción y aquellas otras que consideran necesario destruir esta institución en nombre del comunismo? ¿Tiene algún porvenir, como modelo de civilización universal, el proyecto de Den Xiaoping de hacer de China un país con dos sistemas? Gustavo Bueno, «Pensamiento Alicia (sobre la Alianza de las civilizaciones)»), El Catoblepas, núm. 45, noviembre 2005, pág. 2.

{10} Zapatero ha sido el último jefe de gobierno en toda Europa (y en todo el mundo) en darse cuenta de la crisis económica global, y ahora es el último jefe de gobierno en toda Europa (y no sé si en todo el mundo) en darse cuenta de que Obama es un fracaso político. Por lo visto ZP le ha regalado un guía de Cataluña a Obama. ¡Pero a qué viene esto ahora! Una cosa inexplicable, de cuelgue total.

{11} Saco la información de la revista Integral, en un artículo titulado: 350, el número que salvará el planeta, de Rafael Carrasco.

{12} El subtítulo del artículo reza: «Una poderosa compaña civil, con el 350 como eslogan, se llevará a cabo el 24 de octubre en todo el mundo, y cualquiera de nosotros puede apuntarse. ¡Juntos, podemos!». El espíritu de Obama (al parecer, uno de los pensadores Alicia más relevantes) sopla a través de los apóstoles del cambio climático.

{13} Aunque a decir verdad, en el momento que escribí este artículo, hacía un «frío de narices». ¿Dónde está el calentamiento global?

{14} A medida que se va viendo a Obama como el Mesías se ve a Bush II como el Anticristo, o el «demonio», como dijo el inefable Hugo Chávez («todavía huele a azufre»). Supongo que la Casa Blanca seguirá oliendo a azufre.

{15} Enrique de Vicente, Revista Año/Cero, año XX, número 02-223, Editorial.

{16} Ecofeminismo: «movimiento que denuncia las conexiones entre la dominación y explotación de las mujeres y de la naturaleza». Según dice la periodista Laura Hurtado.

{17} La cual recibió en 1993 el premio Nobel Alternativo de la Paz. Otros premios que ha recibido son el Global 500 de 1993 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) y el premio internacional del Día de la Tierra, también de las Naciones Unidas. También estuvo en España siendo partícipe del primer Foro Humano Europeo. Actualmente, al parecer, es una líder del Foro Internacional sobre la Globalización, así como un miembro destacado del movimiento antiglobalización (los cuales, a mi juicio, son peores aún, pero en fin). También fundadora de Navdanya («nueve cultivos»), revolucionaria organización india que guarda semillas. Supongo, dada las dosis de profunda pacifismo que hay en este tipo de organizaciones, que se tratará de una «revolución» que puede llevarse a cabo sin que se rompa un solo cristal.«La semilla es el primer eslabón de la cadena alimenticia», explica Shiva. «Salvar la semilla es nuestro deber; compartir la semilla es nuestra cultura». Ya sabemos que con el nombre de cultura se justifica y dignifica casi cualquier cosa.Parece que en Shiva están funcionando tanto el mito de la naturaleza como el mito de la cultura.

{18} Todavía faltan el Ministerio de Libertad y el Ministerio de Fraternidad (aunque a buen seguro que lo llamaría Ministerio de Solidaridad).

{19} Gustavo Bueno, «Historia (natural) de la expresión fundamentalismo democrático», El Catoblepas, núm. 95, enero 2010, pág. 2.

{20} Es curioso pero estos ecologistas ganan muchos premios, y es que esto del ecologismo es un negocio; ahí está el mismo Al Gore cargado de premios, y los premios que hemos visto de Vandana Shiva. Al parecer, ningún ecologista es pobre. Y es que a los progres les encanta el dinero (yo diría que hasta les conmueve). El dinero nos gusta a todos, pero los progres siente una especial sensibilidad por el dinero.

{21} Aunque tiene sus precedentes ya en el siglo XIX, con los anti-industriales Henrique David Thoreau (1817-1862) en los Estados Unidos, León Tolstoï (1828-1910) en Rusia con su crítica del Estado y la importancia de la libertad individual. En Gran Bretaña, John Ruskin y el movimiento Arts & Crafts (1819-1900) reclamaron, en plena época victoriana, la prioridad del hombre sobre la máquina, oponiendo la creatividad y el arte a la producción en serie, mecánica e impersonal. También la teoría enunciada por el matemático y economista rumano Nicolás Georgescu-Roegen sobre la bioeconomía en su obra The Entropy law and the Economic Process (1971) forma parte de las bases que suspira por el decrecimiento, así como las críticas a la industrialización en los años 1950, 60 y 70; de Günther Anders (La obsolescencia del hombre, 1956), y también la judía y discípula de Martin Heidegger, Hannah Arendt (Condición del hombre moderno, 1958); o del Club de Roma, principalmente a través del Informe Meadows de 1972 cuyo título en español reza: Los límites del crecimiento o la crítica de Iván Illich en La La convivencialidad (1973).

{22} Ya digo yo que lo peor del capitalismo es el anticapitalismo. Parafraseando a Lenin diré que el anticapitalismo es la enfermedad infantil del capitalismo. Y que conste que me refiero al anticapitalismo acrítico aliciesco.

{23} La ligne d’horizon. Les amis de François Partant. 7, villa Bourgeois, 92240 Malakoff. Coloquio realizado en la UNESCO del 28 de febrero al 3 de marzo del 2002.

{24} La palabra «manicomio» ya está en desuso, ahora se dice «hospital psiquiátrico», igual que la palabra «subnormal» que ha sido sustituida por la expresión «síndrome de down» que, a mi juicio, suena aún peor. Subnormal, dirán, es quien llama a otro subnormal.

{25} Gustavo Bueno, «Historia (natural) de la expresión fundamentalismo democrático», El Catoblepas, núm. 95, enero 2010, pág. 2.

{26} Habría que distinguir entre una «antiglobalización radical», tendencia que se opone a cualquier tipo de globalización (y son, por tanto, rousseaunianos de nuevo cuño, en la línea de John Zerzan), y una «antiglobalización alternativa». Si las tendencias que abogan por la globalización («globalización oficial») son de sello idealista, no quiere decir que las tendencias antiglobalización (radical o alternativa) sean materialistas, más bien son idealistas en el peor sentido de la palabra, y por tanto muy lejos de las posiciones del materialismo filosófico. Así pues, nuestras posiciones son equidistantes del idealismo globalizador y del idealismo antiglobalizador. Ambas posiciones son metafísicas. ¿Por qué decimos esto? En el contexto de la «globalización oficial» podríamos decir que estamos ante una posición metafísica «porque metafísico es el supuesto de que los hombres, entregados a su libre y esforzada creatividad, lograrán encauzar al Género humano hacia estados de progreso creciente, de libertad, de bienestar y de felicidad. Un supuesto que se empeña en desconocer el hecho de que la resultante de la composición de múltiples operaciones teleológicas inteligentes (individuales o de empresa), no tiene por qué ser teleológica e inteligente». Gustavo Bueno, La vuelta da la caverna, Ediciones B, Barcelona, 2005, pág. 23.

{27} Gustavo Bueno, «Mundialización y globalización»El Catoblepas, núm. 3, mayo 2002, pág. 2.

{28} Gustavo Bueno, La vuelta a la caverna, Ediciones B, Barcelona, 2005, pág. 211-213. En estas páginas Bueno hace una clasificación muy interesante de la Idea de Globalización: globalización integrativa, distributiva, incorporativa y dispersiva.

{29} Véase Santiago Javier Armesilla Conde, «Las plataforma continentales»El Catoblepas, núm. 75, mayo 2008, pág. 14.

{30} Es más, la existencia del mundo corrobora la inexistencia de Dios.

{31} Cuyos precedentes fueron La Carta Mundial de la Naturaleza, declarada en 1982; el Informe Brundtland, de 1987; la Cumbre de la Tierra en Río: 1990-1992, aunque en lugar de la carta se publicó la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, aún así durante el Foro Global de las ONG se redacta una carta de la tierra, siendo ésta la que más adelante se convertiría en la oficial Carta de la Tierra. En 1997 se creó la Comisión de la Carta de la Tierra. Vamos a dar la lista de algunos de los nombres que configuraban la Comisión, a ver si se les cae la cara de vergüenza: Ruud Lubbers (primer ministro del gobierno de los Países Bajos), Mijaíl Gorbachov (el que fue Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1985 hasta 1989 y presidente ejecutivo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de 1989 a 1991 y también premio Nobel de la Paz en 1990), Amadou Toumani Touré (actual presidente de Malí), Mohamed Sahnoun (Argelia), Federico Mayor Zaragoza (Director General de la Unesco entre 1987 y 1999 y en 2005 designado como Co-Presidente del Grupo de Alto Nivel para la Alianza de Civilizaciones, lo que le convierte en un gran pensador Alicia), Mercedes Sosa (Argentina), Leonardo Boff (Brasil), Erna Witoelar (Indonesia), Wangari Maathai (premio Nobel de la Paz 2004, Kenya), A. T. Ariyaratne (Ceilán), Wakako Hironaka (Japón). La Carta de la Tierra se redactó finalmente en marzo del año 2000 en la sede de la UNESCO en París, siendo presentada oficialmente (para vergüenza de la humanidad) en el Palacio de la Paz en La Haya el 29 de junio de 2000, en un acto presidido por la reina Beatriz de Holanda.

{32} También el Manifiesto Humanista 2000, que ha sido perfectamente triturado por Gustavo Bueno desde las páginas de Zapatero y el Pensamiento Alicia, es escrito al comenzar el milenio, y por ello los manifestantes lo justifican: «Es evidente que como el Mundo entra en un nuevo milenio, se hace necesario un nuevo Manifiesto», como si en cada milenio que empezase fuese necesario plasmar un manifiesto diciéndole a la humanidad lo que tiene que hacer y lo que tiene que pensar. El citado manifiesto es bastante parecido a la Carta de la Tierra y busca cosas como el «compromiso universal con la Humanidad y su conjunto». Hay que decir, con Gustavo Bueno, que es difícil decir sandez más resplandeciente. Sin embargo, los artículos de la Carta de la Tierra consigue semejante proeza. Tanto la Carta como el Manifiesto son «remedios vaticanos», es decir, «palabras indefinidas similares a las pronunciadas por los Papas actuales cuando se refieren a la pobreza o desnutrición, o a la necesidad que habría de proporcionar vivienda para la gente de todos los rincones de la Tierra». Véase Gustavo Bueno, Zapatero y el Pensamiento Alicia, Temas de hoy, Madrid, 2006, págs. 339-346.

{33} Ya sabemos que Kofi Annan es un gran pensador Alicia.

{34} Gustavo Bueno, «Pensamiento Alicia (sobre la Alianza de las civilizacionesEl Catoblepas, núm. 45, noviembre 2005, pág. 2. El subrayado es de Bueno.

{35} Gustavo Bueno, glosario de España no es un mito, Temas de hoy, Madrid, 2005, pág. 296. Subrayado mío.

{36} Gustavo Bueno, Gustavo Bueno, «Historia (natural) de la expresión fundamentalismo democrático», El Catoblepas, núm. 95, enero 2010, pág. 2.

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