2019: El año de la histeria manufacturada

CJ Hopkins

Bueno, parece que de alguna manera nos las hemos arreglado para sobrevivir a otro año de diabólicos ataques de Putin y los nazis a la democracia.

Durante un tiempo, fue muy difícil, especialmente en la recta final, con el desesperado intento de Jeremy Corbyn de derrocar al gobierno británico, construir una versión británica de Auschwitz y comenzar a acorralar y asesinar en masa a los judíos.

Eso fue ciertamente bastante aterrador… pero por otra parte, todo el año fue bastante aterrador.

El horror comenzó rápidamente a principios de enero, cuando Rachel Maddow reveló que Putin estaba transmitiendo palabras desde la boca de Trump en tiempo real, es decir, usando literalmente la cabeza de Trump como una marioneta, o una de esas máscaras de Misión Imposible. Y eso era sólo la punta del iceberg, ya que, a pesar de los mejores esfuerzos de la Iniciativa de IntegridadBellingcat y otros psicópatas del establishmentde los sitios de censura de Internet como NewsGuard y de un ejército de generadores de histeria masiva, la legión de “influenciadores” rusos de Putin seguía influenciando maliciosamente a los estadounidenses, ¡quienes probablemente también seguían siendo atacados por grillos ruso-cubanos devoradores de cerebros!

Mientras los miembros de la Resistencia aún estaban en proceso de envolver sus cabezas con papel de aluminio antigrillo, Putin (es decir, el Hitler ruso) ordenó a Trump (es decir, el Hitler de los agentes rusos) que diera un golpe de Estado en Venezuela (es decir, el aliado sudamericano del Hitler ruso), probablemente para distraernos del “Hitler sonriente” y su pandilla con caras llenas de acné y gorras de MAGA [“Make America Great Again”, “Hacer a Estados Unidos grandioso otra vez”, lema de la campaña de Trump.- NdT], de la escuela secundaria católica Juventud Hitleriana, que estaba tratando de invadir y hitlerizar la capital. O tal vez el golpe de Estado tenía el propósito de distraernos de las actividades antiestadounidenses de Bernie Sanders, a quien también consideraban un agente ruso; o de una tortuosa “operación Kremlin-Trump“; o estaba trabajando con Tulsi Gabbard para construir un ejército de nacionalistas hindúes bebedores de sangre, genocidas assadistas y fascistas estadounidenses, que ayudarían a los iraníes (y a los rusos, por supuesto, y presuntamente también a Jeremy Corbyn) a atacar frontalmente al Estado de Israel y echar a los judíos al mar.

Como si todo eso no fuera lo suficientemente horrible (y lo suficientemente ridículo y confuso), a principios de la primavera había cada vez más pruebas de que Putin había hecho suyo de alguna manera a Mueller, posiblemente con una de esas cintas de orina del FSB, y estaba saboteando el golpe del “Rusiagate” que la Comunidad de Inteligencia, el Partido Demócrata, los medios corporativos y el resto de la Resistencia habían estado preparando metódicamente desde 2016. Los anos de los liberales empezaron a fruncirse y a desfruncirse a medida que se iba haciendo evidente que el “Informe Mueller” no iba a probar que Donald Trump se hubiera confabulado con Putin y Julian Assange para robarle la presidencia a Hillary Clinton y transformar a los Estados Unidos de América en un Reich genocida de Putin y los nazis.

Mientras tanto, la pandemia de antisemitismo que había estallado misteriosamente en 2016 (es decir, justo en el momento en que Trump ganó la nominación) se propagaba sin control por todo Occidente. Los judíos de Gran Bretaña estaban al borde del pánico porque aproximadamente el 0,08 por ciento de los miembros del Partido Laborista eran antisemitas, a diferencia del resto del público británico, que nunca mostró ningún signo de antisemitismo (ni de ningún otro tipo de racismo o intolerancia), y es prácticamente una nación de Shabbos goys [Un shabbos goy es un no judío que realiza ciertas actividades que la ley religiosa judía prohíbe a un judío hacer en el día de reposo. (Wikipedia).-NdT]. Claramente, Corbyn había convertido el partido en su culto de muerte neonazi personal y estaba planeando llevar a cabo un segundo Holocausto ¡tan pronto como renacionalizara los ferrocarriles británicos!

Y no fue sólo el Reino Unido. Según los virólogos de los medios corporativos, el antisemitismo idiopático estaba estallando en todas partes. En Francia, los “chalecos amarillos” también eran antisemitas. En Estados Unidos, los judíos se enfrentaban a “una tormenta perfecta de antisemitismo“, parte de la cual provenía de la franja neofascista (que ha formado parte del paisaje estadounidense desde siempre, pero que los medios corporativos han elevado a un movimiento nazi internacional); pero gran parte de ella fue azuzada por Ilhan Omar, quien aparentemente había entrado en un pacto “Rojo-Marrón” con Richard Spencer, o Gavin McInnes, o algún otro idiota previamente intrascendente.

Las cosas se pusieron muy confusas por un tiempo, ya que los republicanos se unieron a los demócratas para denunciar a Ilhan Omar como antisemita (y posiblemente una terrorista islámica a ultranza) y para condenar la existencia del “odio”, o lo que sea. Los medios corporativos, Facebook y Twitter de repente se llenaron de hordas de furiosos antisemitas que acusaban a otros antisemitas de antisemitismo. Meghan McCain no pudo soportarlo más y colapsó en el Show de Joy Behar rogando que la convirtieran al judaísmo, o al sionismo, allí mismo, al aire. Esta indecorosa muestra de antisemitismo fue salvajemente distorsionada por Eli Valley, un caricaturista judío “antisemita”, según McCain y otros imbéciles.

Entonces sucedió… quizás el pedo de palomitas más ruidoso de la historia política. El Informe Mueller fue finalmente entregado. Y así nomás, terminó el “Rusiagate”. Después de tres largos años de histeria masiva fabricada, propaganda de los medios corporativos, libros, camisetas, marchas, etc., Robert Mueller tomó asiento. Cerrado. Cero. Nichts. Nada. No hay colusión. No hay cinta de orina. No hay servidores secretos. No hay contactos rusos. Nada de nada. Zilch.

La disonancia cognitiva se apoderó de la nación. Hubo un gran llanto y crujir de dientes. Los miembros de la resistencia doblaron sus dosis de antidepresivos y se pusieron de luto. Los liberales conmocionados hicieron lo mejor que pudieron para fingir que no habían sido engañados, una vez más, por fuentes fidedignas como The Washington Post, The New York Times, The Guardian, CNN, MSNBC y otros; que habían difundido historias completamente fabricadas sobre reuniones secretas que nunca tuvieron lugarhackeos de la red eléctrica que nunca ocurrieronservidores rusos que nunca existieronpropagandistas rusos imaginarios; y la lista sigue, y sigue, y sigue… y que no se habían comportado más que como un montón de neomacartistas descerebrados y chillones.

Sin embargo, el “Rusiagate” no había terminado. Inmediatamente se transformó en “Obstrucciongate“. Como los espías de los medios corporativos explicaron, la investigación de Mueller sobre Trump nunca fue sobre la colusión con Rusia. No, siempre se trató de que Trump estuviera obstruyendo la investigación de la colusión con Rusia, de lo que no se trataba la investigación, y que todo el mundo sabía que nunca había sucedido. En otras palabras, la investigación de Mueller se inició para investigar la obstrucción de su investigación.

O, lo que sea.

En realidad no importaba, porque para entonces Assange había sido arrestado por traición, o por saltarse la fianza, o por manchar de caca los muros de la embajada ecuatoriana. Y The New York Times informaba que una verdadera “constelación” de cuentas de medios sociales “vinculadas a Rusia y a grupos de extrema derecha” estaba difundiendo “desinformación” extremista. Y Putin había soltado a la ballena espía rusa. Y “los judíos no estaban seguros en Alemania otra vez“, porque Putin y los nazis habían formado una alianza con los nazis iraníes y los nazis sirios, que respaldaban a los nazis palestinos contra quienes Antifa estaba luchando en nombre de Israel. Y los judíos tampoco estaban seguros en el Reino Unido, por Jeremy Corbyn, contra quien Donald Trump (quien, recordemos, es literalmente Hitler) estaba conspirando junto a un grupo de “líderes judíos anónimos” para evitar que se convirtiera en primer ministro. E Irán estaba conspirando con Hezbolá y al-Qaeda para acumular un arsenal de armas de destrucción masiva para lanzarlas contra Israel, Arabia Saudita y otras democracias pacíficas del Medio Oriente. Y Trump finalmente iba a convertirse en Hitler a ultranza y declarar la ley marcial el 4 de julio; y estaba operando literalmente “campos de concentración” donde los inmigrantes eran forzados a beber de los inodoros, que se veían casi exactamente igual a los “centros de detención” que Obama había operado, excepto por… bueno, ya sabes, el “fascismo”.

Entonces, ¿quién tuvo tiempo de preocuparse de que los medios corporativos se confabularan en un intento de golpe de la Comunidad de Inteligencia?

Luego, en agosto, justo en el momento oportuno, un loco racista asesinó a un montón de gente, así que entonces, como si la histeria de las masas no se hubiera disparado al máximo ya, Estados Unidos tenía “un problema de terrorismo nacionalista blanco” o estaba en medio de una “crisis de terrorismo nacionalista blanco“. Trump era ahora oficialmente nuestro “nihilista en jefe” y “un supremacista blanco que inspira el terrorismo” y básicamente no era diferente de Anwar al-Awlaki. Era hora de tomar algunas medidas extraordinarias en las líneas de la Ley Patriota, pero centradas en potenciales terroristas de supremacía blanca, o en cualquiera que la junta editorial del New York Times pudiera considerar una “amenaza”.

Este repentino estallido de “terrorismo inspirado por Trump” y la histeria fabricada de “fascismo” que siguió, hizo que la Resistencia sobreviviera hasta el final del verano y el otoño, que siempre fue el momento en que se programó el evento principal. Estos últimos tres años han sido básicamente un calentamiento para lo que está a punto de suceder… el juicio político, claro, pero eso es solo una parte.

Si pensabas que observar cómo las clases dominantes del capitalismo global y los medios de comunicación corporativos aplastaban metódicamente a Jeremy Corbyn era deprimente… bueno, prepárense para el año 2020. El Año de la Histeria Masiva Manufacturada no se trataba solo de que la Comunidad de Inteligencia y a los medios de comunicación corporativos se divirtieran azotando al público con una serie interminable de pánicos infundados sobre rusos y nazis imaginarios. Fue la fase final para consolidar la narrativa oficial de “Putin y los nazis” en la mente de la gente.

Para los que no conozcan mis columnas, así es como funciona la narrativa Putin y los nazis…

La narrativa Putin y los nazis tiene dos partes básicas, o mensajes, que se repiten constantemente: (1) “Rusia está atacando nuestra democracia” y (2) “el fascismo se está extendiendo como un incendio forestal”, ambas partes son esencialmente ficticias. Esta narrativa oficial de Putin y los nazis fue introducida en el verano de 2016, y reemplazó a la narrativa oficial de la “Guerra contra el Terrorismo”, que había funcionado durante quince años, y que era igual de ficticia. Ha sido metódicamente reforzada y repetida por el establishment neoliberal, los medios corporativos (y, más recientemente, los medios alternativos, e incluso por antropólogos anarquistas extremadamente inteligentes como David Graeber) durante los últimos tres años de forma cotidiana. En este punto se ha convertido en nuestra “realidad”, al igual que la Guerra contra el Terrorismo se convirtió en nuestra “realidad”… al igual que la Guerra Fría había sido previamente nuestra “realidad”.

Cuando digo que esta narrativa se ha convertido en nuestra “realidad”, quiero decir que ahora es virtualmente imposible refutarla en cualquier foro convencional sin ser descartado como un “teórico de la conspiración”, o un “antisemita”, o un “agente ruso”. Se ha vuelto axiomática y se da por sentado que estamos experimentando una explosión de antisemitismo, y de fascismo, y que Rusia nos quiere liquidar (tan axiomática que alguien como Graeber cae en la trampa de defender a Corbyn apoyándose, y por lo tanto alienándose, en la misma histeria de “fascismo” que se usó para destruirlo).

No importa que el planeta entero continúe siendo gobernado por el capitalismo global, las corporaciones transnacionales y los organismos supragubernamentales, y que la mayor parte del mismo esté ocupado por el ejército de los Estados Unidos, la OTAN y otros aliados del GloboCap, y por diversos contratistas militares corporativos. No importa que Rusia no esté “atacando” a nadie, y que los “nazis” no se hayan apoderado de nada, y que nadie esté acorralando y asesinando a los judíos, o a los mexicanos, o a nadie más en realidad… porque ¿cuándo han tenido algo que ver los hechos con el sostenimiento de una narrativa oficial?

La respuesta, en caso de que te lo preguntes, es “nunca”. Todos nosotros estamos viviendo en una ficción. Una ficción escrita por los que están en el poder para servir a los intereses de los que están en el poder. Eso es una narrativa oficial. No importa si la creemos o no. Funciona como “realidad” a pesar de todo. Si dudan de eso… bueno, pregúntenle a Jeremy Corbyn. O vean cómo la “crisis del antisemitismo” de los laboristas se evapora en el aire, como sucedió con la Guerra contra el Terrorismo en 2016, una vez que dejó de tener un propósito útil.

En cuanto al 2020, me temo que la histeria colectiva fabricada sólo va a empeorar. Las clases dominantes capitalistas globales están decididas a sofocar esta rebelión populista y a asegurarse de que no vuelva a ocurrir, o al menos no a esta escala. Cualquiera que se interponga en el camino será tachado de “antisemita”, “fascista”, o “agente ruso”. Los políticos que no se ajusten a la línea van a ver cómo se destruyen sus carreras políticas y sus reputaciones personales. (¿Notaste cómo en menos de dos días después del aplastamiento de Jeremy Corbyn se empezó a calumniar a Sanders como antisemita o “suave con el antisemitismo?)

Los periodistas de los medios corporativos principales que se atrevan a cuestionar la narrativa oficial de Putin y los nazis, incluso de la manera más respetuosa, van a sufrir una creciente presión para que bajen de tono o pagarán las consecuencias. La paranoia de Putin y los nazis hará metástasis. Los sitios web de los disidentes serán expulsados de las redes sociales y demonizados. Internet será cada vez más vigilado para detectar cualquier forma de inconformidad. La disidencia será cada vez más estigmatizada. Se vigilará cada vez más la “realidad”. Todo se va a poner extremadamente desagradable, y eso suponiendo que no estalle una guerra civil.

Y en cuanto a mí, sólo soy un satírico político con un grupo de seguidores apenas respetable del tamaño de una secta, así que probablemente me dejen seguir cubriendo todo el feo programa (siempre y cuando nadie empiece a tomarme en serio). Trataré de encontrarle la gracia, pero honestamente, entre nos, lo que se avecina puede no ser tan divertido.

DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: El ensayo anterior es enteramente obra de nuestro satírico interno y autoproclamado experto político, CJ Hopkins, y no refleja los puntos de vista y opiniones de Consent Factory, Inc., su personal o cualquiera de sus agentes, subsidiarios o cesionarios. Si, por cualquier razón inexplicable, usted aprecia el trabajo del Sr. Hopkins y le gustaría apoyarlo, por favor vaya a su página de Patreon (donde puede contribuir con tan sólo $1 por mes), o envíe su contribución a su cuenta PayPal, para que tal vez deje de venir a nuestras oficinas a tratar de golpear a nuestro personal por dinero. Alternativamente, puede comprar su novela satírica distópica, Zone 23, o el Volumen I de sus Ensayo de Consent Factory, o cualquiera de sus obras de teatro subversivo, que ganaron algunos premios en Gran Bretaña y Australia. Si usted no aprecia el trabajo del Sr. Hopkins y le gustaría escribirle un correo electrónico ofensivo, por favor siéntase libre de contactarlo directamente.

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