“Los Compra-pequeños”, ensayo de Ayn Rand sobre educación, The Comprachicos (1970).

Los comprachicos, o comprapequeños, eran una extraña y siniestra asociación nómada, famosa en el siglo XVII, olvidada en el XVIII, desconocida hoy. . . .

“Comprachicos”, así como “comprapequeños”, es una palabra española compuesta que significa «compradores de niños». Los comprachicos comerciaban con niños. Los compraban y los vendían.

No los robaban. El secuestro de niños es una industria diferente.

¿Y qué hacían de esos niños?

Monstruos.

¿Por qué monstruos?

Para reír.

El pueblo necesita risa, y los reyes también. Las ciudades necesitan espectáculos de freaks o de payasos; los palacios necesitan bufones . . .

Para conseguir producir un monstruo, hay que hacerse con él pronto. Una enano debe ser empezado cuando es pequeño . . .

De ahí, un arte. Había educadores. Tomaban a un hombre y lo convirtían en un aborto; tomaban una cara y la convertían en un bozal. Retardaban el crecimiento; destrozaban los rasgos. Esta producción artificial de casos teratológicos tenía sus propias reglas. Era toda una ciencia. Imaginad una ortopedia invertida. Donde Dios había puesto una mirada recta, este arte puso estrabismo. Donde Dios había puesto armonía, ellos pusieron deformidad. Donde Dios había puesto perfección, ellos devolvieron una chapuza fallida. Y, a ojos de los conocedores, es la chapuza lo que es perfecto . . .

La práctica de degradar al hombre conduce a la práctica de deformarle. La deformidad viene a completar la tarea de la represión política . . .

Los comprachicos tenía un talento: desfigurar, lo cual les hizo valiosos en política. Desfigurar es mejor que matar. Existía la máscara de hierro, pero es un medio difícil. No se puede poblar Europa con máscaras de hierro; pero charlatanes deformes, sin embargo, corren por las calles sin que parezca algo inverosímil; además, una máscara de hierro puede ser arrancada, una máscara de carne no. Enmascararte para siempre por medio de tu propia cara, qué puede ser más ingenioso . . .

Los comprachicos no se limitaban a quitarle la cara a un niño, le quitaban la memoria. O, al menos, le quitaban toda la memoria que podían. El niño no era consciente de la mutilación que había sufrido. Esta horrible cirugía dejaba horribles huellas en su cara, no en su mente. Lo más que podía recordar era que un día se lo habían llevado algunos hombres, que luego se había quedado dormido, y que más tarde lo habían curado. Curado, ¿de qué? No lo sabía. De las quemaduras de azufre y las incisiones de hierro no recordaba nada. Durante la operación, los comprachicos hacían al pequeño paciente inconsciente por medio de un polvo de estupefacientes que parecía mágico y suprimía el dolor . . .

En China, desde tiempo inmemorial, han logrado perfeccionar un arte especial y una industria: moldear a un hombre vivo. Se toma un niño de dos o tres años, se le pone en un jarrón de porcelana de forma más o menos grotesca, sin tapa ni fondo, de modo que la cabeza y los pies sobresalgan. Durante el día, se pone este jarrón en pie; por la noche, se pone horizontal para que el niño pueda dormir. De esa forma, el niño se expande sin crecer, llenando lentamente los contornos de la vasija con su carne comprimida y sus huesos retorcidos. Este desarrollo embotellado continúa durante varios años. En un momento determinado se vuelve irreparable. Cuando se determina que eso ha ocurrido y que el monstruo está hecho, se rompe el jarrón, el niño sale, y tienes un hombre con forma de olla.

(Victor Hugo, L´homme qui rit, «El hombre que ríe», traducción mía [Ayn Rand]).

Victor Hugo escribió esto en el siglo XIX. Su exaltada mente no pudo concebir que tan indescriptible forma de crueldad fuese posible de nuevo. El siglo XX demostró que estaba equivocado.

La producción de monstruos — monstruos retorcidos, indefensos, cuyo desarrollo normal ha sido retardado – ocurre a todo nuestro alrededor. Pero los modernos herederos de los comprachicos son más inteligentes y más sutiles que sus predecesores: ellos no se esconden, practican su oficio abiertamente; no compran niños, los niños les son entregados; no usan azufre o hierro, consiguen su objetivo sin siquiera ponerle un dedo encima a sus pequeñas víctimas.

Los antiguos comprachicos ocultaban la operación y mostraban los resultados; sus herederos han invertido el proceso: la operación es evidente, los resultados son invisibles. En el pasado, esa horrible cirugía dejaba huellas en la cara de un niño, no en su mente. Hoy, deja huellas en su mente, no en su cara. En ambos casos, el niño no es consciente de la mutilación que ha sufrido. Pero los comprachicos de hoy no usan polvos narcóticos: ellos toman a un niño antes de que sea totalmente consciente de la realidad y nunca le dejan desarrollar esa consciencia. Donde la naturaleza había puesto un cerebro normal, ellos pusieron retraso mental. Hacerte inconsciente de por vida por medio de tu propio cerebro, qué puede ser más ingenioso…

Este es el ingenio practicado por la mayoría de los educadores de hoy. Ellos son los comprachicos de la mente.

Ellos no ponen a un niño en una vasija para adaptar su cuerpo a ese contorno. Lo ponen en una guardería “progresista” para adaptarlo a la sociedad.  .  .  .

Parte I

“Los comprachicos, o comprapequeños, eran una extraña y siniestra asociación nómada, famosa en el siglo XVII, olvidada en el XVIII, desconocida hoy. . . .

“Comprachicos, igual que comprapequeños, es una palabra española compuesta que significa “compradores de niños”. Los comprachicos comerciaban con niños. Los compraban y los vendían.

“No los robaban. El secuestro de niños es una industria diferente.

“¿Y qué hacían de esos niños?

“Monstruos.

“¿Por qué monstruos?

“Para reír.

“El pueblo necesita risa, y los reyes también. Las ciudades requieren espectáculos de monstruos raros o de payasos; los palacios requieren bufones. . . .

“Para conseguir producir un monstruo, hay que hacerse con él pronto. Un enano debe ser empezado cuando es pequeño. . . .

“De ahí, un arte. Había educadores. Tomaban a un hombre y lo convertían en un aborto; tomaban una cara y la convertían en un bozal. Atrofiaban el crecimiento; destrozaban los rasgos. Esa producción artificial de casos teratológicos tenía sus propias reglas. Era toda una ciencia. Imagina una ortopedia invertida. Donde Dios había puesto una mirada recta, ese arte ponía estrabismo. Donde Dios había puesto armonía, ellos ponían deformidad. Donde Dios había puesto perfección, ellos devolvían una chapuza fallida. Y, a ojos de los conocedores, es la chapuza lo que era perfecto. . . .

“La práctica de degradar al hombre conduce a la práctica de deformarle. La deformidad completa la tarea de la represión política. . . .

“Los comprachicos tenían un talento – desfigurar – que les hacía valiosos en política. Desfigurar es mejor que matar. Existía la máscara de hierro, pero ese es un medio complicado. Uno no puede poblar Europa con máscaras de hierro; sin embargo, charlatanes deformes recorren las calles sin parecer inverosímiles; además, una máscara de hierro puede ser arrancada; una máscara de carne, no. Enmascararte de por vida por medio de tu propia cara, qué puede ser más ingenioso. . . .

“Los comprachicos no se limitaban a quitarle la cara a un niño, le quitaban la memoria. O, al menos, le quitaban toda la memoria que podían. El niño no era consciente de la mutilación que había sufrido. Esa horrible cirugía dejaba huellas en su cara, no en su mente. Lo máximo que podía recordar es que un día se lo habían llevado unos hombres, luego se había quedado dormido, y más tarde lo habían curado. Curado, ¿de qué? No lo sabía. De las quemaduras de azufre y las incisiones de hierro no recordaba nada. Durante la operación, los comprachicos dejaban al pequeño paciente inconsciente por medio de un polvo de estupefacientes que parecía mágico y suprimía el dolor. . . .

“En China, desde tiempo inmemorial, han logrado perfeccionar un arte y una industria especial: moldear a un hombre vivo. Se toma un niño de dos o tres años, se le pone en una vasija de porcelana con forma más o menos grotesca, sin tapa ni fondo, de modo que la cabeza y los pies sobresalgan. Durante el día se pone la vasija en pie; por la noche se pone horizontal para que el niño pueda dormir. Así, el niño se expande sin crecer, llenando lentamente los contornos de la vasija con su carne comprimida y sus huesos retorcidos. Ese desarrollo embotellado continúa durante varios años. En un momento dado se vuelve irreparable. Cuando se determina que eso ha ocurrido y que el monstruo está hecho, se rompe la vasija, el niño sale, y tienes un hombre con forma de jarrón”.

(Victor Hugo, L´homme qui rit, “El hombre que ríe”, traducción mía [Ayn Rand]).

Victor Hugo escribió esto en el siglo XIX. Su exaltada mente no pudo concebir que tan indescriptible forma de crueldad fuese posible de nuevo. El siglo XX demostró que estaba equivocado.

La producción de monstruos – de monstruos retorcidos, indefensos, cuyo desarrollo normal ha sido atrofiado – ocurre a todo nuestro alrededor. Pero los modernos herederos de los comprachicos son más inteligentes y más sutiles que sus predecesores: ellos no se esconden, practican su oficio abiertamente; no compran niños, los niños les son entregados; no usan azufre o hierro, consiguen su objetivo sin siquiera ponerle un dedo encima a sus pequeñas víctimas.

Los antiguos comprachicos ocultaban la operación y mostraban los resultados; sus herederos han invertido el proceso: la operación es evidente, los resultados son invisibles. En el pasado, esa horrible cirugía dejaba huellas en la cara de un niño, no en su mente. Hoy, deja huellas en su mente, no en su cara. En ambos casos, el niño no es consciente de la mutilación que ha sufrido. Pero los comprachicos de hoy no usan polvos narcóticos: ellos toman a un niño antes de que sea totalmente consciente de la realidad y nunca le dejan desarrollar esa consciencia. Donde la naturaleza había puesto un cerebro normal, ellos ponen retraso mental. Hacerte inconsciente de por vida por medio de tu propio cerebro, qué puede ser más ingenioso. . . .

Esa es la ingeniosidad practicada por la mayoría de los educadores hoy. Ellos son los comprachicos de la mente.

Ellos no ponen a un niño en una vasija para adaptar su cuerpo a ese contorno. Lo ponen en una guardería “progresista” para adaptarlo a la sociedad.

Las guarderías progresistas comienzan la educación de un niño a los tres años de edad. Su visión de las necesidades del niño es militantemente anti-cognitiva y anti-conceptual. Un niño de esa edad, afirman, es demasiado joven para el entrenamiento cognitivo; su deseo natural no es aprender, sino jugar. El desarrollo de su facultad conceptual, afirman, es una carga anti-natural que no le debe ser impuesta; él debe ser libre de actuar basado en sus impulsos y en sus emociones espontáneas para expresar sus deseos, hostilidades y miedos subconscientes. El objetivo principal de una guardería progresista es la “adaptación social”; eso se logra por medio de actividades grupales, en las cuales se espera que el niño desarrolle tanto la “auto-expresión” (en forma de cualquier cosa que se le antoje hacer), y la conformidad al grupo.

(Para una presentación de la esencia de la teoría y la práctica de las guarderías progresistas – contrastada con la racionalidad de las guarderías Montessori – os remito a “El Método Montessori”, un escrito de Beatrice Hessen en The Objectivist, Mayo-Julio de 1970.)

“Dame un niño durante sus primeros siete años”, dice una famosa máxima atribuida a los Jesuitas, “y luego puedes hacer con él lo que quieras”. Eso es cierto de la mayoría de los niños, con raras excepciones heroicamente independientes. Los primeros cinco o seis años de vida de un niño son cruciales para su desarrollo cognitivo. Esos años determinan, no el contenido de su mente, sino su método de funcionamiento, su psico-epistemología. (La psico-epistemología es el estudio de los procesos cognitivos del hombre desde el punto de vista de la interacción de la mente consciente del hombre y las funciones automáticas de su subconsciente.)

Al nacer, la mente de un niño es tabula rasa; tiene el potencial de darse cuenta de cosas – que es el mecanismo de una consciencia humana – pero no tiene contenido. Hablando metafóricamente, él tiene una cámara fotográfica con una película super-sensible que no ha sido expuesta a la luz (esa es su mente consciente), y un ordenador extremadamente complejo listo para ser programado (su subconsciente). Ambos están en blanco. El niño no sabe nada del mundo externo. Enfrenta un caos inmenso que debe aprender a percibir por medio de un complejo mecanismo que debe aprender a manejar.

Si, en dos años cualesquiera de su vida adulta, los hombres consiguiesen aprender tanto como un niño aprende en sus primeros dos años de vida, tendrían la capacidad de un genio. Enfocar sus ojos (que no es una habilidad innata, sino adquirida), percibir las cosas a su alrededor al integrar sus sensaciones en perceptos (que no es una habilidad innata, sino adquirida), coordinar sus músculos para la tarea de gatear, luego de ponerse de pie, luego de andar – y, finalmente, captar el proceso de formación de conceptos y aprender a hablar – esas son algunas de las tareas de un niño, logros cuya magnitud no es igualada por la mayoría de los hombres en el resto de sus vidas.

Esos logros no son conscientes y volitivos en el sentido adulto de los términos: un niño no es consciente, a priori, de los procesos que tiene que ejecutar para poder adquirir esas habilidades, y esos procesos son en gran medida automáticos. Pero son, en cualquier caso, habilidades adquiridas, y el enorme esfuerzo realizado por un niño para adquirirlas puede ser fácilmente observado. Observa también la intensidad, la seriedad austera y adusta con la que un niño mira al mundo a su alrededor. (Si alguna vez descubres, en un adulto, tal grado de seriedad sobre la realidad, habrás encontrado a un gran hombre.)

Su desarrollo cognitivo no está completo al cumplir el niño los tres años, sino que acaba de empezar en el sentido completo, humano y conceptual del término. El niño no ha hecho más que viajar por la antesala de la cognición y adquirir los prerrequisitos del conocimiento, las herramientas mentales más rudimentarias que necesita para empezar a aprender. Su mente está en un estado de flujo entusiasta e impaciente: él es incapaz de absorber todas esas impresiones que le bombardean por todos lados; quiere saberlo todo, y todo a la vez. Después del esfuerzo gigantesco que ha hecho para adquirir sus herramientas mentales, tiene una necesidad imperiosa de usarlas.
Para él, el mundo acaba de empezar. Ahora es un mundo inteligible; el caos está en su mente, la cual él aún no ha aprendido a organizar: esa es su siguiente tarea, su tarea conceptual. Cada experiencia suya es un descubrimiento; cada impresión que deja en su mente es nueva. Pero él no es capaz de pensar en esos términos: para él, es el mundo lo que es nuevo. Lo que Colón sintió al desembarcar en América, lo que los astronautas sintieron al aterrizar en la Luna, eso es lo que un niño siente al descubrir la Tierra, entre los dos y los siete años de edad. (¿Creéis que el primer deseo de Colón fue “adaptarse” a los indígenas, o que el primer deseo de los astronautas fue ponerse a fantasear?)
Esa es la situación de un niño cuando tiene unos tres años de edad. Los siguientes tres o cuatro años determinan la brillantez o la miseria de su futuro: ellos programan las funciones cognitivas de su ordenador subconsciente.

El subconsciente es un mecanismo integrador. La mente consciente del hombre observa y establece conexiones entre sus experiencias; el subconsciente integra esas conexiones y las convierte en automáticas. Por ejemplo, la habilidad de andar es adquirida, después de muchos intentos fallidos, al automatizar las innumerables conexiones que controlan los movimientos musculares; pero una vez que aprende a caminar, el niño ya no necesita ser consciente de problemas tales como postura, equilibrio, longitud de su paso, etc.; la mera decisión de andar pone ese todo integrado bajo su control.

El desarrollo cognitivo de una mente conlleva un proceso continuo de automatización. Por ejemplo, tú no puedes percibir una mesa como la percibe un niño pequeño: como un objeto misterioso con cuatro patas. La percibes como una mesa, es decir, como una pieza de mobiliario hecha por el hombre, sirviendo un cierto objetivo, perteneciendo a la habitación humana, etc.; no puedes separar esos atributos de tu visión de la mesa, la percibes como un todo único e indivisible, y sin embargo lo único que ves es un objeto de cuatro patas; el resto es la integración automatizada de una enorme cantidad de conocimiento conceptual que en su día tuviste que aprender poco a poco. Lo mismo es cierto de todo lo que percibes o experimentas; como adulto, no puedes percibir o experimentar en un vacío, lo haces siempre en un cierto contexto automatizado; y la eficiencia de tus operaciones mentales depende del tipo de contexto que tu subconsciente ha automatizado.

“Aprender a hablar es un proceso de automatizar el uso (es decir, el significado y la aplicación) de conceptos. Es más: cualquier aprendizaje implica un proceso de automatización, es decir, primero de adquirir conocimiento a través de una atención y observación totalmente consciente y enfocada, y luego de establecer conexiones mentales que hacen que ese conocimiento se vuelva automático (disponible instantáneamente como contexto), liberando así la mente del hombre para perseguir un conocimiento cada vez más complejo” (Introducción a la Epistemología Objetivista).

El proceso de formar, integrar y usar conceptos no es un proceso automático, sino volitivo; es decir, es un proceso que usa material tanto nuevo como automatizado, pero un proceso dirigido volitivamente. No es una habilidad innata, sino adquirida; tiene que ser aprendida – es la parte más crucialmente importante del aprendizaje – y todas las demás capacidades del hombre dependen de lo bien o mal que la aprenda.

Esa habilidad no forma parte del contenido específico del conocimiento de un hombre en una edad concreta, sino del método a través del cual él adquiere y organiza el conocimiento: el método a través del cual su mente lidia con ese contenido. El método programa su ordenador subconsciente, determinando la eficiencia, la laxitud o el desastre con los que funcionarán sus procesos cognitivos. La programación del subconsciente del hombre consiste en el tipo de hábitos cognitivos que el hombre adquiere; esos hábitos constituyen su psico-epistemología.

Son las primeras experiencias, observaciones y conclusiones subverbales de un niño las que determinan esa programación. A partir de ahí, la interacción entre contenido y método establece una cierta reciprocidad: el método de adquirir conocimiento afecta a su contenido, el cual a su vez afecta a un mayor desarrollo del método, y viceversa.

En el flujo de incontables impresiones y conclusiones pasajeras de un niño, las cruciales son las que pertenecen a la naturaleza del mundo a su alrededor, y a la eficacia de sus esfuerzos mentales. Las palabras que nombrarían la esencia de ese largo proceso sin palabras que tiene lugar en la mente de un niño son dos preguntas: “¿Dónde estoy?”, y “¿Vale la pena?”.

La respuestas del niño no se materializan en palabras: se materializan en forma de ciertas reacciones que se vuelven habituales, o sea, automatizadas. Él no concluye que el universo es “benevolente” y que pensar es importante; desarrolla una curiosidad entusiasta con cada nueva experiencia, y un deseo de entenderla. Subconscientemente, en términos de procesos mentales automatizados, desarrolla el equivalente implícito a dos premisas fundamentales que son las piedras angulares de su futuro sentido de vida, o sea, de su metafísica y de su epistemología, mucho antes de ser capaz de entender tales conceptos conscientemente.

¿Concluye el niño que el mundo es inteligible, y procede a expandir su entendimiento a través del esfuerzo de conceptualizar a una escala cada vez mayor, con creciente éxito y disfrute? ¿ O concluye que el mundo es un caos desconcertante, donde el hecho que él capta hoy es invalidado mañana, donde cuanto más ve más impotente se vuelve, y consiguientemente se retira al sótano de su propia mente, cerrando la puerta? ¿Alcanza el niño la etapa de auto-consciencia, es decir, consigue comprender la diferencia entre consciencia y existencia, entre su mente y el mundo externo, lo cual le lleva a entender que la tarea de la primera es percibir el segundo, lo cual le lleva a desarrollar su facultad crítica y de control sobre sus operaciones mentales? ¿O permanece en un aturdimiento indeterminado, nunca seguro de si está sintiendo o percibiendo, o de dónde termina lo uno y comienza lo otro, lo cual le lleva a sentirse atrapado entre dos estados de flujo ininteligibles: un caos interno y un caos externo? ¿Aprende el niño a identificar, a categorizar, a integrar sus experiencias, y de esa forma a adquirir la auto-confianza necesaria para desarrollar una visión a largo plazo? ¿O no aprende a ver nada más que el momento inmediato y las emociones que esas experiencias le generan, nunca aventurándose a mirar más allá, nunca estableciendo ningún contexto excepto el emocional, lo cual le lleva finalmente a una etapa en la que, bajo la presión de cualquier emoción fuerte, su mente se desintegra y la realidad se desvanece?

Son esos tipos de preguntas y respuestas los que programan la mente de un niño en sus primeros años de vida, conforme su subconsciente va automatizando un conjunto u otro de hábitos cognitivos (psico-epistemológicos), o un continuo de grados de mezclas precarias entre ambos extremos.

El resultado final es que, aproximadamente a los siete años, el niño adquiere la capacidad de desarrollar un vasto contexto conceptual que acompañará e iluminará todas sus experiencias, creando una cadena siempre creciente de conexiones automatizadas, expandiendo el poder de su inteligencia con cada año de su vida. . . o se marchita a medida que su mente encoge, dejando sólo una vaga ansiedad en el vacío que debería haber sido colmado por su cerebro en desarrollo.

Inteligencia es la capacidad de lidiar con una amplia gama de abstracciones. Sea cual sea la dotación natural de un niño, el uso de su inteligencia es una habilidad adquirida. Tiene que ser adquirida por el propio esfuerzo del niño y automatizada por su propia mente, pero los adultos pueden o bien ayudarle o bien obstaculizarle en ese proceso crucial. Ellos pueden colocarle en un entorno que le provea con evidencias de un mundo inteligible, estable y consistente que desafía y recompensa sus esfuerzos por entender; o en un entorno donde nada se conecta a nada, nada se mantiene el tiempo suficiente para ser comprendido, nada es respondido, nada es cierto, donde lo incomprensible y lo impredecible acechan detrás de cada esquina y le golpean en cualquier momento al azar. Los adultos pueden acelerar o dificultar, retrasar, y tal vez incluso destruir el desarrollo de su facultad conceptual.

El propio manual de la Dra. Montessori (Dr. Montessori´s Own Handbook) indica la naturaleza y el alcance de la ayuda que un niño necesita desde el momento en que entra en una guardería. Él ha aprendido a identificar objetos; no ha aprendido a abstraer atributos, o sea, a identificar conscientemente cosas tales como altura, peso, color o número. Apenas ha adquirido la habilidad de hablar; aún no es capaz de captar la naturaleza de esa habilidad tan sorprendente para él, y necesita entrenarla para poder usarla correctamente (es decir, entrenamiento en conceptualización).

Es el entrenamiento psico-epistemológico lo que la Dra. Montessori tenía en mente (aunque ese término no es suyo) cuando escribió lo siguiente sobre su método:

“El material didáctico, de hecho, no le da al niño el ´contenido´ de su mente, sino el orden de ese contenido… La mente se ha formado a sí misma a través de un ejercicio especial de atención, observación, comparación y clasificación.

“La actitud mental adquirida con ese ejercicio le lleva al niño a hacer observaciones ordenadas en su entorno, observaciones que le resultan tan interesantes como si fuesen descubrimientos, estimulándole así a multiplicarlas indefinidamente y a formar en su mente un ´contenido´ rico en ideas claras.

“El lenguaje ahora viene a fijar por medio de palabras exactas las ideas que la mente ha adquirido… De ese modo, los niños son capaces de ´encontrarse a sí mismos´, tanto en el mundo de las cosas naturales como en el mundo de los objetos y de las palabras que les rodean, pues ahora tienen una guía interna que les lleva a convertirse en exploradores activos e inteligentes, en vez de en viajeros errantes en un terreno desconocido” (María Montessori, Dr. Montessori´s Own Handbook, New York, Schocken Books, 1965, pp. 137-138).

El uso (disciplinado y centrado en un objetivo) de su inteligencia es el logro más elevado posible para el hombre: es lo que le hace humano. Cuanto mayor la habilidad, más temprano en la vida debería comenzar su aprendizaje. Lo mismo ocurre a la inversa, para quienes tratan de sofocar el potencial humano. Para tener éxito cuando uno quiere causar la atrofia de la inteligencia, ese estado de estupidez creado por el hombre, uno debe conseguir a la víctima cuanto antes; un enano mental debe ser iniciado cuando es pequeño. He ahí el arte y la ciencia practicados por los comprachicos de la mente.

A la edad de tres años, cuando su mente es casi tan plástica como sus huesos, cuando su necesidad y su deseo de saber son más intensos de lo que jamás volverán a ser, el niño es lanzado – por una guardería progresista – en pleno centro de una manada de niños tan impotentemente ignorantes como él. No sólo le han dejado sin guía cognitiva, sino que ahora activamente le desaniman y le impiden que persiga tareas cognitivas. Él quiere aprender; le dicen que juegue. ¿Por qué? No dan respuesta. Le hacen entender – a través de las vibraciones emocionales que permean la atmósfera del lugar, por todos los medios crudos o sutiles disponibles para los adultos a quien él no puede entender – que la cosa más importante en este mundo peculiar no es saber, sino llevarse bien con la manada. ¿Por qué? No dan respuesta.

Él no sabe qué hacer; le dicen que haga cualquier cosa que le apetezca. Coge un juguete; le es arrebatado por otro niño; le dicen que debe aprender a compartir. ¿Por qué? No dan respuesta. Se sienta él solo en una esquina; le dicen que debe unirse a los otros. ¿Por qué? No dan respuesta. Se acerca a un grupo, va a coger sus juguetes y le dan un puñetazo en la nariz. Llora, en airado desconcierto; la profesora lanza sus brazos alrededor de él y se deshace efusivamente diciéndole que ella le ama.

Los animales, los bebés y los niños pequeños son sumamente sensibles a las vibraciones emocionales: ese es su principal medio de conocimiento. Un niño pequeño siente si las emociones de un adulto son auténticas, y capta instantáneamente vibraciones de hipocresía. La actitud artificial de la profesora cuando está cerca de la cuna – la sonrisa rígida, el tono de voz arrullador, las manos atenazadas, los ojos ciegos fríamente desenfocados – todo eso se resume en la mente de un niño en una palabra que pronto aprenderá: falso. Él sabe que es un disfraz; un disfraz esconde algo; y lo que siente es sospechas. . . y miedo.

Un niño pequeño tiene una superficial curiosidad por otros niños de su edad, no está particularmente interesado en ellos. En su interacción diaria, ellos simplemente le desconciertan. Él no está buscando iguales, sino personas cognitivamente superiores a él, personas que sepan. Puedes observar que los niños más pequeños prefieren la compañía de niños mayores que ellos, o de adultos, que adoran al héroe e intentan emular a un hermano o a una hermana mayor. Un niño necesita alcanzar cierto desarrollo, un sentido de su propia identidad, antes de poder disfrutar de la compañía de sus “iguales”. Pero es lanzado en medio de ellos, y le dicen que se adapte.

Adaptarse, ¿a qué? A lo que sea. A la crueldad, a la injusticia, a la ceguera, a la estupidez, a la cursilería, al desaire, a la burla, a la traición, a las mentiras, a las exigencias incomprensibles, a los favores indeseados, a los afectos irritantes, a las hostilidades no provocadas. . . y a la presencia abrumadora y asfixiante del Capricho como regidor de todo. (¿Por qué esas cosas, y nada mejor? Porque esos son los mecanismos protectores de los niños débiles, asustados e inmaduros a quienes les dejan sin guía y les ordenan actuar como una pandilla. Acciones mejores que esas requieren pensamiento.)

Un niño de tres años que ha sido lanzado al poder de una manada de otros niños de su edad está mucho peor que un zorro lanzado en medio de una manada de perros de caza: el zorro, por lo menos, es libre de salir corriendo; del niño de tres años se espera que corteje a los perros y se gane su amor mientras lo despedazan.

Al cabo de un tiempo, se adapta. Entiende la naturaleza del juego – sin palabras, por repetición, imitación y ósmosis emocional – mucho antes de poder formar los conceptos para identificarla.

Aprende a no cuestionar la supremacía de la manada. Descubre que tales cuestiones son tabú en algún sentido temible y sobrenatural; la respuesta es un conjuro vibrando con las insinuaciones de una maldición, sugiriendo que él es culpable de alguna maldad innata e incorregible: “No seas egoísta”. De esa forma adquiere una duda en sí mismo, antes incluso de ser completamente consciente de lo que significa ese “sí mismo”.

Él aprende que, independientemente de su acción – sea correcta o incorrecta, honesta o deshonesta, lógica o absurda – si la manada la rechaza, entonces él está equivocado y su deseo quedará frustrado; si la manada la aprueba, entonces cualquier cosa vale. Así, el embrión de su concepto de moralidad se atrofia incluso antes de nacer.

Él aprende que es inútil iniciar cualquier proyecto duradero que sea suyo propio – como construir un castillo con bloques – porque ese proyecto será confiscado o destruido por otros. Aprende que cualquier cosa que desee, más le vale agarrarla hoy, porque no hay forma de saber lo que la manada decidirá mañana. Así, su búsqueda a tientas de un sentido de continuidad temporal – de la realidad del futuro – es atrofiada, reduciendo su consciencia y su interés al rango del momento inmediato. Él es capaz de (y está motivado a) percibir el presente; es incapaz de (y no está motivado a) recordar el pasado o proyectar el futuro.

Pero incluso el presente es socavado. La fantasía es un lujo peligroso, el cual sólo quienes han captado la distinción entre lo real y lo imaginario pueden permitirse. Desconectado de la realidad, la cual no ha aprendido totalmente a comprender, él es empujado a un mundo de juegos de imaginación. Puede sentirse ligeramente incómodo al principio – para él no es imaginar, es mentir – pero acaba perdiendo esa distinción y entrando en el juego. Cuanto más extremas son sus fantasías, más calurosa es la aprobación y la atención por parte de la profesora; sus dudas son intangibles, la aprobación es real. Él empieza a creerse sus propias fantasías. ¿Cómo puede estar seguro de lo que es verdad o no, de lo que está ahí afuera y lo que está sólo en su mente? Así, nunca adquiere una distinción firme entre existencia y consciencia: su precario asidero a la realidad es sacudido, y sus procesos cognitivos son subvertidos.

Su deseo de saber muere lentamente; no lo matan, simplemente se desvanece y desaparece. ¿Para qué molestarse en enfrentar problemas si pueden ser resueltos con fantasías? ¿Por qué luchar para descubrir el mundo, si tú puedes hacer que se convierta en lo que tú desees, con sólo desear?

Su problema es que ese “sólo desear” también parece desvanecerse. El niño no tiene nada con lo que guiarse, excepto sus emociones, pero tiene miedo de sentir. La profesora le anima a auto-expresarse, pero él sabe que eso es una trampa: le están sometiendo a juicio ante la manada, para ver si encaja o no. De alguna forma él percibe que constantemente se espera que sienta algo; pero no siente nada, sólo miedo, confusión, impotencia y aburrimiento. De alguna forma él se da cuenta de que esas cosas no debe expresarlas, que algo hay errado con él por tener esas emociones, puesto que ninguno de los otros niños parece tenerlas. (El hecho de que ellos estén pasando por el mismo proceso es algo más allá de su capacidad de entender). Ellos parecen sentirse en casa, él es el único anormal y el único paria.

Por lo tanto, aprende a ocultar sus sentimientos, a fingirlos, a disimular, a evadir, a reprimir. Cuanto más fuerte es su miedo, más agresivo su comportamiento; cuanto más inciertas son sus afirmaciones, más alta es su voz. Él pasa fácilmente de fingir a la habilidad de pretender hacerlo. Lo hace con la vaga intención de protegerse a sí mismo, en base a la conclusión no verbal de que la manada no le causará daño si él nunca descubre lo que siente. Él no tiene ni los medios ni el valor para entender que no son los sentimientos malos que él tiene, sino los buenos, los que quiere proteger de la manada; son sus sentimientos sobre cualquier cosa importante para él, sobre cualquier cosa que ama, o sea, sobre los primeros vestigios de sus valores.

Tiene tanto éxito ocultando sus emociones y sus valores de los demás, que acaba ocultándolos también de sí mismo. Su subconsciente automatiza ese acto, que es lo único que el niño le da para que automatice. (Años más tarde, en una “crisis de identidad”, descubrirá que no hay nada detrás de ese acto, que su máscara está protegiendo un vacío.) De ese modo, su capacidad emocional es atrofiada y, en vez de “espontaneidad” o libertad emocional, lo que adquiere son los gélidos desechos de la represión.

No tiene cómo saber a través de qué pasos imperceptibles él, también, ha acabado convirtiéndose en un farsante.

Ahora está listo para descubrir que no necesita apostar por la aprobación impredecible de ese poder intangible y omnipotente que él es incapaz de nombrar, pero que siente a todo su alrededor: la llamada “voluntad de la manada”. Descubre que hay formas de manipular la omnipotencia de esa voluntad. Él observa que algunos niños se las arreglan para imponer sus deseos sobre la manada, pero sin jamás decirlo abiertamente; observa que la voluntad cambiante de la manada no es tan misteriosa como parecía al principio, y que está impulsada por una lucha silenciosa de voluntades entre quienes compiten por el papel de líderes de la manada.

¿Cómo lucha uno en tal competición? Él no sabe cómo – la respuesta exigiría un conocimiento conceptual – pero aprende haciéndolo: halagando, amenazando, engatusando, intimidando, sobornando y engañando a los miembros de la manada. ¿Qué tácticas usa uno, cuándo, y sobre quién? No tiene cómo saberlo, es algo que hay que hacer por “instinto” (es decir, por conexiones sin nombre que han sido automatizadas en su mente). ¿Qué gana él de esa lucha? No tiene cómo saberlo. Hace mucho tiempo que olvidó por qué la empezó, tal vez porque tuvo algún deseo específico que lograr, o por venganza o frustración o falta de rumbo. Él tiene la leve sensación de que no podría haber hecho nada diferente.

Sus propias emociones ahora van de un lado a otro de forma impredecible, alternando entre accesos caprichosos de dominación, y períodos de indiferencia pasiva y sumisa, que él sólo puede identificar como ¿“Qué más da?”. Él no ve contradicción entre sus maniobras cínicas y su miedo inalterado a la manada: las primeras están motivadas por el segundo, y lo refuerzan. La voluntad de la manada ha sido internalizada: sus emociones inexplicables se convierten en prueba de su propia omnipotencia.

El tema, para él, ahora es metafísico. Su subconsciente está programado, sus fundamentos están establecidos. Por medio de integraciones sin palabras en su cerebro, la forma sin rostro e intangible de la manada ahora se interpone entre él y la realidad, siendo la voluntad de la manada el poder dominante. Él está “adaptado”.

¿Es esa su idea consciente? No, no lo es: él está completamente dominado por su subconsciente. ¿Es una convicción razonada? No, no lo es: él no ha descubierto la razón. Un niño necesita períodos de privacidad para aprender a pensar. Él ha tenido menos privacidad en esa guardería progresista que un convicto tiene en un campo de concentración lleno de gente. No ha tenido privacidad ni siquiera para sus actividades de aseo, y mucho menos para una actividad tan antisocial como es la formación de conceptos.

Él no ha adquirido ningún incentivo, ni ningún motivo, para desarrollar su intelecto. ¿Qué importancia puede tener para él la realidad, si su destino depende de la manada? ¿Qué importancia tiene el pensamiento, cuando la totalidad de su energía y de su atención mental han sido entrenadas a centrarse en detectar las vibraciones emocionales de la manada? La realidad, para él, ha dejado de ser un desafío emocionante, y ha pasado a ser una amenaza oscura e incognoscible que evoca una emoción que él no tenía cuando empezó: una sensación, no de ignorancia, sino de fracaso; no de debilidad, sino de impotencia: un sentido de que su propia mente funciona mal. La manada es el único reino que él conoce donde se siente en casa; necesita su protección y su respaldo; el arte de la manipulación humana es la única habilidad que ha adquirido.

Pero humildad y hostilidad son dos caras de la misma moneda. Una hostilidad abrumadora hacia todos los hombres es su emoción básica, su contexto automático para el concepto “hombre”. Cualquier extraño que conoce es una amenaza potencial – un miembro de esa entidad mística, “los otros”, que le controla a él – un enemigo a quien él tiene que apaciguar y engañar.

¿Qué fue de su inteligencia potencial? Todas las condiciones previas necesarias para su uso han sido atrofiadas; todo puntal sustentando su mente ha sido sesgado: él no tiene confianza en sí mismo, no tiene ningún concepto de sí mismo, ningún sentido de moralidad, ningún sentido de continuidad temporal, ninguna capacidad para proyectar el futuro, ninguna capacidad para captar, integrar, o aplicar abstracciones, ninguna distinción clara entre existencia y consciencia; y no tiene valores, pues el mecanismo de represión ha paralizado su capacidad de valorar.

Si cualquiera de esos hábitos mentales sería suficiente para perjudicar su mente, más aún lo es el peso de la totalidad, de ese resultado deseado por un sistema concebido para invalidar su facultad racional.

A la edad de cinco años y medio el niño está listo para ser liberado al mundo: es una criatura impotente, incapaz de pensar, incapaz de enfrentar la realidad o de lidiar con ella, es una criatura que combina arrogancia y miedo, que puede recitar lecciones memorizadas pero no puede entenderlas; es una criatura privada de sus medios de supervivencia, condenada a cojear o tropezar o arrastrarse por la vida en busca de algún alivio innombrable para un dolor crónico, innombrable e incomprensible.

Ahora se puede romper el jarrón: el monstruo está hecho. Los comprachicos de la mente han realizado la cirugía básica y han retorcido los cables – las conexiones – en su cerebro. Pero su trabajo no ha sido completado; acaba de empezar.

Parte II

¿Es irreparable el daño hecho a la mente de un niño por una guardería progresista?

La evidencia científica indica que lo es en al menos un aspecto: el tiempo perdido en retrasar el desarrollo cognitivo de un niño no puede ser recuperado. Las últimas investigaciones sobre el tema muestran que un niño cuyo entrenamiento cognitivo inicial ha sido descuidado nunca se pondrá al nivel – en cuanto a su progreso intelectual – de un niño debidamente entrenado que tenga más o menos la misma inteligencia (en la medida en que esta última puede ser estimada). Por lo tanto, a todos los alumnos de una guardería progresista les han robado su pleno potencial, y su desarrollo adicional es dificultado, ralentizado, hecho mucho más difícil.

Pero la guardería progresista no ignora meramente el entrenamiento cognitivo que el niño necesita en sus primeros años: sofoca su desarrollo normal. Condiciona su mente a un método anti-conceptual de funcionamiento que paraliza su facultad racional.

¿Puede el daño ser corregido, o está condenado el niño a una vida de impotencia conceptual?

Esa es una cuestión sin resolver. No es posible dar ninguna respuesta definitiva a partir del actual nivel de conocimiento.

Sabemos que los huesos de un niño no están totalmente formados al nacer: son blandos y flexibles hasta una cierta edad, y luego van endureciéndose gradualmente hasta adquirir su forma definitiva. Hay una alta probabilidad de que lo mismo sea verdad de la mente de un niño: está vacía y es flexible al nacer, pero su programación temprana puede tornarse indeleble al llegar a un cierto punto. El cuerpo tiene su propio calendario de desarrollo, y lo mismo, quizás, tenga la mente. Si algunas habilidades complejas no se adquieren al llegar a una cierta edad, puede ser demasiado tarde adquirirlas después. Pero la mente tiene un abanico de posibilidades más amplio, y una mayor capacidad de recuperación, porque su facultad volitiva le da poder para controlar sus operaciones.

Volición, sin embargo, no significa no-identidad; no significa que uno pueda usar mal su propia mente indefinidamente sin sufrir un daño permanente. Pero sí significa que, en la medida en que un niño no esté mentalmente enfermo, tiene el poder de corregir muchos defectos en su funcionamiento mental, y muchos daños, sean auto inflingidos o le vengan impuestos desde fuera. Los últimos son más fáciles de corregir que los primeros.

La evidencia indica que algunos alumnos de las guarderías progresistas se recuperan y otros no, y que su recuperación depende del grado de su “no-adaptación”, es decir, del grado en que rechazan el condicionamiento de la escuela. Por “recuperación” me refiero al desarrollo futuro de una psico-epistemología racional, es decir, de la habilidad de tratar con la realidad a través de conocimiento conceptual.

Son los pequeños “inadaptados” quienes tienen la mayor posibilidad de recuperarse: son los niños que no se adaptan, los niños que aguantan tres años de miseria agonizante, de soledad, de confusión, de abuso por parte de sus profesores y de sus “iguales”, pero se mantienen por encima de todo eso y se retiran, incapaces de rendirse, de falsear, armados sólo con la sensación de que hay algo malo con esa guardería progresista.

Esos son los “niños problemáticos”, a quienes periódicamente se les hace pasar por la tortura de las quejas de los profesores a sus padres, y por la impotente desesperación de ver a sus padres ponerse del lado de los torturadores. Algunos de esos niños son violentamente rebeldes; otros son aparentemente tímidos y pasivos, pero están fuera del alcance de cualquier presión o influencia. Sea cual sea su forma concreta de aguantar lo inaguantable, lo que todos ellos tienen en común es la incapacidad para adaptarse, es decir, para aceptar la autoridad intelectual de la manada. (No todos los “inadaptados” pertenecen a esa categoría; hay niños que rechazan la manada por razones totalmente diferentes, como por ejemplo un ansia de poder frustrada.)

Los inconformistas son pequeños mártires heroicos a quienes nadie les da crédito (ni siquiera ellos mismos, pues no pueden identificar la naturaleza de su batalla). Carecen del conocimiento conceptual o de la habilidad introspectiva para entender que no son capaces de aceptar nada sin comprenderlo, ni quieren hacerlo, y que están basándose en la soberanía de su propio juicio frente a la espantosa presión de todos a su alrededor.

Esos niños no tienen cómo saber que por lo que están luchando es por la integridad de sus propias mentes, y que saldrán de esas escuelas con muchos problemas, magullados, retorcidos, asustados, desanimados o amargados, pero que su facultad racional es la que habrán conseguido salvar. Los pequeños manipuladores, los pequeños líderes de la manada que se han “adaptado”, ellos no lo conseguirán.

Los manipuladores, en efecto, se han vendido: han aceptado la aprobación de la manada y / o el poder sobre la manada como un valor, a cambio de rendir su juicio. Falsificar la realidad a una edad en la que uno no ha aprendido totalmente a comprenderla – automatizar la técnica de engañar cuando uno no ha automatizado aún la técnica de percibir – es hacer algo extremadamente peligroso con la propia mente. Y es muy dudoso si ese tipo de prioridad puede alguna vez ser revertido.

Los pequeños manipuladores adquieren un compromiso personal con la evasión. Cuanto más tiempo practican sus políticas, mayor es su miedo a la realidad, y menor es su oportunidad de revivir alguna vez el deseo de enfrentarla, de saber, de comprender.

El principio implicado es claro a nivel adulto: cuando los hombres están atrapados bajo el poder de una enorme maldad – como bajo la dictadura soviética o nazi – quienes están dispuestos a sufrir como víctimas indefensas en vez de hacer tratos con el mal tienen una buena posibilidad de recuperar su salud psicológica; pero no quienes se unen a la G.P.U., o a la S.S.

Aunque la mayor parte de la culpa pertenezca a sus profesores, el pequeño manipulador no es del todo inocente. Él es demasiado joven para entender la inmoralidad de su rumbo, pero la naturaleza le da una advertencia emocional: él no se gusta a sí mismo cuando se dedica a engañar; se siente sucio, indigno, impuro. Esa protesta de una consciencia violada tiene el mismo objetivo que el dolor físico: es la advertencia de un fallo peligroso, o de un daño. Nadie puede forzar a un niño a ignorar una advertencia así; si lo hace, si decide colocar algún valor por encima de su propio sentido de sí mismo, lo que está matando poco a poco es su autoestima. Después de eso, queda sin motivación para corregir su psico-epistemología; él tiene razón en temerle a la razón, a la realidad y a la verdad; todo su mecanismo emocional está automatizado para actuar como una defensa contra ellas.

La mayoría de los alumnos de las guarderías progresistas representan una mezcla de elementos psicológicos en un continuo que va desde el inconformista al manipulador. Su desarrollo futuro depende en gran parte de la naturaleza de su educación futura. Las guarderías progresistas les han enseñado el método errado de funcionamiento mental; ahora se espera de ellos que empiecen a adquirir contenido mental, es decir, ideas, con cualesquiera medios que posean.

Los educadores modernos – los comprachicos de la mente – están listos para la segunda etapa de su tarea: adoctrinar a los niños con los tipos de ideas que harán su recuperación intelectual improbable, si no imposible; y hacerlo con el tipo de método que continúa y refuerza el condicionamiento que comenzó en la guardería. El programa está concebido para atrofiar las mentes de quienes lograron sobrevivir la primera etapa con algunos remanentes de capacidad racional, y para paralizar a quienes fueron lo bastante afortunados de no ser enviados a una guardería progresista. En términos de comprachicos, este programa significa: seguir rompiendo las costras de las heridas dejadas por la cirugía original, y seguir infectando las heridas hasta quebrantar la mente y el espíritu del niño.

Atrofiar una mente significa detener su desarrollo conceptual, su poder para usar abstracciones, y mantenerla en un método de funcionamiento perceptual y limitado a lo concreto.

John Dewey, el padre de la educación moderna (que incluye las guarderías progresistas), se opuso a la enseñanza del conocimiento teórico (es decir, conceptual), y exigió que fuese reemplazado por acción concreta, “práctica”, en forma de “proyectos de clase” que desarrollarían el espíritu social de los estudiantes.

“Simplemente absorber hechos y verdades”, escribió, “es un ´asunto´ tan exclusivamente individual que muy naturalmente tiende a convertirse en egoísmo. No hay ningún motivo social obvio para la adquisición de simple conocimiento, no hay ninguna ganancia social clara para el éxito con eso.” (John Dewey, The School and Society, Chicago, The University of Chicago Press, 1956, page 13).

Esto es verdad: la percepción de la realidad, aprender los hechos, la capacidad de distinguir verdad de falsedad, todas ellas son capacidades exclusivamente individuales; la mente es un “asunto” exclusivamente individual; no hay tal cosa como un cerebro colectivo. Y la integridad intelectual – negarse a sacrificar la propia mente y el propio conocimiento de la verdad a cualquier presión social – es una actitud profundamente y apropiadamente egoísta.

El objetivo de la educación moderna es paralizar, sofocar y destruir tanto la capacidad del estudiante de desarrollar esa actitud como sus precondiciones conceptuales y psico-epistemológicas.

Hay dos métodos diferentes para aprender: memorizar y comprender. El primero pertenece primariamente al nivel perceptual de la consciencia humana; el segundo, al conceptual.

El primero se logra por medio de repetición y asociación atada a lo concreto (un proceso en el que un concreto sensorial lleva automáticamente a otro, sin tener en cuenta el contenido o el significado.) La mejor ilustración de ese proceso es una canción que era popular hace unos veinte años llamada “Mairzy Doats”. Intenta recordar alguna poesía que tuviste que memorizar en la escuela primaria; te darás cuenta que puedes recordarla sólo si recitas los sonidos automáticamente, por el método “Mairzy Doats”; si te centras en el significado, la memoria se desvanece. Esa forma de aprendizaje la comparten con el hombre los animales superiores: todo amaestramiento consiste en hacer que el animal memorice una serie de acciones por repetición y asociación.

El segundo método de aprendizaje – por un proceso de comprensión – le es posible sólo al hombre. Comprender significa concentrarse en el contenido de un asunto determinado (en contraste a la forma senso-visual o auditiva a través de la cual se comunica), aislar sus elementos esenciales, establecer su relación con lo anteriormente conocido, e integrarlo con las categorías correspondientes de otros asuntos. La integración es parte esencial de la comprensión.

El predominio de la memorización es apropiado sólo en los pocos primeros años de la educación de un niño, mientra él está observando y reuniendo material perceptual. A partir del momento en que alcanza el nivel conceptual (o sea, del momento en que aprende a hablar), su educación requiere una escala cada vez mayor de comprensión, y cantidades cada vez menores de memorización.

Así como los educadores modernos proclaman la importancia de desarrollar la individualidad del niño, y sin embargo lo entrenan para que se someta a la manada, también ellos denuncian la memorización, y sin embargo su método de enseñanza ignora los requerimientos del desarrollo conceptual y reduce el aprendizaje básicamente a un proceso de memorizar. Para captar lo que eso le causa a la mente de un niño, imagina lo que pasaría con el cuerpo de un niño si a los siete años no se le permitiese andar, sino que se le exigiese gatear a trompicones como un bebé.

La técnica de los comprachicos comienza en la base. El gran logro de un niño al aprender a hablar es socavado y prácticamente anulado por el método usado al enseñarle a leer. El método “pictográfico” (“Look-See”) sustituye al método fonético – que le enseña al niño a tratar letras y sonidos como abstracciones – por la memorización atada a lo concreto con las formas visuales de palabras. La absurda memorización de tal vasta cantidad de material sensorial crea una presión anormal en la capacidad mental del niño, pues es un peso que realmente no puede ser retenido, integrado o automatizado. El resultado es una “neurosis lectora”, la incapacidad para aprender a leer – muy generalizada – entre los niños, incluso entre muchos de inteligencia superior a la media, una neurosis que no existía antes de que fuese introducido el método “pictográfico”. (Si la iluminación y el bienestar de los niños fuese la meta de los educadores modernos, la frecuencia de esa neurosis les habría hecho comprobar y revisar sus teorías educativas, pero no ha sido así.)

El resultado final es el enorme número de estudiantes medio-analfabetos del primer año de facultad que son incapaces de leer un libro (en el sentido de entender su contenido, no sólo de mirar sus páginas) o de escribir un ensayo, o de deletrear correctamente, o incluso de hablar coherentemente, lo cual es causado por la incapacidad de organizar sus pensamientos, si es que tienen alguno.

Aplicada al material conceptual, la memorización es el destructor psico-epistemológico de la comprensión y de la capacidad de pensar. Pero durante sus años de escuela primaria y secundaria, memorizar llega a ser el método dominante (y, en algunos casos, virtualmente el único) de funcionamiento mental. No hay otra forma de lidiar con el currículum de las escuelas, que consiste principalmente en trozos de temas al azar, desordenados, desintegrados (e inintegrables), sin contexto, continuidad o progresión sistemática.

El material que se enseña en una clase no tiene relación con, y frecuentemente contradice, el material que se enseña en otra. El remedio, introducido por los educadores modernos, es peor que la enfermedad, y consiste en el siguiente procedimiento: se escoge un tema al azar por un período de tiempo determinado, durante el cual cada profesor presenta su materia en relación a ese tema, sin contexto ni preparación previa. Por ejemplo, si el tema es “zapatos”, el profesor de física habla de la maquinaria requerida para fabricar zapatos, el profesor de química habla del curtido del cuero, el profesor de economía habla de la producción y el consumo de zapatos, el profesor de matemáticas plantea problemas sobre cómo calcular los costes de los zapatos, el profesor de lengua lee cuentos que tienen que ver con zapatos (o con el problema de los descalzos), etc.

Eso sustituye la integración conceptual del contenido de una disciplina por otra cosa: por el concreto accidental de un “tema” arbitrariamente seleccionado, condicionando así las mentes de los estudiantes al método de funcionamiento asociativo y atado a lo concreto, cuando en realidad están tratando con material conceptual. El conocimiento adquirido de ese modo no puede ser retenido más allá del próximo examen, y a veces ni siquiera eso.

El adoctrinamiento de los niños con ese espíritu de pandilla – bajo la categoría de “adaptación social” – es presentado abierta y explícitamente. La supremacía de la manada es taladrada, hincada y forzada en la mente del estudiante por todos los medios al alcance de los comprachicos de la clase, incluyendo la despreciable política de evaluar a los estudiantes según su adaptabilidad social (bajo varias fórmulas). Ningún método de evaluación mejor que ese podría haber sido concebido para destruir la individualidad de un niño y convertirlo en un pequeño conformista estancado, para atrofiar su sentido aún no formado de identidad personal y hacer que se funda en una pandilla anónima, para penalizar a los mejores, más honestos y más inteligentes niños en la clase, y para recompensar a los peores, a los apagados, a los letárgicos y a los deshonestos.

Aún más malvado (por ser más esencial) es el método de enseñar a través de “discusión”, que es usado con más frecuencia en las humanidades que en las ciencias físicas, por obvias razones. Siguiendo ese método, el profesor se abstiene de dar clase y meramente preside una discusión general o “charla de grupo”, mientras los estudiantes expresan sus “opiniones” sobre el tema objeto de estudio, el cual ellos no conocen y el cual han venido a la escuela a aprender. Lo que esas sesiones producen en las mentes de los estudiantes es un aburrimiento insoportable.

Pero todo eso es mucho peor que una simple pérdida de tiempo para los estudiantes. Les están enseñando algunas cosas cruciales, aunque no es la materia que parece ser el objeto de estudio. Les están dando una lección en metafísica y en epistemología. Les están enseñando, por implicación, que no existe tal cosa como una realidad firme y objetiva que la mente del hombre debe aprender a percibir correctamente; que la realidad es un flujo indeterminado y que puede ser cualquier cosa que la manada quiere que sea; que la verdad o falsedad está determinada por el voto de la mayoría. Y más: que el conocimiento es innecesario e irrelevante, puesto que las opiniones del profesor no tienen mayor validez que la oratoria del estudiante más obtuso e ignorante; y, por lo tanto, que la razón, el pensamiento, la inteligencia y la educación no tienen importancia ni valor. En la medida en que el estudiante absorbe esas nociones, ¿qué incentivo tendría para continuar su educación y desarrollar su mente? La respuesta puede verse hoy en cualquier campus universitario.

En cuanto al contenido de los cursos en las escuelas primarias y secundarias, el adoctrinamiento anti-racional se implementa en forma de material sesgado, distorsionado, en forma de eslóganes místicos, altruistas y colectivistas, de propaganda por la supremacía de las emociones sobre la razón; pero eso es meramente un proceso para aprovechar la devastación provocada en la psico-epistemología de los niños. La mayoría de los estudiantes se gradúan como pequeños colectivistas en toda regla, recitando el dogma apropiado, aunque uno no pueda decir que eso representa sus convicciones. La verdad es mucho peor: ellos son incapaces de mantener ninguna convicción de ningún tipo, y gravitan hacia el colectivismo porque es lo que han memorizado, y también porque uno no apela a la razón y a la independencia por miedo, impotencia y desconfianza en sí mismo.

Parte III

Independientemente de las premisas que un niño pueda formar durante sus años en las escuelas primaria y secundaria, el sistema educativo trata de multiplicar sus conflictos internos.

Los alumnos de las guarderías progresistas están presos en el conflicto entre su psico-epistemología aturdida, desenfocada y orientada a caprichos, y las demandas de la realidad, con las cuales ellos no están preparados para lidiar. Se espera que ellos adquieran algún tipo de conocimiento formal, que aprueben exámenes, que saquen notas aceptables, o sea, que cumplan con unas mínimas normas objetivas, pero para ellos eso es una traición metafísica. Son los hechos lo que ellos han sido entrenados a ignorar; los hechos no pueden ser aprendidos con el tipo de proceso mental que los niños han automatizado: por un método de tipo animal, el de captar las señales emocionales emitidas por la manada. La manada sigue allí, pero no puede ayudarles a ellos a la hora del examen, el cual ellos tienen que enfrentar en un estado que les han enseñado a considerar malvado: solos.

El pánico del conflicto entre su subjetivismo nebuloso y las nociones de objetividad dejadas en las escuelas por un pasado civilizado lleva a un resentimiento sin nombre en la mente de esos niños, a una sensación sin palabras de que les están imponiendo algo injustamente – ellos no saben cómo o quién – y una hostilidad creciente y sin objeto. Los comprachicos, a su debido tiempo, les ofrecerán un objeto.

Algunos de los niños más brillantes – los que son mentalmente activos y quieren aprender – quedan presos en un conflicto diferente. Luchando para integrar los trozos caóticos de información que les enseñan en sus clases, ellos descubren omisiones, non-sequiturs y contradicciones, cosas que rara vez son explicadas o resueltas. Sus preguntas son generalmente ignoradas o reprochadas o ridiculizadas o evadidas con explicaciones que confunden aún más el asunto. Un niño puede abandonar, desconcertado, habiendo llegado a la conclusión que la búsqueda de conocimiento es absurda, que la educación es una enorme pretensión de algún tipo de maldad que él no puede entender, y de esa forma echar a andar por el camino de la anti-intelectualidad y del estancamiento mental. O un niño puede concluir que la escuela no le aporta nada, que él tiene que aprender por sí mismo, y esa es la mejor conclusión que puede inferir, dadas las circunstancias, excepto que puede llevarle a un profundo desprecio hacia los profesores, hacia otros adultos y, a menudo, hacia todos los hombres (y ese es el camino al subjetivismo).

Los aspectos “socializantes” de la escuela y la presión para para que se amolde a la manada son, para él, un tipo especial de tortura. Un niño pensante no puede amoldarse: el pensamiento no se doblega ante la autoridad. El resentimiento de la manada contra la inteligencia y la independencia es más viejo que la educación progresista; es una maldad antigua (entre niños y adultos por igual), un producto del miedo, de la desconfianza en uno mismo y de la envidia. Pero el pragmatismo, el padre de la educación progresista, es una filosofía kantiana que usa la técnica de Kant de aprovecharse de los miedos y las debilidades humanas.

En vez de enseñarle al niño respeto mutuo por la individualidad, los logros y los derechos de otros, la educación progresista le da un sello oficial de rectitud moral a la tendencia de unos salvajes asustados organizándose unos contra otros, formando “pandillas” y atacando a los de fuera. Cuando, además de eso, el forastero es castigado o recriminado por su incapacidad para “llevarse bien con la gente”, entonces la regla de la mediocridad es elevada a un sistema. (“Mediocridad” no significa una inteligencia promedio; significa una inteligencia promedio que tiene resentimiento y envidia de las que son mejores.) La educación progresista ha institucionalizado el Establishment de la Envidia.

El niño pensante no es antisocial (él es, de hecho, el único tipo de niño adecuado para tener relaciones sociales). Cuando desarrolla sus primeros valores y sus primeras convicciones conscientes, sobre todo cuando se acerca a la adolescencia, siente un intenso deseo de compartirlos con algún amigo que le entienda; si ese deseo queda frustrado, él tiene un profundo sentido de soledad. (Soledad es concretamente la experiencia de ese tipo de niño, o de adulto; es la experiencia de quienes tienen algo que ofrecer. La emoción que lleva a los conformistas a “pertenecer” no es soledad, sino miedo; es el miedo a la independencia y a la responsabilidad intelectual. El niño pensante busca iguales; el conformista busca protectores.)

Uno de los aspectos más malvados de las escuelas modernas es el espectáculo de un niño pensante intentando “adaptarse” a la manada, intentando ocultar su inteligencia (y sus notas escolares), y actuando como “uno de los chicos”. Él nunca tiene éxito, y se queda preguntándose impotentemente: ¿Qué hay de malo conmigo? ¿Qué me falta? ¿Qué es lo que quieren? Él no tiene cómo saber que su fallo consiste en pensar en tales cuestiones. Las cuestiones implican que existen razones, causas, principios, valores, y esas son las mismas cosas que la mentalidad de la manada teme, evade y resiente. Él no tiene cómo saber que la psico-epistemología de uno no puede ser ocultada, pues ella se muestra de muchas formas sutiles, y que la manada le rechaza a él porque siente su orientación (es decir, su juicio) hacia los hechos, su auto-confianza y su carencia de miedo psicoepistemológicos. (Existencialmente, tales individuos solitarios carecen de auto-confianza social y, por lo general, tienen miedo de la manada, pero el tema aquí no es existencial).

Poco a poco, el niño pensante abandona el reino de las relaciones humanas. Llega a la conclusión de que es capaz de entender las ciencias, pero no las personas, que las personas son incognoscibles, que están fuera de la provincia de la razón, que es necesario algún otro medio cognitivo del cual él carece. Entonces acaba aceptando una falsa dicotomía – mejor descrita como razón contra gente – la cual los profesores están esforzándose en inculcar y en reforzar.

Los conformistas, enfrentados a esa dicotomía, abandonan la razón; él abandona las personas. Reprimiendo su necesidad de amistad, abandona el interés por valores humanos, por cuestiones morales, por asuntos sociales, por todo el reino de las humanidades. Buscando racionalidad, objetividad e inteligibilidad – es decir, un reino donde él pueda funcionar – se esconde tras las ciencias físicas o la tecnología o los negocios, es decir, en profesiones que tratan principalmente con la materia en vez de con el hombre. (Esa es una de las principales causas de la “fuga de cerebros” de los Estados Unidos, y de la espantosa pobreza intelectual en las humanidades, de las cuales las mejores mentes están huyendo – en busca de protección temporal – hacia las ciencias físicas.)

No hay nada malo, por supuesto, en elegir una carrera en las profesiones físicas, si esa es la preferencia racional de uno. Pero es un trágico error si un joven la elige como escape, porque ese escape es ilusorio. Como la dicotomía aceptada es falsa, ya que la represión no soluciona nada, sino que es meramente un deterioro de su capacidad mental, el precio psicológico que él paga es miedo sin nombre, culpa inmerecida, duda de sí mismo, neurosis, y, generalmente, indiferencia, sospecha y hostilidad hacia la gente. El resultado, en su caso, es exactamente lo contrario a la armonía social que los comprachicos de la educación progresista le habían prometido lograr.

Hay niños que sucumben a otra dicotomía similar: valores contra personas. Alentado por la soledad, incapaz de saber que el placer que uno encuentra en las relaciones humanas es posible sólo en base a compartir los mismos valores, un niño puede intentar revertir causa y efecto: él coloca primero el compañerismo y luego intenta adoptar los valores de otros, reprimiendo sus propios juicios de valor parcialmente formados, creyendo que eso le traerá amigos. El dogma de la conformidad a la manada alienta y refuerza su propia renuncia moral. De ahí en adelante, lucha ciegamente para obtener de la gente alguna satisfacción que él no puede definir (y que no hay dónde encontrar), para mitigar un sentido de culpa que él no consigue nombrar, para llenar un vacío que él es incapaz de identificar. Él alterna entre la abyecta conformidad con los deseos de sus amigos y las demandas imperiosas de afecto, convirtiéndose en el tipo de dependiente emocional que ningún amigo (de la tendencia que sea) podría aguantar por mucho tiempo. Cuanto más fracasa, más se aferra desesperadamente a su búsqueda de personas y de “cariño”. Pero la emoción sin nombre desarrollándose en su subconsciente, que nunca ha de ser admitida o identificada, es odio a la gente. El resultado, de nuevo, es el contrario al supuesto objetivo de los comprachicos.

Independientemente de cuáles sean sus problemas individuales o de las justificaciones que elijan, todos los niños – desde los “adaptados” al independiente – sufren de un mal común en sus años de escuela primaria y secundaria: aburrimiento. Sus razones varían, pero el resultado emocional es el mismo. Aprender es un proceso conceptual; un método educativo concebido para ignorar, evitar y contradecir los requerimientos de un desarrollo conceptual no puede despertar interés alguno en el aprendizaje. Los “adaptados” están aburridos porque son incapaces de absorber conocimiento activamente. Los independientes están aburridos porque buscan conocimiento, no juegos de “proyectos de clase”, o “discusiones” de grupo. Los primeros son incapaces de digerir sus lecciones; los segundos se mueren de hambre.

Los comprachicos tienen éxito en ambos casos. Los niños independientes, los que resisten el condicionamiento y preservan parte de su racionalidad, son en su mayor parte desterrados, o auto-exiliados, hacia las ciencias físicas y profesiones afines, alejados de asuntos sociales, filosóficos o humanísticos. El campo social – y por lo tanto el futuro de la sociedad – se les deja a los “adaptados”, a las mentes atrofiadas, torcidas y mutiladas que la técnica de los comprachicos tenía por objeto producir.

El graduado promedio de la escuela secundaria es un joven entrecortado, ansioso e incoherente, con la mente de un espantapájaros hecha de varios remiendos que no pueden ser integrados en ninguna forma. Él no tiene un concepto del conocimiento: no sabe cuándo sabe algo y cuándo no. Su miedo crónico es sobre lo que se supone que debe saber, y su postura pretenciosa está orientada a esconder el hecho de que no tiene ni la más remota idea. Él alterna entre pronunciamientos oraculares y un silencio evasivo con la mirada perdida. Asume la pose de ser una autoridad sobre los asuntos periodísticos más recientes en política (que son parte de sus “proyectos de clase”) y recita los bromuros enlatados de editoriales de tercera como si fuesen sus descubrimientos originales. No sabe cómo leer, o escribir, o consultar un diccionario. Es astuto y “sagaz”; tiene el cinismo de un adulto decadente y la credulidad de un niño. Es escandaloso, agresivo, beligerante. Su principal preocupación es demostrar que no tiene miedo de nada. . . porque está aterrorizado a muerte de todo.

Su mente está en un estado de confusión vertiginosa. Nunca ha aprendido a conceptualizar, o sea, a identificar, organizar e integrar el contenido de su mente. Dentro y fuera del colegio ha observado y experimentado (o, más exactamente, ha sido expuesto a) muchas cosas, y no sabe cuál es su significado o importancia, no sabe qué hacer con ellas, sintiendo remotamente que debe hacer algo de alguna manera. No sabe dónde empezar; siente que está permanentemente atrasado, que es incapaz de ponerse al nivel de su propio contenido mental, como si la tarea de desenredarlo estuviese mucho más allá de su capacidad.

Como se le impidió conceptualizar su material cognitivo paso a paso, mientras lo iba adquiriendo, la acumulación de experiencias no identificadas y de impresiones perceptuales es ahora tal, que se siente paralizado. Cuando intenta pensar, su mente choca contra un muro en blanco cada pocos pasos; sus procesos mentales parecen disolverse en un laberinto de interrogantes y callejones sin salida. Su subconsciente, como un sótano abandonado, está atestado con lo irrelevante, lo accidental, lo malentendido, lo incomprendido, lo indefinido, lo no-del-todo-recordado, y no responde a sus esfuerzos mentales. Él abandona.

El secreto de su psico-epistemología – que desconcierta a todos los que tratan con él – estriba en el hecho de que, como adulto, él tiene que usar conceptos, pero usa conceptos conel método perceptual propiode un niño. Los usa como concretos, como lo inmediatamente dado, sin contexto, definiciones, integraciones o referentes específicos; su único contexto es el momento inmediato. ¿A qué se refieren, entonces, sus conceptos? A una mezcla nebulosa de conocimiento parcial, respuestas memorizadas, asociaciones habituales, reacciones de su audiencia, y sus propias emociones, todo lo cual representa el contenido de su mente en ese momento concreto. Al siguiente día o la próxima vez, los mismos conceptos se referirán a cosas distintas, según sus cambios de humor y las circunstancias inmediatas.

Él parece capaz de entender una discusión o un argumento racional, a veces incluso a un nivel teórico y abstracto. Es capaz de participar, de estar de acuerdo o no, después de hacer lo que parece un examen crítico del asunto. Pero la próxima vez que uno se encuentra con él, las conclusiones a las que llegó han desaparecido de su mente, es como si la discusión nunca hubiese tenido lugar, a pesar de que la recuerda: recuerda el evento, o sea, una discusión, pero no su contenido intelectual. No viene al caso acusarle de hipocresía o de mentir (aunque hay algo de cada una de ellas). Su problema es mucho peor: él fue sincero, quiso decir lo que dijo en y durante ese momento. Pero todo acabó con ese momento. Nada le ocurre a su mente en cuanto a una idea que acepta o rechaza; no hay procesamiento, ni integración, ni aplicación a él mismo, a sus acciones o a sus intereses; él es incapaz de usarla o incluso de retenerla. Las ideas, es decir, las abstracciones, no tienen realidad para él; las abstracciones implican el pasado y el futuro además del presente; nada es completamente real para él excepto el presente. Los conceptos, en su mente, se convierten en perceptos, perceptos de personas emitiendo sonidos; y los perceptos acaban cuando el estímulo desaparece. Cuando usa palabras, sus operaciones mentales son más parecidas a las de un loro que a las de un ser humano. En el sentido estricto de la palabra, él no ha aprendido hablar.

Pero hay una constante en su flujo mental. El subconsciente es un mecanismo integrador; cuando se le deja sin control consciente continúa integrando por su cuenta; y, como una licuadora automática, su subconsciente exprime su montón de basura para producir una única emoción básica: miedo.

Él no está equipado para ganarse la vida en una aldea primitiva, pero se encuentra en medio de la brillante complejidad de una civilización industrial y tecnológica que no consigue empezar a entender. Siente que le exigen algo – sus padres, sus amigos, la gente en general, y, al ser un organismo viviente, su propia e inquieta energía – y que es un algo que él es incapaz de generar.

Él ha sido entrenado a reaccionar, no a actuar; a responder, no a iniciar; a perseguir el placer, no un objetivo. Es un playboy sin dinero, sin gustos y sin la capacidad de disfrutar. Está guiado por sus emociones; es lo único que tiene. Y sus emociones son sólo varios matices de pánico.

No puede pedirles ayuda a sus padres. En la mayoría de los casos, ellos son incapaces de entenderle, o no quieren hacerlo; él desconfía de ellos y es demasiado incoherente para explicar nada. Lo que necesita es una guía racional; lo que ellos le ofrecen es su propia versión de irracionalidad. Si son anticuados, le dicen que él es demasiado autocomplaciente y que es hora de que ponga los pies en el suelo y asuma alguna responsabilidad; como guía moral, le dicen, debe ir a la iglesia. Si son modernos, le dicen que él se toma a sí mismo demasiado en serio, que debería pasárselo mejor; como guía moral, le dicen que nadie jamás tiene toda la razón ni nadie está totalmente equivocado, y le llevan a una fiesta donde hay una colecta de fondos para una causa liberal.

Sus padres son productos del mismo sistema educativo, pero de etapa anterior, de una época en la que el condicionamiento de la escuela era subrepticiamente indirecto, y en la que aún existían influencias racionales en la cultura, lo cual les permitía ignorar las preocupaciones intelectuales y jugar al juego de moda de socavar la razón, contando con que habría alguien en algún lugar que siempre estaría dispuesto a proporcionarles un mundo civilizado.

De todos los grupos implicados, no es el de los comprachicos el más culpable; es el de los padres, sobre todo el de padres educados que pueden permitirse el lujo de enviar a sus hijos a guarderías progresistas. Tales padres harían cualquier cosa por sus hijos, excepto dedicar un momento de su pensamiento o una hora de investigación crítica a a estudiar la naturaleza de las instituciones educativas que deben elegir. Impulsados principalmente por el deseo de desentenderse de sus hijos y quitárselos de encima, seleccionan colegios como seleccionan ropa: de acuerdo a la última moda.

Los comprachicos no esconden sus teorías y sus métodos; los propagan abiertamente en innumerables libros, conferencias, revistas y folletos escolares. Su tema es claro: atacan al intelecto y proclaman su odio a la razón; el resto es sentimentalismo y manipulación. Quien pone a un niño indefenso en sus manos lo hace porque comparte sus motivos. Errores de esa envergadura no se cometen inocentemente.

Hay, sin embargo, un grupo inocente de padres: los trabajadores dedicados y sin educación que quieren darles a sus hijos una mejor oportunidad en la vida y un futuro más brillante que el suyo propio. Esos padres pasan su vida en la pobreza, luchando, economizando, ahorrando y trabajando horas extra para enviar a sus hijos a la escuela (especialmente a la universidad). Ellos le tienen un profundo respeto a las personas educadas, a los profesores, al aprendizaje. No son capaces de concebir la mentalidad de los comprachicos: de imaginar que un educador trata, no de instruir, sino de lisiar a sus hijos. Tales padres son víctimas de uno de los fraudes más malvados registrados en la historia criminal.

(Esta última es una de las razones para cuestionar los motivos – y la supuesta compasión – de todos esos entrometidos desempleados que revolotean por ahí, protegiendo a los consumidores de cajas extra-grandes de cereales para el desayuno. ¿Y qué pasa con los consumidores de educación?)

Si quieres comprender lo que los métodos de los comprachicos han hecho con la mente de un graduado de escuela secundaria, recuerda que el intelecto es a menudo comparado con la facultad de la vista. Intenta imaginar lo que sentirías si tu vista quedase dañada de tal forma que sólo te quedase una visión periférica. Sentirías formas vagas no identificadas flotando a tu alrededor que se desvanecerían cuando intentases enfocarte en ellas, para luego reaparecer en la periferia, girando, dando vueltas y multiplicándose. Ese es el estado mental – y el terror – que generan en sus estudiantes los comprachicos de la educación progresista.

¿Puede tal joven reacondicionar sus procesos mentales? Es posible, pero la automatización de un método conceptual de funcionar – que, en sus años de guardería, habría sido un proceso fácil, placentero y natural – ahora requeriría un esfuerzo terriblemente difícil.

Como ejemplo de las consecuencias de retrasar la programación de la naturaleza, considera lo siguiente. En nuestra infancia, todos nosotros tuvimos que aprender y automatizar la habilidad de integrar en perceptos el material provisto por nuestros diversos órganos sensoriales. Fue un proceso natural e indoloro que – como podemos inferir al observar a los bebés – estuvimos encantados de aprender. Pero la ciencia médica ha registrado casos de niños que nacieron ciegos y que más tarde, en su juventud o adultez, se sometieron a una operación que les restauró la vista. Tales personas no son capaces de ver; es decir, experimentan sensaciones visuales, pero no pueden percibir objetos. Por ejemplo, reconocen un triángulo por el tacto, pero no pueden conectarlo a la visión de un triángulo; la vista no les transmite nada. La habilidad de ver no es innata, es una habilidad que tiene que ser adquirida. Pero el material provisto por el resto de los sentidos de esas personas está tan completamente integrado y automatizado que son incapaces de descomponerlo en un instante y añadir un nuevo elemento, la visión. Esta integración requiere ahora un proceso de rehabilitación tan largo y tan difícil que pocos de ellos deciden emprenderlo. Esos pocos triunfan, tras una lucha heroicamente perseverante. El resto abandona, prefiriendo mantenerse en su mundo familiar de tacto y sonido, y seguir siendo ciegos de por vida.

Una fortaleza moral y una ambición personal (o sea, autoestima) poco común son necesarias para recuperar la propia vista: un profundo amor a la vida, un rechazo apasionado a permanecer discapacitado, una dedicación intensa a la tarea de lograr lo mejor dentro de lo que uno puede alcanzar. La recompensa es proporcionada.

La misma clase de dedicación y una lucha igual de difícil se le exige a un graduado de la escuela secundaria moderna para que pueda recuperar su facultad racional. La recompensa es igual o mayor. En medio de su ansiedad crónica, él todavía es capaz de experimentar algunos momentos de libertad, de captar unos cuantos destellos de lo que sería la vida en un estado gozoso de auto-confianza. Y hay una cosa de la que él está seguro: que hay algo errado con él. Tiene un trampolín – uno que es fino y precario, pero es un trampolín – como incentivo para reconquistar el uso de su mente.

Los comprachicos destrozan ese incentivo en la tercera etapa de su trabajo: en la universidad.

Parte IV

La mayoría de los jóvenes retienen algún asidero sobre su facultad racional – o al menos algún deseo no identificado de retenerla – hasta los veintitantos años, más o menos hasta acabar la Universidad. El síntoma de ese deseo es su búsqueda por una visión integral de la vida.

Es la facultad racional del hombre la que integra su material cognitivo y le capacita para entenderlo; su único medio de comprensión es conceptual. Una consciencia, como cualquier otra facultad vital, no puede aceptar su propia impotencia sin protestar. Independientemente de lo desorganizada que esté, la mente de un joven aún sigue buscando respuestas a las preguntas fundamentales, sintiendo que todo su contenido cuelga precariamente en el vacío.

Esto no es cuestión de “idealismo”, sino que es una necesidad psico-epistemológica. A nivel consciente, las innumerables alternativas confrontándole hacen que un joven sea consciente del hecho que tiene que tomar decisiones pero que no sabe qué elegir o cómo actuar. A nivel subconsciente, su psico-epistemología aún no ha automatizado ninguna resignación letárgica a un estado de sufrimiento crónico (que es la “solución” para la mayoría de los adultos); y los penosos conflictos de sus contradicciones internas, de su duda en sí mismo y de su impotente confusión le hacen buscar frenéticamente algún tipo de unidad interior y orden mental. Su búsqueda representa las últimas convulsiones de su facultad cognitiva ante la proximidad de la atrofia, como un último grito de protesta.

Durante sus breves años de adolescencia, el futuro de un joven es urgentemente, aunque lejanamente, real para él; siente que él tiene que determinar ese futuro de alguna forma desconocida.

Un joven pensante tiene una vaga idea de la naturaleza de su necesidad. Queda patente en su interés por grandes cuestiones filosóficas, sobre todo por asuntos morales (o sea, por un código de valores que guíe sus acciones). Un joven medio simplemente se siente impotente, y su inquietud errática es una forma de escapar del sentimiento desesperado de que “las cosas deberían tener sentido”.

Cuando están listos para ir a la universidad, ambos tipos de jóvenes han sido dañados, dentro y fuera del colegio, por innumerables choques con la irracionalidad de sus mayores y de la cultura del día. El joven pensante ha sido frustrado en su anhelo por encontrar personas que tomen las ideas en serio; pero cree que las encontrará en la universidad, en la supuesta ciudadela de la razón y la sabiduría. El joven medio siente que las cosas no tienen sentido para él, pero que deben tenerlo para alguien en algún lugar del mundo, y que ese alguien hará el mundo inteligible para él algún día.

Para ambos, la universidad es su última esperanza. La pierden en su primer año de facultad.

Se sabe generalmente en círculos académicos que, según las encuestas, el interés de los estudiantes en sus estudios es mayor en su primer año y luego va disminuyendo progresivamente en años sucesivos. Los educadores lo lamentan, pero no cuestionan la naturaleza de los cursos que están dando.

Con raras excepciones, que se pierden en la corriente académica “dominante”, los cursos universitarios en las humanidades no imparten conocimiento a los estudiantes, sino la convicción de que buscar conocimiento es errado, ingenuo o inútil. Lo que imparten no es información, sino racionalización: la racionalización de un método mental de funcionar que es perceptual, atado a lo concreto, y centrado en las emociones. Los cursos están diseñados para proteger el status quo; no el status quo existencial, político o social, sino el miserable status quo de la psico-epistemología de los estudiantes, como establecido por las guarderías progresistas.

Las guarderías progresistas abogaban por retrasar el proceso educativo, afirmando que la formación cognitiva es prematura para el niño pequeño, y acondicionaron su mente a un método de funcionamiento anti-cognitivo. Las escuelas primaria y secundaria reforzaron ese acondicionamiento: luchando impotentemente con trozos aleatorios de conocimiento, el estudiante aprendió a asociar una sensación de miedo, resentimiento y desconfianza en sí mismo con el proceso de aprendizaje. La universidad completa el trabajo, declarando explícitamente – a una audiencia receptiva – que no hay nada que aprender, que la realidad es incognoscible, que la certeza es inalcanzable, que la mente es un instrumento de auto-engaño, y que la única función de la razón es hallar una prueba definitiva de su propia impotencia.

Aunque la filosofía es considerada (hoy día) algo merecidamente despreciable por las otras facultades universitarias, es la filosofía la que determina la naturaleza y la dirección de todos los otros cursos, porque es la filosofía la que formula los principios de la epistemología, es decir, las reglas por las cuales los hombres adquieren conocimiento. La influencia de las teorías filosóficas dominantes permea todos los demás departamentos, incluyendo las ciencias físicas, y se torna aún más peligrosa al ser aceptada subconscientemente. Las teorías filosóficas de los últimos doscientos años, desde Immanuel Kant, parecen justificar la actitud de quienes desprecian la filosofía como siendo verborrea vacía y sin importancia. Pero ese precisamente es el peligro: rendir la filosofía (es decir, la base del conocimiento) a los proveedores de verborrea vacía no es en absoluto intrascendente. Es especialmente a la filosofía a la que uno debe aplicar el consejo de Ellsworth Toohey en El Manantial: “No te molestes en examinar un disparate, pregúntate sólo qué logra”.

Considera las sucesivas etapas de la filosofía moderna, no desde el punto de vista de su contenido filosófico, sino desde sus objetivos psico-epistemológicos.

Cuando el pragmatismo dice que la realidad es un flujo indeterminado que puede ser cualquier cosa que la gente quiera que sea, nadie lo acepta literalmente. Pero eso toca una nota de reconocimiento emocional en la mente de un alumno de la guardería progresista, porque parece justificar una sensación que él había sido incapaz de explicar: la omnipotencia de la manada. Así que él lo acepta como verdadero de alguna forma indefinida, a ser usada cuando y como sea necesario. Cuando el pragmatismo declara que la verdad debe ser juzgada por sus consecuencias, está justificando su incapacidad para proyectar el futuro, para planear el curso de una acción a largo plazo, y está sancionando su deseo de actuar según el estímulo del momento, de intentarlo todo una vez y luego descubrir si puede salirse con la suya o no.

Cuando el positivismo lógico declara que “realidad”, “ identidad”, “existencia” y “mente” son términos carentes de significado, que el hombre no puede estar seguro de nada excepto de percepciones sensoriales en un momento dado – cuando declara que el significado de la proposición: “Napoleón perdió la batalla de Waterloo” es tu paseo a la biblioteca donde lo leíste en un libro – el alumno de la guardería progresista lo reconoce como una descripción exacta de su estado mental interno, y como una justificación de su mentalidad perceptual y atada a lo concreto.

Cuando el análisis lingüístico declara que la realidad última no consiste ni siquiera en perceptos, sino en palabras, y que las palabras no tienen referentes específicos sino que significan lo que la gente quiera que signifiquen, el graduado progresista se encuentra a sí mismo felizmente de regreso a casa, en el mundo familiar de su guardería. Él no tiene que luchar para comprender una realidad incomprensible, lo único que tiene que hacer es centrarse en las personas y detectar las vibraciones de cómo ellas usan las palabras, y competir con sus colegas filósofos sobre cuántas vibraciones diferentes él es capaz de descubrir. Y más: armado con el prestigio de la filosofía, puede ahora explicarle a las personas lo que ellas quieren decir cuando hablan, lo cual ellas son incapaces de saber sin su ayuda; es decir, él puede autonombrarse intérprete de la voluntad de la manada. Lo que una vez había sido un pequeño manipulador, ahora se desarrolla hasta llegar a tener la estatura psico-epistemológica completa de un picapleitos sin escrúpulos.

Y más: El análisis lingüístico se opone vehementemente a todas las hazañas intelectuales que él es incapaz de realizar. Se opone a todo tipo de principios o de generalizaciones amplias, es decir, a la consistencia. Se opone a los axiomas básicos (como siendo “analíticos” y “redundantes”), o sea, a la necesidad de tener fundamentos para las afirmaciones de uno. Se opone a la estructura jerárquica de los conceptos (o sea, al proceso de abstracción), y considera cualquier palabra como un primario aislado (es decir, como un concreto perceptualmente dado). Se opone a “construir sistemas”, es decir, a la integración del conocimiento.

El graduado de la guardería progresista de esa forma encuentra todos sus vicios psico-epistemológicos transformados en virtudes, y, en vez de esconderlos como un secreto culpable, puede alardear de ellos como prueba de su superioridad intelectual. En cuanto a los estudiantes que no fueron a una guardería progresista, ahora van a ser trabajados hasta ser equiparados al estado mental de ese graduado.

El análisis lingüístico proclama que su objetivo no es comunicar ningún contenido filosófico concreto, sino entrenar la mente del estudiante. Eso es cierto, en el terrible sentido carnicero de la operación de los comprachicos. Las discusiones detalladas de minucias sin importancia – los discursos sobre trivialidades escogidas al azar y a mitad de camino, sin base, contexto o conclusión – los “shocks” de auto-duda cuando un profesor revela de repente algún hecho como la incapacidad de los estudiantes para definir la palabra “pero”, lo cual, él afirma, demuestra que ellos no entienden sus propias declaraciones – el refutar la pregunta: “¿Cuál es el significado de la filosofía?” con “¿A qué significado de “significado” te refieres?” seguido por un discurso sobre los doce usos posibles de la palabra “significado”, llegando al punto en el que la pregunta es olvidada – y, por encima de todo, la necesidad de reducir el enfoque de uno al rango del de una pulga, y mantenerlo ahí – dañará a la mejor de las mentes, si intenta ajustarse a ello.

El “entrenamiento mental” incumbe a la psico-epistemología; consiste en hacer a una mente automatizar ciertos procesos, transformándolos en hábitos permanentes. ¿Qué hábitos inculca el análisis lingüístico? Ignorar el contexto, “robo de conceptos”, desintegración, carencia de propósito, incapacidad para comprender, retener o lidiar con abstracciones. El análisis lingüístico no es una filosofía, es un método de eliminar la capacidad para el pensamiento filosófico; es un curso en destrucción del cerebro, un intento sistemático de transformar a un animal racional en un animal incapaz de razonar.

¿Por qué? ¿Cuál es el motivo de los comprachicos?

Parafraseando a Víctor Hugo: “¿Y qué hacían de esos niños?”

“Monstruos”.

“¿Por qué monstruos?”

“Para gobernar”.

La mente del hombre es su medio básico de supervivencia, y de auto-protección. La razón es la facultad humana más egoístade todas: tiene que ser usada en y por la propia mente del hombre, y su producto – la verdad – la hace inflexible, intransigente, inmune al poder de cualquier grupo o de cualquier gobernante. Privado de la capacidad de razonar, el hombre se vuelve un dócil, flexible, impotente pedazo de arcilla, a ser moldeado en cualquier forma subhumana y usado para cualquier propósito por cualquiera que quiera tomarse la molestia de hacerlo.

Nunca ha habido una filosofía, una teoría o una doctrina que atacase (o “limitase”) la razón, que no predicase también la sumisión al poder de alguna autoridad. Filosóficamente, la mayoría de los hombres no entienden el asunto hasta hoy; pero psico-epistemológicamente, lo han sentido desde tiempos prehistóricos. Observa la naturaleza de las primeras leyendas de la humanidad, como la caída de Lucifer, “el portador de luz”, por el pecado de desafiar la autoridad; o la historia de Prometeo, que les enseñó a los hombres las artes prácticas de la supervivencia. Los buscadores de poder siempre han sabido que si los hombres han de ser sumisos, el obstáculo no son sus emociones, sus deseos o sus “instintos”, sino sus mentes; si los hombres han de ser gobernados, entonces el enemigo es la razón.

El ansia de poder es un tema psico-epistemológico. No está limitado a dictadores potenciales o a aspirantes a políticos. Puede ser experimentado, crónica o esporádicamente, por hombres de cualquier profesión y con cualquier nivel de desarrollo intelectual. Es experimentado por académicos marchitos, por ruidosos playboys, por gerentes zarrapastrosos, por millonarios pretenciosos, por profesores zánganos, por madres cazadoras de cócteles. . . por cualquiera que, habiendo pronunciado una afirmación, confronta la mirada directa de un hombre o de un niño y oye las palabras: “Pero eso no es verdad”. Todos los que en tales momentos sienten el deseo, no de convencer, sino de forzar la mente que hay detrás de esos ojos que les miran fijamente, ellos son las legiones que hacen posibles a los comprachicos.

No todos los profesores modernos están conscientemente motivados por el ansia de poder, aunque una buena cantidad de ellos lo estén. No todos ellos son conscientes del objetivo de obliterar la razón lisiando la mente de sus estudiantes. Algunos no aspiran a nada más que al mezquino y miserable placer de engañar y frustrar a un estudiante que es demasiado inteligente y persistentemente curioso. Algunos no buscan nada, salvo esconder y evadir las brechas y contradicciones en su propio equipamiento intelectual. Algunos nunca han buscado nada salvo una posición segura, respetable y poco exigente, y no soñarían con contradecir a la mayoría de sus colegas o de sus libros de texto. Algunos están carcomidos por envidia hacia el rico, el famoso, el exitoso, el independiente. Algunos se creen (o intentan creerse) el fino barniz de racionalizaciones humanitarias que recubren las teorías de Kant o de John Dewey. Y todos ellos son producto del idéntico sistema educativo en sus etapas previas.

El sistema se auto-perpetúa, llevando a muchos círculos viciosos. Hay profesores inteligentes y prometedores que son llevados a la desesperación por las mentalidades obtusas, letárgicas e invenciblemente irreflexivas de sus estudiantes. Los profesores de enseñanza primaria y secundaria culpan a las influencias de los padres; los profesores universitarios culpan a los de enseñanza primaria y secundaria. Pocos, si hay alguno, cuestionan el contenido de los cursos. Tras luchar unos cuantos años, esos profesores abandonan y se retiran, o se convencen de que la razón está más allá de la comprensión de la mayoría de los hombres, y permanecen como seguidores amargamente indiferentes del avance de los comprachicos.

Pero los líderes de los comprachicos – pasados y presentes – son conscientes de sus propios motivos. Es imposible estar consumido por una única pasión sin conocer su naturaleza, no importan las racionalizaciones que uno articule para ocultarla de sí mismo. Si quieres ver odio, no mires a las guerras o a los campos de concentración; eso son meras consecuencias. Mira los escritos de Kant, Dewey, Marcuse y sus seguidores para ver odio puro, un odio a la razón y a todo lo que ella implica: a la inteligencia, la habilidad, el logro, el éxito, la autoconfianza, la autoestima, a cualquier aspecto brillante, feliz y benevolente del hombre. Esa es la atmósfera, el leitmotiv, el sentido de vida que permea el establishment educativo de hoy.

(¿Qué es lo que lleva a un ser humano al estado de un comprachico? El odio a sí mismo. El grado del odio de un hombre a la razón es la medida del odio a sí mismo.)

Un líder comprachico no aspira al papel de dictador político. Le deja eso a su heredero: al bruto sin mente. Los comprachicos no están interesados en construir nada. La destrucción de la razón es su única pasión y su único objetivo. Lo que viene después no tiene realidad para ellos; vagamente, ellos se imaginan a sí mismos como los amos que mueven las palancas detrás del trono del gobernante: el bruto, ellos sienten, los necesita. (El que acaben siendo los lameculos aterrorizados en la corte del bruto y sometidos a él, como en la Alemania Nazi y la Rusia soviética, es sólo un ejemplo de la justicia de la realidad.)

El ansia de poder requiere conejillos de indias para desarrollar las técnicas de inculcar obediencia. . . y la carne de cañón que obedecerá las órdenes. Los estudiantes universitarios cumplen ambos papeles. El halago psico-epistemológico es la técnica más potente para usar en una persona con el cerebro dañado. El último vínculo con la racionalidad que tiene un alumno de la guardería progresista – la sensación de que hay algo errado con él – es cortado de raíz en la Universidad. No hay nada errado con él, le dicen; su estado es natural, sano; él meramente es incapaz de funcionar en un “sistema” que ignora la naturaleza humana; él es normal, el “sistema” es el anormal.

El término “sistema” queda sin definir, al principio; puede ser el sistema educativo, el sistema cultural, el sistema de familia privada. . . cualquier cosa a la que un estudiante pueda culpar por su miseria interior. Eso induce un estado de ánimo paranoico, la sensación de que él es una víctima inocente perseguida por algunos poderes oscuros y misteriosos que crean en él una rabia ciega e impotente. Las teorías del determinismo – con las cuales él es apaleado en la mayoría de los cursos – intensifican y justifican su estado de ánimo: si él es miserable, él no puede evitarlo, le dicen, él no puede evitar nada de lo que siente o hace, él es un producto de la sociedad y la sociedad ha hecho un mal trabajo con él. Cuando acaba escuchando que todos sus problemas – de malas notas a problemas sexuales a ansiedad crónica – son causados por el sistema político, y que el enemigo es el capitalismo, él lo acepta todo como siendo auto-evidente.

Los métodos de enseñanza son esencialmente los mismos que los usados en la escuela secundaria, sólo que aún más. El currículum es una encarnación de la desintegración: una mezcolanza de temas al azar, sin continuidad ni contexto ni objetivo. Es como una serie de reinos balcanizados que ofrece un curso superficial de abstracciones flotantes, o un estudio super-detallado de una minucia favorita del profesor, con las fronteras cerradas al reino en la clase de al lado, sin conexiones, ni puentes, ni mapas. Los mapas – o sea, la sistematización – están prohibidos por principio. Estudiar machaconamente y memorizar son los únicos medios psico-epistemológicos para abrirse paso. (Hay graduados en filosofía que son capaces de recitar las diferencias entre el primer período y el último de Wittgenstein, pero que nunca han tomado un curso sobre Aristóteles. Hay graduados en psicología que han tonteado con ratas en laberintos, con reflejos pavlovianos y con estadísticas, pero que nunca han participado en un estudio real de psicología humana.)

Los seminarios de “debate” son parte de la técnica de halagar: cuando se le pide a un adolescente ignorante que exprese sus puntos de vista sobre un tema que no ha estudiado, él capta el mensaje de que su status de estudiante universitario le ha transformado de un ignorante a una autoridad, y que el significado de cualquier opinión estriba en el hecho de que alguien la sostiene, sin necesidad alguna de razones, conocimientos o fundamentos. (Eso ayuda a justificar la importancia de estar atento a las vibraciones de la manada.)

Tales “debates” promueven otro objetivo de la técnica de los comprachicos: el engendramiento de hostilidad: el alentar la crítica en vez de la creatividad. A falta de cualquier visión razonada, los estudiantes desarrollan la maña de ridiculizar las tonterías que se dicen entre ellos (lo cual no es nada difícil, dadas las circunstancias), y llegan a considerar el demoler un mal argumento como lo equivalente a construir uno bueno. (El ejemplo lo establecen los profesores que, en sus propias publicaciones y debates, son a menudo brillantes en echar por tierra las teorías irracionales unos de otros, pero fracasan estrepitosamente al intentar presentar una nueva teoría que sea suya propia). Sin contenido intelectual, el estudiante recurre a ataques personales, practicando con impunidad la vieja falacia ad hominem, sustituyendo argumentos por insultos, aceptando groserías propias de gamberros y palabrotas como parte de su libertad de expresión. Así, la malicia queda protegida, las ideas no. La insignificancia de las ideas es además enfatizada por la exigencia de que la naturaleza de tales “debates” debe ser ignorada, y de que los participantes deben seguir siendo “buenos amigos” – independientemente de los intercambios ofensivos que hayan tenido lugar – en nombre de una “tolerancia intelectual”.

Una elocuente demostración del desprecio general actual por el poder de las ideas lo muestra el hecho de que las personas nunca esperaron que una educación de este tipo produjese consecuencias, y ahora están conmocionados por el espectáculo de estudiantes universitarios poniendo en práctica lo que se les ha enseñado. Si, después de tal formación, los estudiantes exigen poder para dirigir las universidades, ¿por qué no deberían hacerlo? Les fue dado ese poder intelectualmente, y decidieron ejercerlo existencialmente. Fueron considerados árbitros cualificados de las ideas, sin conocimiento ni preparación ni experiencia, y decidieron que eran administradores cualificados sin conocimiento, preparación o experiencia.

La exigencia de los estudiantes de que sus cursos sean “relevantes” para sus vidas reales tiene un elemento de validez tergiversado. El único objetivo de la educación es enseñarle a un estudiante cómo vivir su vida, al desarrollar su mente y equiparlo para lidiar con la realidad. La formación que él necesita es teórica, o sea, conceptual. Hay que enseñarle a pensar, a entender, a integrar, a demostrar. Hay que enseñarle lo esencial del conocimiento descubierto en el pasado, y hay que capacitarle para que pueda adquirir conocimiento adicional por su propio esfuerzo. A todo esto es a lo que las universidades han renunciado, en lo que han fracasado, y lo que vienen incumpliendo desde hace mucho tiempo. Lo que están enseñando hoy no es relevante para nada: ni para la teoría, ni para la práctica, ni para la realidad, ni para la vida humana.

Pero – consistentes con su psico-epistemología atada a lo concreto – lo que los estudiantes consideran “relevante” son cosas tales como cursos en “acción comunitaria”, contaminación atmosférica, control de roedores, y guerra de guerrillas. Sus criterios para determinar el currículum de una universidad son los titulares periodísticos del momento; su jerarquía de intereses la establecen los tabloides editoriales; su noción de realidad no va más allá de la última tertulia televisiva. Los intelectuales modernos solían denunciar la influencia que tenían en los niños las tiras de cómics; el progreso que ellos lograron es llevar el interés de los niños a las primeras planas, y congelarlo allí de por vida.

La etapa de acondicionamiento que plantearon los comprachicos ha sido completada. El desarrollo de los estudiantes ha sido detenido, sus mentes han sido programadas para responder a eslóganes, como animales que responden al silbato de un domador; sus cerebros están embalsamados en el sirope del altruismo como un sustituto automático para la autoestima; a ellos no les queda nada salvo el terror de una ansiedad crónica, la urgencia ciega a actuar, a arremeter contra quienquiera que la causó, y a hervir de hostilidad contra la totalidad del universo. Ellos le obedecerían a cualquiera, necesitan un amo, necesitan que alguien les diga qué hacer. Están ahora preparados para ser usados como carne de cañón: para atacar, bombardear, incendiar, asesinar, luchar en las calles y morir en las cunetas. Son una manada entrenada de monstruos miserablemente impotentes, listos para que los suelten y arremetan contra cualquiera. Los comprachicos los sueltan para que arremetan contra el “sistema”.

Parte V

En la avalancha de comentarios sobre los disturbios en los campus universitarios, mucho se ha dicho sobre los estudiantes, como si esas manifestaciones de salvajismo fuesen espontáneas; y sobre los administradores de la Universidad, como si sus políticas de apaciguamiento abyecto fuesen “represivas”. . . pero muy poco se ha dicho sobre las facultades. Y sin embargo, es la facultad la que causa, inspira, manipula y a menudo dirige el desarrollo de los disturbios. En algunos casos, la mayoría de la facultad apoya a los manifestantes; en otras es una pequeña minoría de comprachicos que se sobreponen a la mayoría del profesorado, escupiéndoles en la cara. (Y si queréis ver una demostración negativa del poder de las ideas – o sea, una demostración de lo que les ocurre a los hombres sin convicciones filosóficas – echad un vistazo a la rastrera cobardía moral de supuestos académicos civilizados en presencia de un puñado de gamberros universitarios. Ha habido notables excepciones a esta actitud, pero no muchas.)

Durante varias generaciones, la destrucción de la razón fue implementada bajo la fachada de, y en el nombre de, la razón, que fue el método de Kant-Hegel-James-Dewey. Cuando cada viga de racionalidad hubo sido socavada, una nueva filosofía hizo explícito lo que ya había estado implícito, asumiendo el trabajo de proporcionar una racionalización para el estado psico-epistemológico de los estudiantes: el existencialismo.

El existencialismo eleva la ansiedad crónica al reino de la metafísica. El miedo, la miseria y la náusea – declara – no son defectos de un individuo, sino que son inherentes a la naturaleza humana, son una parte intrínseca y predestinada de la “condición humana”. La acción es el único alivio posible para el hombre. ¿Qué acción? Cualquier acción. ¿No sabes cómo actuar? No seas gallina, el valor consiste en actuar sin conocimiento. ¿No sabes qué metas escoger? No hay estándares de elección. La virtud consiste en escoger un objetivo por capricho y atenerte a él (“comprometiéndote”) incluso hasta la muerte. ¿Suena poco razonable? La razón es el enemigo del hombre: tus entrañas, tus músculos y tu sangre son los que realmente saben.

Durante varias generaciones, la destrucción de la libertad (es decir, del capitalismo) fue llevada adelante bajo cubierta de, y en nombre de, la libertad. Los refinados conformistas intelectuales, producidos en masa en las universidades, proclamaron cada principio, premisa y eslogan colectivista a la vez que proclamaban su aborrecimiento de la dictadura. Cuando todas las vigas del capitalismo fueron socavadas, cuando el capitalismo fue convertido en una economía mixta desmoronándose – es decir, en un estado de guerra civil entre grupos de presión luchando educadamente por el privilegio legalizado de usar la fuerza física – el camino quedó despejado para un filósofo que descartó la educación y la legalidad, haciendo explícito lo que había estado implícito: Herbert Marcuse, el declarado enemigo de la razón y la libertad, el defensor de la dictadura, de la “visión” mística, de la regresión al salvajismo, de la esclavitud universal, de gobernar por la fuerza bruta.

Los estudiantes activistas son los productos más exitosos de los comprachicos: ellos aceptaron obedientemente cada paso del camino, nunca desafiando las premisas básicas inculcadas en las guarderías progresistas. Ellos actúan en manadas, siendo la voluntad de la manada su única guía. La lucha por el poder entre los líderes de su manada y entre las diferentes manadas no les hace cuestionarse sus premisas: son incapaces de cuestionar nada. Así que se aferran a la creencia de que la humanidad puede ser unificada en una manada feliz y armoniosamente. . . por la fuerza. La fuerza física bruta, para ellos, es una forma natural de actuar. Filosóficamente, está claro que cuando los hombres abandonan la razón, la fuerza física se convierte en su único medio para tratar con otros y resolver discrepancias. Los activistas son la demostración viviente de este principio.

La afirmación de los activistas de que no tienen forma alguna de “llamar la atención” a sus reivindicaciones y de conseguir lo que quieren excepto por la fuerza – por demostraciones violentas, obstrucción y destrucción – es un puro retroceso a la guardería progresista, en el que una rabieta era la única cosa que se requería para lograr sus deseos. Sus gritos histéricos aún tienen un toque de asombro mohíno a un mundo que no responde a un absoluto tal como: “Yo lo quiero”. El adorador de caprichos de tres años se convierte en el matón de veinte.

Los activistas son una pequeña minoría, pero están enfrentándose a una mayoría impotente, confundida y desmoralizada formada por todos los que fueron incapaces de aceptar totalmente el condicionamiento escolar, o de rechazarlo totalmente. Entre ellos hay un gran grupo que representa a los compañeros de viaje de los activistas y sus futuros conversos: los hippies. Los hippies se congelaron al nivel de la guardería progresista y no avanzaron más. Aceptaron literalmente la metafísica de la guardería progresista, y ahora están dando tumbos en busca de un mundo donde encajarla.

El “estilo de vida” de los hippies es una concretización perfecta del ideal de la guardería: no hay pensamiento, ni enfoque, ni objetivo, ni trabajo, ni realidad alguna salvo el capricho del momento; hay una monotonía hipnótica de música primitiva, con ese ritmo constante que embota el cerebro y los sentidos; hay la hermandad de la manada, combinada con pretensiones de expresar individualidad, de que “cada uno haga su cosa” en la bruma y el hedor de cafés mugrientos, y esa “cosa” consiste en repetir las mismas contorsiones espasmódicas con los mismos prolongados gemidos que han sido emitidos por otros durante días sin fin, la exaltación incoherente de emociones por encima de la razón, de “espiritualidad” por encima de materia, de “naturaleza” por encima de tecnología; y, sobre todo, la búsqueda de amor, del amor de cualquiera, de cualquier tipo de amor como clave para encontrar a alguien que se hará cargo de ellos.

Aferrándose al ideal de su guardería, los hippies viven bajo su reivindicación esencial: la ausencia de esfuerzo. Si no se les provee con habitaciones brillantemente amuebladas y con juguetes, viven en sótanos húmedos y oscuros, durmiendo en el suelo, comiendo lo que encuentran en cubos de basura, generando úlceras estomacales y propagando enfermedades venéreas. . . cualquier cosa antes que hacer frente a ese enemigo implacable de los caprichos: la realidad.

Y de todos esos variados resultados de la educación progresista, de todo ese espectáculo de auto-degradación humana, surge una prueba cruda, objetiva e incontestable del lugar de la razón en la naturaleza y en la existencia del hombre, como una advertencia silenciosa a todos los comprachicos y a sus aliados: Podéis destruir las mentes de los hombres, pero no encontraréis un sustituto para ella; podéis condicionar a los hombres a la irracionalidad, pero no podéis hacer que la soporten; podéis privar a los hombres de la razón, pero no podéis hacerles vivir con lo que les queda. Esa prueba y esa advertencia son: las drogas.

La refutación más palmaria de las teorías de todas las hordas de activistas hippies marcusianos son las miradas vidriosas drogadas de los ojos de sus miembros. Los hombres que han encontrado la manera correcta de vivir no intentan escapar de su consciencia, de buscan destruir su consciencia y drogarse para escapar de la existencia. La adicción a las drogas es la confesión de un estado interior insoportable.

Las drogas no son un escape de problemas políticos o económicos, no son un escape de la sociedad, sino de uno mismo. Son un escape del estado insoportable de un ser vivo cuya consciencia ha sido lisiada, deformada y mutilada, pero no eliminada, de forma que sus retorcidos restos están gritando que no puede continuar sin ella.

El fenómeno de toda una generación recurriendo a las drogas es una acusación tal de la cultura de hoy – de su filosofía básica y su establishment educativo – que ninguna evidencia adicional es necesaria, y no hay explicación causal menor posible.

Si no hubiesen sido entrenados a creer que pertenecer a una manada es una necesidad moral y metafísica, ¿se arriesgarían los niños de una escuela secundaria a destruir físicamente sus cerebros con el fin de pertenecer a un fumadero “grupal” de marihuana?

Si no hubiesen sido entrenados a creer que la razón es impotente, ¿tomarían los estudiantes universitarios drogas que “expanden la mente” para buscar algún medio más “elevado” de conocimiento?

Si no hubiesen sido entrenados a creer que la realidad es una ilusión, ¿tomarían drogas las personas jóvenes para alcanzar una realidad “más elevada” que parece obedecer sus deseos, excepto que ellos se estrellan contra el pavimento al intentar salir volando por las ventanas?

Si un grupo educado de comentaristas, compartiendo las mismas creencias, no realzara la obscena epidemia de autodestrucción – con evaluaciones como “idealista. . . revolucionario. . . nuevo estilo de vida. . . nueva moralidad. . . cultura de drogas” ¿tendrían los jóvenes alguna coartada donde ocultar en su fuero interno el conocimiento de que la adicción a las drogas no es más que una confesión pública de impotencia personal?

Es el establishment educativo el que ha creado ese desastre nacional. Es la filosofía la que ha creado el establishment educativo. La tendencia filosófica anti-racional de los últimos doscientos años ha llegado a un callejón sin salida y alcanzado su clímax. Oponerse a ella requerirá una revolución filosófica o, más bien, un renacimiento de la filosofía. Apelar a “hogar, iglesia, madre y tradición” no funcionará; nunca lo hizo. Las ideas sólo pueden ser combatidas por medio de ideas. El establishment educativo tiene que ser combatido de abajo arriba, desde la causa a las consecuencias, desde la guardería a las universidades, desde la filosofía básica a los disturbios de los campus, desde fuera y desde dentro.

Esto último está dirigido a los muchos jóvenes inteligentes que son conscientes del estado de la educación superior y se niegan a ir a la universidad, o habiendo ido, se retiran asqueados. Ellos están haciéndoles el juego a los comprachicos. Si las mejores mentes desertan de las universidades, este país llegará a una situación en la que el incompetente y el hombre de segunda fila llevarán la insignia oficial del intelecto, y no habrá lugar para que el independiente y el hombre de primera línea funcionen o incluso se oculten. Preservar la mente de uno intacta al pasar por una educación universitaria moderna es una prueba de valor y resistencia, pero la batalla vale la pena, y lo que está en juego es lo más elevado posible para el hombre: la supervivencia de la razón. El tiempo que se pasa en la universidad no está desperdiciado, si uno sabe cómo usar a los comprachicos contra sí mismos: uno aprende a la inversa, sometiendo sus teorías al examen crítico más riguroso, y descubriendo lo que es falso y por qué, lo que es verdadero, cuáles son las respuestas.

En cuanto a los contingentes de hippies y activistas drogados, me gustaría dirigir lo siguiente a aquellos de entre ellos que aún puedan ser redimibles, así como a quienes puedan estar tentados a unirse a sus hordas.

Los comprachicos modernos tienen una ventaja sobre sus antiguos predecesores: cuando una víctima era mutilada físicamente, ella retenía la capacidad de descubrir quién lo había hecho. Pero cuando una víctima es mutilada mentalmente, ella se aferra a sus propios destructores como siendo sus amos y sus únicos protectores contra el horror de la situación que ellos han creado; ella sigue siendo su herramienta y su juguete, lo cual es parte del fraude de ellos.

Si, en el caos de tus motivos, algún elemento es un deseo genuino de hacer una cruzada por una causa justa y tomar parte en una batalla heroica, dirígela contra el enemigo apropiado. Sí, el mundo está en un estado terrible; pero, ¿qué lo causo? ¿El capitalismo? ¿Dónde lo ves, excepto en algunos restos maltrechos que aún se las arreglan para mantenernos a todos con vida? Sí, el “establishment” de hoy es una estructura podrida de hipocresía sin mente – pero ¿quién y qué es el “establishment”? ¿Quién lo dirige? No, no son los grandes empresarios, que predican los mismos eslóganes colectivistas que tus profesores, y vierten millones de dólares para financiarlos. Tampoco son los así llamados “conservadores”, que compiten con tus profesores atacando la razón y divulgando las mismas nociones místico-altruista-colectivistas. No son los políticos de Washington, que son los títeres más entusiastas de tus ventrílocuos académicos. No son los medios de comunicación, que publicitan tu causa, elogian tus ideales, y predican las doctrinas de tus profesores.

Son las ideas las que determinan las acciones de todas las personas, y es el establishment educativo el que determina las ideas de una nación. Son las ideas de tus profesores las que han dominado el mundo durante los últimos cincuenta años o más, con una creciente proliferación de devastación, no de mejora; y hoy, a falta de oposición, esas ideas están destruyendo el mundo, igual que destruyeron tu mente y tu autoestima.

¿Te sientes miserablemente indefenso y quieres rebelarte? Entonces rebélate contra las ideas de tus maestros. Nunca encontrarás una forma de rebelión más difícil, noble o heroica. No tienes nada que perder excepto tu ansiedad. Tienes tu mente que ganar.

En conclusión, me gustaría citar – para uno de los grupos más culpables, los padres – un pasaje de La Rebelión de Atlas que habla de los pensamientos de Rearden tras la muerte de la nodriza:

“Él pensó en todas las especies vivientes que adiestran a sus crías en el arte de la supervivencia, los gatos que enseñan a sus gatitos a cazar, los pájaros que dedican tal esfuerzo enérgico a enseñar a sus crías a volar. . . y sin embargo el hombre, cuya herramienta de supervivencia es la mente, no sólo fracasa al enseñarle a un niño a pensar, sino que dedica la educación del niño a la tarea de destruir su cerebro, de convencerle de que el pensamiento es inútil y malvado, antes de que él haya empezado a pensar…

“Los hombres se estremecerían, pensó, si vieran a una madre pájaro arrancando las plumas de las alas de sus crías, y luego empujándolas fuera del nido para luchar por la supervivencia, y sin embargo, eso es lo que ellos hacen con sus hijos.

“Armado con sólo frases sin sentido, ese muchacho había sido arrojado a luchar por la existencia, había titubeado y andado a tientas en un breve esfuerzo condenado al fracaso, había gritado su protesta indignada y desconcertada. . . y había perecido en su primer intento de volar con sus alas mutiladas”.

(Agosto-Diciembre de 1970)

Ensayo publicado en el libro
The New Left: The Anti-Industrial Revolution

Traducido y editado por Objetivismo.org con permiso del Estate of Ayn Rand

Artículos relacionados

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s