La culpa es de Walt Disney

ANTONIO CABRERA

 14 Sep 2019 

https://www.periodistadigital.com/antoniocabrera/20190914/la-culpa-es-de-walt-disney-689404137837/
Los movimientos ideológicos capaces de cambiar la sociedad siempre son a largo plazo. Como el agua que horada la piedra, lenta, pero incansablemente, impregnan primero y encharcan después las conciencias de sus integrantes hasta inundarlas y hacerlas pastosas. Moldeables. Sin cohesión -destruidos los principios éticos, culturales o morales que las mantenían firmes y unidas- ya están aptas para ser moldeadas conforme al nuevo credo. Y con ello, la sociedad en su conjunto.

Hace casi un siglo Walt Disney, desconozco si de forma inocente o no, tuvo la idea -genial como técnica de marketing pero de efectos perversos décadas después- de humanizar a los animales. Disney hizo hablar, reír, llorar y hasta bailar y enamorarse a toda la fauna salvaje y doméstica imaginable. Feroces leones, tigres sanguinarios, siniestras panteras, osos temibles, gigantescos elefantes, peligrosos babuinos, y hasta terroríficas boas o pavorosas hienas convertidos en simpáticos peluches -otro suculento negocio-, junto a cervatillos huérfanos, perritas de alta alcurnia enamoradas de perritos vagabundos, inocentes canarios, simpáticos ratones y gatos gruñones por obra y gracia de sus fantásticos dibujos animados. Dibujos que, por otro lado, en ningún momento recogían la realidad de las cosas: películas en las que el malo malísimo siempre es el hombre; el que mata, arrasa bosques y hasta sacrifica adorables cachorros dálmatas para hacerse abrigos con su piel. Y con ello se hizo mundialmente famoso. Y multimillonario.

Dónde está el problema, se preguntarán ustedes. ¿Qué hay de malo en exaltar los sentimientos más nobles, el amor a los animales y a la naturaleza? ¿Es que no le gustan los famosos y multimillonarios? ¡No será usted comunista…! No, miren ustedes: lo malo es que esa realidad que se dibuja, nunca mejor dicho, no sólo es falsa; es que es muy tramposa. No existe ni puede existir. Los tigres matan y los niños no vuelan. Lo peor, las paradójicas consecuencias que al final ha tenido esa humanización en una sociedad tan inhumana, vacía y hedonista como ha devenido la nuestra; tan infantil y egoísta; tan proclive al goce sin límite, sujeta a la ley del mínimo esfuerzo y al buenismo universal (pero sólo hacia aquello que le sea lejano, claro). Y, al mismo tiempo, tan irresponsable y renuente a cualquier esfuerzo -no digo ya sacrificio- para afrontar realidades próximas y cotidianas (casi siempre obligaciones familiares) que detesta. Deberes ingratos que rehúye porque dan miedo, molestan o atan; porque exigen esfuerzo, tiempo o dinero. La cínica paradoja de un mundo feliz. Mucho amor, pero virtual: como en las películas de Disney.

Hay hipócritas que defienden los derechos y la dignidad de los animales (y denuncian su cosificación y ‘esclavitud’; incluso su ‘asesinato’ para comerse sus ‘cadáveres’). Son los mismos desalmados que niegan los derechos más elementales a millones de personas, también entre nosotros. Seres humanos víctimas de la miseria más extrema; ancianos y enfermos mentales o incapacitados víctimas también de la pobreza, la soledad y el abandono. O el derecho a la vida de millones de niños abortados, descuartizados en el vientre de sus madres. Claro que, para toda esa gentuza de apariencia humana, estos sí que son «cosas». Productos a desechar, no seres humanos.

Todos recordamos casos monstruosos de abuelos abandonados en gasolineras. Discapacitados o enfermos ingresados en residencias para que no molesten a la familia. Ancianos que mueren tan solos y abandonados que únicamente son descubiertos por el hedor de sus cadáveres. Hijas que, a las primeras de cambio, se desentienden de sus madres con Alzheimer, internándolas «por su bien» en residencias de monjas. Madres que abandonan a sus hijos incapacitados -negándoles el amor y el hogar que tanto necesitan- encerrándolos en «viviendas tuteladas», como si no tuvieran su propia vivienda y familia que los tutele.

La excusa perfecta para el abandono es siempre la misma: su bienestar. Que tengan el mejor cuidado y atención ‘profesional’, a ser posible en un centro asistencial gratuito. Un duro sacrificio para la familia que asume con dolor tan amargo trance: «todo sea por su bien», dicen compungidos. La verdad, salvo excepciones siempre honrosas, es muy distinta: «No voy a hipotecar mi vida y mi libertad porque tenga que cuidar a mi padre, mi hijo o mi hermano. Sólo tenemos una vida y hay que vivirla. ¿Por qué yo, si hay más familia? Que los cuide la Seguridad Social». Y se fuman un puro. O se toman una copa de espumoso para celebrarlo.

Así, vemos gentes que ríen, lloran y se emocionan con su perro, pero repudian, maltratan y maldicen a su padre; o encierran a su hija pequeña en unas «viviendas tuteladas». «Cuanto más conozco al ser humano más quiero a mi perro», suelen decir. Lo que seguramente no saben es que la frase se atribuye a Hitler; quizá porque el «Führer» la repetía en honor de «Blondi», su amada perra pastor alemán. Pero tranquilos, queridos hipócritas, la frase, también atribuida a Lord Byron -otro canalla, amoral e incestuoso-, en realidad es de Diógenes.

Antonio Cabrera

Antonio Cabrera

Colaborador y columnista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

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